Opinión

De muros, egoísmos, Trumps y concejales de Cultura

Muros, muros que son construidos todos en beneficio económico o ideológico de la clase que los hace.

Desvelaba para escándalo de almas puras el inmortal vate d’Annunzio que el sueño más secreto y anhelado del ser humano no era la bondad o el amor, pura filfa, sino el desenfrenado egoísmo. Y como experto en esta prosaica materia no le faltaba razón al protofascista don Gabriele, allá por los años finales del XIX y principios del XX. Y la tenía este il primo Duce siglos y milenios antes de expresarla y aún la sigue teniendo 80 años después de su muerte, puesto que hecho a sí mismo, el príncipe de Montenevoso se convirtió en perito de su propia quimera egotista, inspiradora del genocida Mussolini. Toda la vida y la esencia de este rapsoda fue fiel reflejo de su afán inconfesable por atraer junto a él a multitudes de entregados fieles con el callado propósito de acabar demostrándoles la elevada condición de su exclusiva persona con respecto a la de ellos, aguerridos pero aborregados hombres grises que con dificultad apenas conseguían distinguirse unos de otros en el fragor de la batalla mientras morían defendiendo a pólvora y sangre el disparatado delirio del poetastro, que en su desvarío invadió il Fiume, antes ciudad italiana y luego croata allá por 1920, para convertirla en República independiente bajo el anhelado protectorado de Italia y defender con uñas y dientes su nacionalista hecho diferencial declarando incluso la guerra al Estado italiano prefascista que se había negado a anexionar la ciudad tras la expulsión de las tropas francesas, británicas y americanas que la ocupaban.

Repleta está la Historia de gestos suicidas de este calibre, cuyas costas soportan indefectiblemente las espaldas de los crédulos que se dejan embriagar por el encendido verbo de iluminados y siempre excluyentes profetas. Porque de exclusiones hablo. Y de arrebatados paladines de su máxima expresión. Podría aventurar cualquier lector que uso el preámbulo anterior para arremeter contra los comisionistas cuatribarrados y gavioteros del 4 per cent, y del 10, pero ¿para qué? Si sobran furibundos torquemadas e inconscientes exégetas que todo lo condenan o todo lo justifican. No, no hablo de porcentajes Catalanyistas o PePeros, no de esa gente taimada. Hablo de exclusiones, de distancias, de lejanías forzadas, de artificiales fronteras.

Briega el ser humano en buscar la cercanía de otros, pero sólo para vanagloriarse de sus diferencias con ellos. Y es cuando consigue junto a ellos estar, cuando levanta los muros para de ellos separarse. Muros culturales, económicos, clasistas, físicos. Quienes desde arriba los disfrutan modelan su propia diferencia para hacerla deseable e inalcanzable por los que a sus sombras y desde abajo medran, gracias a las migajas que deliberadamente desprenden los que abundan en su exceso. Los privilegios existen y se debe hacer alarde de ellos. Mi ropa es distinta, dicen. Y exclusiva. Y mi calzado y mis casas, mis coches, mi residencial, mi universidad, mis costumbres, mis restaurantes, mis libros, mis gustos, mi cocina minimalista, mis hijos, mis trabajos. Suelo vivir en el Norte alto y tú, desventurado, en el Sur pobre y bajo. Curioso, las excepciones existen, más la pauta se repite por todo el planeta con demasiada prodigalidad como para ser una coincidencia: norte extremadamente rico en cotas altas y sur paupérrimo en profundas simas. Pero cuando la norma se quebranta, cuando la frontera ha sufrido quiebra y tentación en diluirse eliminando diferencias, el privilegiado vuelve a esforzarse en prorrogarla, mantenella y no enmedalla en un laborioso esfuerzo por ser y sentirse distinto.

Lejos de aliviar la distinción, se afana en perpetuarla. Desde su posición oligarca, el propietario de los medios de producción o el servil que para él trabaja se esfuerza en crear zonas exclusivas, blindar sus accesos, impedir los flujos y en levantar muros peatonales gentrificados que aíslan los deseos de quienes anhelan la egoísta realidad de quienes los niegan. La historia de siempre. Tesis, antítesis y 200.000 años después del primer pensamiento neanderthal, ninguna síntesis. El fracaso de Marx, anunciado desde las cavernas. Sólo que en las cuevas primitivas no había escaparates de Carolinas Herreras o Bulgaris que pastorearan las frustraciones proletarias. O sí, sofisticadas hachas de silex.

Así fue. Y así será. El bético Adriano, emperador de los pensamientos puros, levantó un inmenso muro para alejar a los azulados pictos que no querían dejarse arrebatar por sus excelsos epigramas y por los improbables beneficios de su civilización romana. Fue la primera frontera de la que supe gracias al eterno deambular del Príncipe Valiente, admirando yo a Julián, el último legionario romano 200 años después de la pérdida de Britania, la nostálgica reliquia itálica creada por Hal Foster a modo de los hispánicos Últimos de Filipinas o del último samurai japonés fiel al Emperador en las selvas de Borneo, 30 años después de la genocida bomba y el abrupto armisticio.

