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De la muerte a la vida de la fama

No hay cultura ni civilización que no contemple la muerte con cierto desgarro mas allá de los paliativos de la promesa de otra vida

El mes de noviembre comienza, en los últimos años, con fiesta, el Halloween. No me  parece mal esa macabra combinación de fiesta, muerte, Tenorio, castañas asadas, cementerios. No me parece mal que nos paremos un rato para hablar de nuestro destino, el destino de todos.

Hablar de muerte no es grato, supongo que muchos de los que habitualmente leéis (gracias) mis columnas de opinión, pondréis una mueca de desagrado cuando os coloquéis a la tarea de leer este artículo. Hablar de muerte por más que en muchas religiones nos digan que es un periodo transitorio para llegar a otro estado de vida más elevada, eterna o gratificante, no deja de ser algo que nos crea pesadumbre porque por más fe que se tenga en la posibilidad de otra vida nadie ha venido de ese más allá para decirnos “oye, que allí se está estupendo, no temáis”. Enfrentarse a la posibilidad de dejar de existir, al dolor que nos produce que seres queridos dejen de estar con nosotros, el propio dolor y sufrimiento físico y psíquico que nos conduce a la muerte, es difícil, muy difícil. De hecho no hay cultura ni civilización que no contemple la muerte con cierto desgarro mas allá de los paliativos de la promesa de otra vida, de reencarnación o lo que sea…y mira que la promesa de salvación se ha escenificado de diversas y aviesas maneras a lo largo de la historia: la salvación con la guerra santa, el componente patriótico de los aviadores kamikazes, el juicio final cristiano…muchos ejemplos de como intentar un bien superior sacrificando la vida o como conseguir esa otra vida a cambio de hacer cosas –en algunos casos absurdas- por indicación de un Ser superior.

La muerte propia nos preocupa -valga esta simpleza- porque estamos vivos. Epicuro y Antonio Machado nos recuerdan que “la muerte es una quimera, porque no existe mientras estoy vivo, y cuando existe la muerte el que no existe soy yo”. Por tanto si nos atenemos a esto último, dicho por tan grandes poetas-filósofos, la muerte propia no es un problema, el problema es el tránsito a la misma: la enfermedad, el dolor, el sufrimiento…despojado de todo esto, la muerte como tal, no es nada.

Leí, no hace mucho, que unos científicos habían llegado a descubrir que hay experiencias vividas después de la muerte. Lo cierto es que el artículo no explicaba claramente que querían decir con eso y todo lo más que comentaba era esa cosa tan manida del túnel y la luz al fondo, en cualquier caso yo no tengo ninguna prisa en ver esa luz (con lo cara que está), y si bien cualquiera de nosotros se agarraría a un clavo ardiendo de esa futura vida yo me quedo, porque esa vida es verdadera, con la vida que queda después de la muerte, la que nos anuncia Jorge Manrique en las Coplas a la muerte de su padre, la vida de la fama.

Que aunque la vida perdió
harto consuelo nos dejo
su memoria

Cada vez que muere alguien de nuestro entorno personal, el mundo cambia, nada es igual. Cambiamos nosotros, cambian los que nos rodean y solo la capacidad adaptativa que tenemos las personas nos permite configurar una nueva realidad en la que ese ser querido ya no cumple más función que la vida de su memoria. La humanidad sigue avanzando, los más pesimistas dirán que avanza a ninguna parte porque nadie en el último suspiro se beneficiará de tantos siglos de avance. Morimos y ya está. Los más optimistas o positivos dirán que la vida es tan maravillosa que hay que procurar vivirla con intensidad para rodear e ignorar los momentos malos los cuales se dan precisamente porque estamos vivos.

Hace ya unos cuantos años que moría alguien de ese entorno personal que antes decía, y todo cambió, y cambió porque el mundo de los que tuvimos la suerte de conocerlo se volvió más oscuro, menos alegre, o eso creemos, porque al final vas acudiendo a lo de la vida de la fama, y lo que en principio era oscuridad, llanto y sufrimiento insoportable, hoy día es una sonrisa con tan solo acudir a la memoria, a la fama. Nada es igual pero queda la vida de su fama. Por eso aunque en estos días ha fallecido alguien a quien quería, y seguirán muriendo gente a la que queremos, y la tristeza de esa pérdida se acumula con las demás pérdidas que inevitablemente todos vamos acumulando, no puedo ni debo permitirme combinar de la mejor manera posible las lágrimas que en soledad me resbalan por mi cara con la sonrisa que me reconforta de tanta vida, de tan buena fama.

Hace tiempo escribí osadamente una especie de Haiku que decía:

Ennoblecido,
carente de maldad.
Querido hermano

 

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