De la naftalina a la serpentina

Publicidad

De la naftalina a la serpentina

14-01-2018 / 11:51 h.
Publicidad

Pasada ya la vorágine de la Navidad y dejando que los excesos y la gripe pasen de largo, me recupero y saboreo las rutinas, y como la radio también forma parte de éstas, cuando por estas fechas empieza el concurso de agrupaciones en el gran teatro Falla, de nuevo, la predisposición a la fiesta vuelve a surgir. Sobre todo por lo diferente del asunto y la certeza de echar otro rato perfecto.

En ese tren que nos conducirá a la capital, donde tras comer un pescadito frito, serpentearemos por las callejuelas gaditanas en busca de sus cuartetos, chirigotas, coros y comparsas. Ya sean legales o ilegales, impregnando el ambiente, me regalaré esa guasa y ese ángel tan característico de los barrios más punteros. La Viña. Santa María, Catedral, El Mentidero; cualquier rincón es bonito en ese Cádiz del poniente frio de febrero que cala los huesos. El fino chiclanero, que toman por allí, o una cervecita con una tapa marinera me sanarán el cuerpo, con una buena camiseta enguatada pegada a los riñones. No se fíen, cuando en Cádiz hace frio, se lo porfían a Burgos.

Es curiosos como el jerezano se avergüenza, por lo general, al disfrazarse en su tierra y libera en la tacita de plata sus instintos más libertarios. Porque eso es el carnaval, libertad. Una fiesta ajena a clases sociales donde no hay que desembolsar una gran cantidad de euros para sentirte importante. Donde la participación es la clave y en ningún sitio se vetará a nadie por no saber cantar.

Esas eses del acento caletero, ese pisha relajado con esas expresiones tan bonitas me seducirán. Y seguro que de vuelta hacía Jerez, al revisor, le diré, con dos copas de más, que el día ha sido un bastinaso. Y es que no hay fiesta más popular y participativa que el Carnaval. Donde las letras fluyen de la alegría, la frustración, la politización, la añoranza de tiempos mejores y el eterno piropo a su tierra. En un chovinismo a veces exagerado pero sano, sin banderas ni fronteras. Siempre aludiendo a lo que tras tres mil años de existencia son y quieren llegar a ser.

Tres rodajas de pescadilla de la Bahía, un cuarto de chocos y ese adobo en la plaza de las Flores. Un pasodoble y el sonido ambiente de la caja y el bombo. Qué pena que mi Jerez no sea más carnavalero, ya sea por la falta de implicación en sus diferentes gobiernos, que lo reventaron deliberadamente —siendo el primer exponente de su boicot la etapa pachequista, y posteriormente los demás gobiernos del ayuntamiento que no revertieron la situación—; oOtambién porque la idiosincrasia del jerezano no ha demandado ni reivindicado esta exaltación positiva de la ciudadanía ante el ocio. Quién sabe.

Una fiesta colorida y callejera que por aquí no cuaja. Cada pueblo las gasta como las gasta, ya se sabe. Sin menospreciar ninguna fiesta nos hemos privado del mes de febrero y sus coplas, con lo bien que se canta por aquí. ¡Viva Cádiz! y su Carnaval y vivan los que en minoría luchan para que la fiesta vuelva a las calles de Jerez con dignidad. Su pregón al Villamarta y, sobre todo, dar las gracias a esos autores que peleando con el jerezanismo, a veces, cortijero y casposo, de ciertos complejos y timidez timorata, irrumpen en Cádiz con fuerza en sus agrupaciones. Una ciudad sureña, casi en la ribera del mar, que no celebra su Carnaval denota que está un poco castrada, moralmente hablando. De ahí su éxodo hacía la bahía todos los años.

 
Publicidad