El granjero

Crónicas de una Feria del Caballo con ‘tiesura’

Esa ropita del Primark preparada y planchada. ¿Quién no estrena un polito por siete pavos de tres lavados y una plancha para ir como un señor? Engañarte diciéndote que no te compras ropa más cara en Tiendas Corty para poder estrenar más modelitos… Pero seguimos, sí, amigos, con el auto engaño: “ yo almuerzo fuera de la feria que es más barato y se come mejor, dónde va a parar. Además no quiero que me crujan, hombre, yo ya tengo calado al personal y sé adonde tengo que ir perfectamente”.

La realidad es que después irás, a las ocho de la tarde, al pozo de la víbora a comerte unos pinchitos porque no puedes pedirte un plato de jamón, de ese que no se cae del plato. ¡Ojo! Que los pinchitos están del carajo pero lo otro mejor (dicen que hay casetas que ponen langostinos de Sanlúcar, os lo prometo). Y entrarás por la zona de los cacharritos si eres de La zona de la Vid, Asunción etc escuchando la clásica fanfarria BIRUBIRUBIRUBIRU, BIRUBIII de los coches trompezones. Sí, coches trompezones, no la gilipollez extrema de coches choque. ¿ Coches choque? ¡Fuera de Jerez! Por orden judicial. Y llegarás a la caseta donde has quedado para comerte ese menú con tus colegas, que de las tres opciones no es el más caro, pero te consuela porque tiene bebida libre hasta el postre. Y como buen avaricia que amortiza todos los trenes baratos te bebes más medias botellas que Triguito. Hasta llegar, como si no hubiera un mañana, al fatigón máximo y la bajada de tensión que da el fino si no se toma con la temperatura adecuada, el estado de ánimo optimo y las viandas precisas. Pagas tu parte, 25 eurazos, Y le comentas a tu colega al salir de la caseta. Quillo yo creo se ha columpiado el gachó tela con el pescado, ¿qué ha puesto cojones? ¿Tres chocos y dos acedías? Yo estoy “esmayao pisha”.

Pero no te comes más el coco porque mañana trabajas y rezas para que cuando suene el despertador puedas llegar con tus propias extremidades al curro. Y ves que se empieza a entonar la feria. Porque la tarde entra con calor, con su celeste y su aroma a cagajón de caballo y aunque suene algo gañan te deleitas en esos monumentos esculturales. Y empiezas a pensar que hay y existen sitios en la feria que por tu tiesura no son ni opciones que se te pasen por la cabeza, pero los hay, vaya si los hay. Y comienza a trabajar tu radar. Ese que te dice tu edad, tu ropa, los kilos que te sobran y el dinero que llevas ya en la cartera. Que ya por comer en la caseta de la hermandad está la cosa regulera.

Y te vas a esas casetitas donde todos y todas tenemos ya casi cuarenta o los hemos pasado y esperas no encontrarte con tu novia o novio porque lo tienes más visto que el tebeo aunque lo quieras más que a nadie. