Opinión

Del Toro y Salvochea, efectividad contra efectismo

Que Cádiz es una ciudad con una idiosincrasia muy peculiar es algo que todos conocemos. Esta particular manera de pensar, sentir y vivir del gaditano, conlleva que buena parte de su sociedad tenga por costumbre ensalzar desmesuradamente a algunos de sus conciudadanos y condenar al más absoluto ostracismo y al olvido a otros con similares o mayores méritos para formar parte del imaginario colectivo local.

Uno de los casos más irritantes de este arraigado mal hábito lo encontramos en el caso concreto de dos figuras que ocuparon el sillón de la Alcaldía, como fueron Fermín Salvochea y Cayetano del Toro. Al primero, se le cita hasta la saciedad en cualquier ámbito (con una especial desmesura populista por parte de las agrupaciones carnavalescas) y se le representa como paradigma de lo que debe ser un alcalde, mientras que del segundo es difícil encontrar a gaditanos que simplemente sepan quién fue.

Salvochea nació en el seno de una adinerada familia dedicada al comercio que le envió a Inglaterra para que aprendiera técnicas industriales, mientras Del Toro, de clase media, estudió medicina en Cádiz y terminó su doctorado en Madrid. La labor municipal de Salvochea, primero como alcalde y después como presidente del Comité de salud pública, se caracterizó por su laicismo radical, incluyendo la demolición del convento de la Candelaria (comunicada con tan sólo 48 horas de antelación a las ocupantes del mismo); también se incautó del de La Merced, del de San Francisco y del de Santa Catalina, además de intentar vender la Custodia del Corpus Christi y prohibir el culto externo. Sus decisiones en esta materia se debían a su opinión de que la religión “limitaba la libertad de las personas”; es decir, que pensaba que había que imponer la libertad, en lo que es sin duda un paradójico oxímoron.

En materia social, durante su mandato, introdujo algunas medidas como la regulación de la venta del pan para paliar la mendicidad. También intentó mejorar las condiciones laborales elevando levemente los salarios de la clase obrera y regulando su jornada de trabajo. Curiosamente, su decisión de subir el jornal del personal de la Comisión de construcción de edificios del Ayuntamiento, acabó provocando una huelga general de dos días en toda la ciudad. El fracaso de su célebre proclamación del Cantón de Cádiz, que duró poco más que una gripe, acabaron de convertirlo en el ácrata que fue hasta el final de sus días.

Cayetano del Toro, sin embargo, dejó un legado mucho más influyente y duradero. Doctor en medicina, especializado en oftalmología, otorrinolaringología y cirugía, sus métodos quirúrgicos (especialmente en el tratamiento de las cataratas) y sus obras de divulgación científica, trascendieron nuestras fronteras y aún hoy se sigue ensalzando la categoría de muchas de sus múltiples publicaciones. A pesar de ser primero alcalde y después presidente de la Diputación, este médico de renombre, dedicaba tres días a la semana a prestar atención sanitaria gratuita a los más desfavorecidos de la ciudad. Como curiosidad, cabe resaltar que el Diario de Cádiz anunciaba que el doctor tenía abierta la consulta para los pobres los martes, jueves y sábados a partir de las cinco de la tarde. Su carácter afable, cercano y protector, provocó que se le conociera popularmente como Padre del pueblo.

Entre sus múltiples iniciativas, se encontraron la organización en 1887 de la Exposición Marítima Internacional en terrenos ganados al mar con ocasión de la misma, y con la intención de que ésta fuera el germen de lo que posteriormente se convirtió en el Astillero de Cádiz. El derribo de las murallas de la ciudad, la expansión hacia extramuros y la ampliación del muelle fueron algunas de las iniciativas que llevó a cabo para mejorar la precaria economía de los gaditanos. Podemos decir sin miedo a equivocarnos que mientras que Salvochea centró su desempeño de cargos públicos en servir a sus ideales, Del Toro lo hizo de una manera pragmática y anteponiendo la ciudadanía a sus intereses e incluso en muchos casos a sus creencias personales.
En una ciudad aborregada con el carnaval y de inquietudes culturales e históricas limitadas, no es de extrañar que buena parte de la sociedad venere a una figura como Salvochea sin apenas conocer nada de su vida, por el simple hecho de aceptar a pies juntillas lo que unos cuantos letristas de renombre (de esos que se autodenominan poetas, como si coplero o letrista no fuera suficiente), llevan décadas repitiéndoles sobre las tablas del Falla, que Salvochea era “único y el mejón” y que no hay más que hablar.

Es la vergüenza, o la falta de ella, la que hace que el retrato de uno presida el Salón de plenos del Ayuntamiento y que el otro apenas sea para la mayoría más que una dirección de la avenida a la que pedir el taxi.

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