Sociedad

Cuatro ‘náufragos’ en tierra firme: “Solo hemos visto gente buena”

Hatim, Aziz, Aiman y Omar son jóvenes ex tutelados que estudian y trabajan gracias al apoyo y la intervención social de Ceain: "Los vecinos no han conocido a chicos tan educados", dicen las responsables del programa

Es viernes por la tarde y el sol se pone entre los bloques de la barriada jerezana de Vallesequillo. En el bajo de uno de ellos, Tamara y Ruth esperan a lavozdelsur.es. Ambas ya están pensando en cómo organizarse en los próximos días, en los que sus chicos irán al cine y harán algo de ocio. Allí verán una película gracias a la colaboración de Yelmo Cines. “Nos han dicho que caerá alguna chuchería de sorpresa”, dice emocionada Ruth Herrera, que dirige las clases de español en Ceain. La tutora del grupo y coordinadora del Proyecto Senda, Tamara García, se alegra. “Este domingo es el cumple de Omar, ahí le tenemos preparado algo”, comenta por lo bajini.

Los jóvenes se encuentran preparando té al estilo marroquí en la cocina. Las tradicionales teteras árabes directamente sobre la vitrocerámica, donde echan té verde, hierbabuena y mucha azúcar. El rito comienza nada más llegar al salón, donde Hatim toma el testigo y empieza a escanciar el té en cada uno de los vasos. Nos invitan a merendar con ellos.

Hatim, Aziz, Aiman y Omar, que tienen entre 18 y 19 años, dejaron de ser mena (menores extranjeros no acompañados) hace cosa de un año. Es el momento, el de cumplir la mayoría de edad, en el que dejan de estar tutelados y se encuentran en el más absoluto desamparo. Así estuvo Hatim hace unos meses, cuando por falta de capacidad en el albergue municipal se vio en la calle. “Él y sus amigos saben muy bien qué es eso”, comenta Tamara dirigiéndose al joven. “Estar en un albergue es pasar desde las 8 de la mañana a las 9 de la noche en la calle, no puedes hacer otra cosa”, comenta Hatim, que recuerda con preocupación aquellos momentos, donde aún permanecen, como si de un bucle en el tiempo se tratara, varios de sus amigos. El albergue municipal de Jerez, con 47 plazas, no cubre para más. Cuando un mena deja de ser menor, la administración corre un tupido velo.

Hatim sirviendo el té. FOTO: MANU GARCÍA.

Hatim ahora es el “abuelo” de un grupo de cuatro marroquíes, que naufragaron en Jerez tras meses de incertidumbre. “Es el más mayor”, bromea su amigo Aziz, que parece haberle hecho patriarca del piso. Su sueño, como el de sus tres compañeros, es seguir formándose, terminar la educación secundaria obligatoria y continuar progresando laboral (y académicamente). “No podré ir a la universidad hasta los 25”, se lamenta, pese a estar en pleno desarrollo personal, una circunstancia que sólo pudo darse por la colaboración de Ceain y la puesta en marcha del programa Senda. “Estuve un año en el centro de menores, cuando cumplí los 18 tuve que ir al albergue municipal pero luego Ceain me ayudó y ahora estoy sacando la ESPA” —antigua ESA, Educación Secundaria para Adultos—dice el joven que, como sus compañeros compatibiliza el estudio con las actividades formativas y la búsqueda de oportunidades laborales, una circunstancia que ya es una realidad para Omar.

“Ahora estoy trabajando en un restaurante de aquí de Jerez, la Cruz Blanca“, dice el joven, que este domingo cumplirá 19 años. Hace unos meses, Omar terminó su formación de camarero y cocinero en la Cámara de Comercio y de hostelería así como la de comida rápida y repartidor en la Fundación Don Bosco. Ahora ayuda en la cocina de este conocido bar de Jerez, donde por las mañanas prepara desayunos junto al Ayuntamiento y donde a mediodía hace lo propio con las tapas, en la barriada de la Constancia. “He estudiado para el carné de moto y ahora quiero estudiar para sacarme el de coche”, explica, lamentándose de no poder compatibilizarlo con la finalización de los estudios de la educación secundaria. “Quiero sacarme la ESPA pero no tengo tiempo porque estoy trabajando”, cuenta mientras sus compañeros sirven algo más de té.

Omar en el momento de recibir el regalo. FOTO: MANU GARCÍA.

