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Fariña, el sueño empresarial que nació en una azotea de Hijuela de las Coles

Andrés Bertholet pasó de ser mal estudiante de niño a 'hacerse' emprendedor hipercualificado en el campo de la electricidad, la electrónica y la electromedicina. Su empresa ha sorteado la crisis y es un referente en Cádiz que trabaja en prisiones y clínicas sanitarias

Andrés Bertholet Cabeza, jerezano, 38 años, cinco hijos, no logró sacarse el graduado escolar durante su paso por la antigua EGB. Hoy, está a punto de acabar la carrera de ingeniería técnica, después de haberse especializado en un máster en electromedicina, de contar con dos especialidades de Formación Profesional (Electrónica de Telecomunicaciones y Electricidad), y de obtener el carné de instalador M9, la máxima categoría. Más joven, mientras se formaba en los Salesianos, recuerda cómo trabajaba por las tardes en Rivas Sonido y en la casa oficial de Sony en Jerez. “Trabajaba gratis, pero aprendí un montón”, recuerda este joven emprendedor en una entrevista con lavozdelsur.es.

Sus primeros pinitos empresariales, con apenas 18 años, fueron en la azotea de la casa de su familia en la humilde barriada de Hijuela de las Coles. Reparaba antenas y televisores después de buzonear por toda la zona sur de Jerez las cuartillas publicitarias que él mismo diseñaba e imprimía con su impresora doméstica. Dos décadas después de aquellos duros comienzos, es el dueño de Fariña. Una empresa especializada en electricidad, electrónica, telecomunicaciones y reparación y mantenimiento de equipos electromédicos, de endoscopia y salas de quirófano. Este año prevé facturar el doble que el año anterior, una vez que ha logrado sortear con dedicación y habilidad los estragos de la gran crisis.

“Llegué hasta octavo de EGB en el colegio Torresoto y no me saqué el graduado, me dieron el certificado. El colegio no me iba muy bien y me dio por irme a Rivas Sonido, que estaba en la plaza del Banco. Empecé con el tema de los equipos de música y me gustaba, me dijo un primo mío que trabajaba allí que me apuntara en los Salesianos. Cogí al día siguiente y me apunté, hasta que pude hacer un examen de acceso y me matriculé”. Desde entonces y hasta hoy no ha parado de formarse. Ni de hacer que su negocio crezca. “Fariña empezó en el año 99, con la empresa en la azotea de mi casa, reparando antenas, televisores, ordenadores…”, rememora. El nombre de su iniciativa empresarial viene de su bisabuelo: “Trabajaba con la gente de bodega y mató a un gato que se llamaba Fariña, y se le quedó ese mote a mi familia”.

Algunos de los aparatos que supervisa y mantienen Fariña. FOTO: MANU GARCÍA

Fariña apenas contaba en sus comienzos con más patrimonio que un Ford Fiesta de segunda mano, una impresora HP y un medidor de campos para las antenas. “Empecé por toda la barriada a repartir publicidad, todo el día repartiendo papeles, pero estaba tieso y tuve que compatibilizar eso con un trabajo en Carrefour vendiendo ordenadores. Hasta que no dejé eso y me dieron el finiquito no pude alquilar mi primer local allí en Hijuela de las Coles, pagaba 15 o 20.000 pesetas”.

Un día de aquella época, a principios de 2000, llegó una Inspección de Trabajo al local. Andrés, sin los veinte cumplidos, no estaba dado de alta. La multa fue cuantiosa: “Unos tres o cuatro millones de pesetas (entre 18 y 24.000 euros)”. Ni corto ni perezoso se plantó en Hacienda: “Mire usted, yo quiero ser empresario, montar esto, si me pone esa multa no levanto cabeza en mi vida, les dije. Llegaron a un acuerdo conmigo: si usted se da de alta como autónomo, no lo multamos y le vamos a dar una subvención de medio millón de pesetas. Eso fue en el año 2000, que fue cuando me di de alta”, recuerda”. “Ya cuando me vino la subvención era en euros…”, puntualiza con ironía.

El dueño de Fariña en su taller. FOTO: MANU GARCÍA

Y prosperó. “Ahí ya fui, con mucha publicidad, a ganar clientes. Trabajaba con muchas comunidades de vecinos, pero ya desde 2007 o 2008 me enfoqué más en las empresas porque con la crisis no pagaba casi nadie”. “Pegué un batacazo bueno, pero rehice mi vida. Llegué a tener doce empleados, en 2006 y 2007; y ya luego, con apenas 300 euros en el bolsillo, empecé otra vez a tirar para arriba. Llegué a pagar casi todo y aún seguimos pagando a los bancos, pero en ese momento tenía que pagar a proveedores y amigos que me vendían material. No te puedo dejar a ti, un currante, 15.000 euros a deber. Le pagué a los chiquititos y los bancos siguen cobrando. La vida es así, y no hay mal que por bien no venga”.

Ahora, Andrés y su equipo dedican dos días a la semana, salvo cuando hay demandas puntuales, a supervisar que todos los sistemas de electricidad y videovigilancia estén en orden en las prisiones de Puerto I y Puerto II, así como en el Centro de Inserción Social (CIS) de Jerez, además de mantener a punto los equipamientos electromédicos de dos clínicas privadas de la ciudad. Son algunas de las tares que más ocupan a una empresa con unos siete empleados que se ocupa de instalaciones eléctricas; redes, estructuras de datos Wi-Fi y WiMax; videovigilancia y circuitos cerrados de televisión;  porteros automáticos; instalaciones de telecomunicaciones; eficiencia energética; sonido e intercomunicadores; puntos de recarga de coches eléctricos; o baterías de condensadores de baja tensión.

Bertholet, durante la entrevista con lavozdelsur.es / FOTO: MANU GARCÍA

Su empresa también mantiene salas de quirófanos o mantiene y vende equipos DEA (desfibriladores externos para espacios públicos). Hace tres años, un amigo le habló del hueco de mercado que había en la provincia gaditana con la electromedicina. Andrés se formó y aplicó sus conocimientos a Fariña, en una nueva línea de negocio que le ha permitido en parte reflotar su empresa. “La verdad es que no me puedo quejar, este año vamos a doblar la facturación y ahora somos ocho trabajadores”.

Al margen de su empresa, la recta final de la carrera de Ingeniería “me tiene amargado, no saco tiempo”. Quién se lo iba a decir a Bertholet, aquel mal estudiante del Torresoto que acabó como un emprendedor hecho a sí mismo e hipercualificado en lo suyo. “No es que no me gustara el colegio es que no tenía bien enfocado lo que quería ser en la vida. Mi madre siempre estaba encima mía para que fuera al colegio, pero había necesidad en mi casa, no eran prioritarios los estudios. Yo cuando llegué a la FP de tres palabras tenía catorce faltas de ortografía. El hijo de Luis Bueno, el que tenía la tienda de electrónica, era profesor y me cogía por las tardes por mi cuenta para que me enseñara lo que no había aprovechado en la educación básica. Empecé y pom, pom, pom… entendí que para saber de electrónica tenía que manejar cálculos, física, química… en la carrera nunca he cateado matemáticas“, sonríe el dueño de Fariña.

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