¿Muros? Haylos a cascoporro. Unos para defenderse de los que intentan traspasarlos. Otros, para impedir que millones de espantadizos anhelantes puedan escapar. En China, con inacabables kilómetros de piedra y mortero contra la barbarie mongola. O eso dicen los chinos, que muy suyos son y es menester creerles pues si no, se enfadan y dejan de comprar nuestra deuda y de vendernos su basura de plástico a un euro PVP la pieza. Y en Berlín, muretes, alambradas y nidos de ametralladoras hubo para que insumisos e ideas de uno a otro lado no dieran saltos sin autorización. Algo así, pero al revés, hacen los turcos cuando cocean sirios desde sus fronteras, o nosotros, yo soy español, español, cuando pateamos ilusionados negros desde las más insospechadas alturas de nuestras endebles concertinas. Israelíes son algunas de las más vergonzosas construcciones planetarias en la patria Palestina, jalonadas de humillantes puestos de control y aderezadas con generoso fuego de fusilería y de helicóptero, que todo sea por consolidar el inmoral robo de tierra árabe y garantizar la lejanía de la chusma de nariz ganchuda —igual de ganchuda que la judía, semíticas ambas son— que chapurrea en sarraceno y no posee petróleo, pues si no otro gallo hubiera cantado.

Y mientras miramos al lejano Norte y al cálido Sur y escudriñamos en la Historia, maldecimos también a Trump por mantener fuera a los mismos millones de pobres mexicanos que Obama ya expulsó y por construir —no, seguir construyendo— los mismos kilómetros de empalizada que ya levantaron Bush y Obama en mandatos previos. Muros son todos y sólo persiguen mantener fuera a los de afuera y dentro a los de adentro. Excluir. Aislar. Separar. Y en definitiva, consolidar los privilegios de los que los levantan. Porque para eso se levantan y para eso se erigen siempre bajo el mismo patrón motivador: impedir que la riqueza o el privilegio propio se evada y evitar compartirlo con el prójimo. Puro egoísmo, pura exclusión.

Muros, muros que son construidos todos en beneficio económico o ideológico de la clase que los hace. Siempre. Y siempre se pretende que los paguen las haciendas, las minúsculas expectativas de negocio o los exiguos capitales de los pobres que son apartados por ellos. En Britania, en China, en Berlín, Palestina, Melilla o México. Hace 3.000 años y hoy. E indefectiblemente siempre hay un Trump o un Adriano que te los quiera cobrar. También en Jerez. Los palcos, los putos palcos de Semana Santa, altos como imponentes murallas de Jericó, establecen junto con las calles peatonalizadas una frontera entre el rico norte y el pobre sur; impiden la normal movilidad del ciudadano descreído o necesitado de accesibilidad urgente; funcionan a modo de humillantes mecanismos selectores y de filtros físicos y emocionales; autorizan —o no— que se pase a su través —o no— cuando lo desea —o no— el uniformado de turno; literalmente, miran de cara al rico norte y dan la espalda al pobre sur; y articulan su uso y disfrute caracterizando y mostrando el statu quo económico y social de los que sus sillas ocupan. Y todo, mientras en Jerez, el ciudadano descreído, el agnóstico y el indiferente consiente con su silencio y con la tolerancia de su agravio que los más de 400.000 euros recaudados en sillas y palcos vayan a parar a bolsillos ajenos a lo público, para que en buena parte sean dedicados a dorar y enriquecer mantos, coronas, palios y tronos de frían esculturas yertas.

Sin acuerdos públicos, sin consenso, contraviniendo los más básicos principios de equidad y aconfesionalidad estatal. Dineros públicos enriqueciendo religiosidades privadas celebradas en la vía pública a costa de la normal movilidad pública y a costa del erario público. Y ahora que nos sale el concejal de Cultura —y Urbanismo, ojo— avisando de que los palcos —de titularidad pública— están desvencijados y de que en interés general —confundir el todo con la parte es reprobable vicio— el gobierno municipal manu eclesiasti va a utilizar el Presupuesto público en 2018 para remozar, rehabilitar y construir nuevos palcos que sólo servirán para seguir beneficiando económicamente los intereses idearios y clasistas de cultos y agrupaciones religiosas privadas vinculadas a posturas políticas marcadamente contrarias a quien las tolera.

Texto oscurantista parece éste. Y lo es. Te felicito, lector, lectora, si has tenido arrestos para llegar al final del mismo. Pero más me doy por contento si al menos un sólo concejal —uno sólo, el de Cultura de tu pueblo, o el de Jerez, ese, ese— comprenda y aprehenda su significación. Va siendo hora de cambiar este mundo desde la ética y desde la Constitución, de regular la intrusión clerical en la vida cívica y de impedir el desvío de fondos públicos a beneficio de confesiones religiosas de cualquier índole. Es de justicia.

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