En el otro lado de la mesa, Aziz, de 19 años, ríe. “Ando con la vida”, comenta entre risas y gesticulando con los brazos. “Ahora mismo estoy haciendo prácticas de almacén y estoy estudiando el graduado escolar”, comenta. A Aziz, que es de la misma zona de sus compañeros Omar y Hatim —Kenitra—, le acompaña su compañero Aiman, que es el único que procede de otro lugar del país, de la provincia de Larache, más al norte. Ambos están centrados en sacarse los estudios de educación para adultos, para poder desempeñar un oficio el día de mañana, como hacen sus compañeros. En ese trabajo es fundamental el papel de Ceain, que intenta, con sus limitados recursos, cubrir las necesidades de unos menores de los que, de un día para otro, las instituciones públicas se desentienden.

Tamara dirige el proyecto Senda, enmarcado dentro de esos propósitos, con un itinerario sociolaboral intenso. “Los fines de semana los pobres de lo que más tienen ganas es de descansar”, explica, dada la variopinta y completa actividad que desempeñan de lunes a viernes. Dentro de ese programa se encuentra el piso de acogida en el que ahora cinco chicos residen —Mohamed no ha podido acudir a la cita—. “Se hizo un proceso de selección y ellos fueron los cinco elegidos, porque no había plazas para más”, narra. Otros veinte no pudieron hacerlo y están derivados en otros lugares, como el propio albergue, mientras que ellos tienen la oportunidad —12 meses— de tener un techo y tierra firme hasta el próximo febrero. “Les hemos hecho creer en ellos y están acompañados de todo un equipazo, de educación, de clases de español y de inserción sociolaboral”, comenta, acompañada a su lado de la profesora de español, Ruth, que ha visto cómo los jóvenes han progresado en su aprendizaje del idioma.

Sin embargo, no todo ha sido un camino de rosas. “Muchas veces tenemos que apagar fuegos. Nos vienen chicos con maletas que ya han cumplido 18, han tenido que irse del centro de menores y no tienen nada ni a nadie”, explica. Es entonces cuando se activa la alerta en la asociación, que se pone en contacto con las localidades del entorno para buscar una solución que no siempre llega. “Te encuentras con algunos chicos llamando todas las noches a las puertas del albergue municipal, quedándose sin sitio donde pasar la noche”, lamenta, como le sucedió a Hatim este invierno, antes de ser beneficiario del programa Senda. Una situación que afortunadamente no llegó a mayores por la intervención del activismo social, como la Red de Apoyo a Inmigrantes.

Tampoco fue aparentemente fácil para ellos la llegada a la vivienda. Previo al ingreso, Tamara se preocupó ante el “revuelo” que suscitó entre los vecinos al enterarse de que iba a ser un piso de acogida. “Se trata del miedo a lo desconocido”, aclara. Un miedo que desaparece con el propio contacto humano, con la pedagogía y el conocimiento del otro. Ahora no sólo son aceptados, sino que son unos excelentes inquilinos que destacan por su civismo en el barrio. “Los vecinos no han conocido a chicos tan educados, ellos les ayudan a veces con las bolsas, sostienen las puertas y siempre están dispuestos a echar una mano”, explica Tamara, que ha recibido de los propios residentes de este bloque de Vallesequillo numerosos halagos. Sobre la aceptación social en la ciudad, uno de ellos, Hatim, se atreve a hacer una valoración: “Solo hemos visto gente buena”, sonríe.

La trabajadora de Ceain, bajo la atenta mirada de los jóvenes ex tutelados, tiene una sorpresa preparada y por la mirada que echa, Omar se huele algo. El joven recibe, con una tímida sonrisa y la alegría de sus compañeros un paquete perfectamente envuelto en papel de regalo. “¡Ábrelo!”, le dicen. Se trata de un marco con la torre Eiffel, y tres fotografías de momentos clave de Omar en Jerez con sus amigos. En el marco, un escudo del Paris Saint-Germain —su equipo favorito— dibujado a mano por el hijo pequeño de la trabajadora de Ceain, que presente en la cita felicita al propio Omar por su decimonoveno cumpleaños. “Muchas gracias”, dice algo avergonzado. Juntos, Hatim, Aziz, Aiman y Omar se aproximan junto a las trabajadoras de Ceain al sofá. Es el momento de la foto grupal. O mejor dicho, de la foto de familia.

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