OpiniónEl dedo en la llaga

Cuidado con el electricista

Les voy a contar una historia que les va a sonar. A una señora se le averió la instalación eléctrica de su casa. Un electricista se ofreció a resolverle el problema, prometiéndole que le cobraría menos que quien se lo arregló la última vez. La señora no se lo pensó y aceptó la oferta. Su sorpresa fue que el tipo que le prometió soluciones baratas a sus problemas terminó robándole los cables para vender el cobre, se comió un guiso de carne que tenía en el frigorífico y, para colmo, le birló la cartilla del banco dejándola sin los ahorros para su vejez. La señora se quedó en la ruina y la desahuciaron de la casa, pues no le quedó ni un euro para vivir y menos para pagar la hipoteca. Cuando su hijo se enteró se fue a buscar al electricista pidiéndole explicaciones y, al no recibirlas, se encadenó en la puerta de su casa con una pancarta pidiendo justicia para su madre. Entonces la policía lo detuvo por alteración del orden y, como se resistió y en el forcejeo golpeó con la cara la porra del agente, lo metieron en la cárcel por atentado contra la autoridad.

La moraleja de esta historia es que la señora fue una incauta al creer lo que le prometieron sin hacer más averiguaciones sobre el producto que le vendían. Hay que saber que toda campaña publicitaria lleva aparejada una promesa, que es la esencia del mensaje, la verdad del producto que se quiere vender. Eso es lo que dice la teoría, pero el partido que gobierna lo ve de otra manera. Prometió a la ciudadanía “soluciones”, y quienes le votaron (además de sus militantes y los que aplauden siempre a los “suyos”, llueva o truene) lo hicieron pensando que las soluciones serían a sus problemas: al paro, a la falta de vivienda pública, a las listas de esperas en los hospitales, a la mejora de los recursos educativos, asistenciales… Muchos jóvenes pensaron que, por fin, tendrían una oportunidad de trabajo para no tener que emigrar, pues les prometieron tres millones de empleos. Los mayores creyeron que tendrían más calidad de vida en su vejez, ya que les aseguraron que las pensiones no se tocarían. Otros ciudadanos y pequeños comerciantes pensaron que vivirían más desahogados, después de bajarles el IVA y otros impuestos. Y así todos los bienintencionados, pero incautos votantes, fueron estafados, al recibir una gran mentira como verdad del producto elegido. Hasta algunos chiquillos fueron convencidos de que “los chuches” bajarían de precio y luego nada de nada.

Como bien señala el filósofo alemán Jürgen Habermas “la participación de los ciudadanos en la sociedad democrática está basada en la información (…) a través de la cual los individuos tienen las mismas oportunidades, eligen sus preferencias y expresan su voluntad”. Efectivamente, el derecho a la información veraz, por su componente educativo, es la base de una sociedad democrática, y un derecho fundamental que se recoge en la Constitución española. Pero la información también depende del mercado y el mercado tiene bien controlado el discurso que le interesa y el que no, de tal manera que informarse resulta un acto casi heroico. Además, cada vez son menos los periodistas que hacen honor a su oficio que es contar lo que el “poder” no quiere que sepamos y más los que jalean en sus editoriales, y en la tertulias de radio y televisión, a quienes han entrado en nuestras casas disfrazados de electricistas para robarnos los cables, la libreta de ahorros y hasta lo yogures de la nevera…

Las elecciones celebradas el pasado domingo han puesto de relieve el escaso interés que tienen los que manejan el sistema en que sepamos qué votamos y para qué. Lo único que les importa es que cumplamos con el rito de esta democracia sin sustancia, soportada por una industria de la información que, lejos de cumplir con su responsabilidad social, prefiere hacer caja contándonos a cuántos descerebrados del Madrid y a cuántos del Atleti han detenido en Lisboa. Pero algo terrible habrá sucedido en esta ocasión cuando los voceros “sobrecogedores” del poder escupen contra los micrófonos anunciando el apocalipsis tras el aluvión de indignación contabilizado en las urnas. A lo mejor es que esta vez le han reventado la cara al electricista… ¡Ay…! qué distinto sería todo si, como dice el presidente de Uruguay, José Mujica, primero invirtiésemos en educación, segundo en educación y tercero en educación, porque “un pueblo educado tiene las mejores opciones en la vida y es muy difícil que lo engañen los corruptos y los mentirosos…”

 

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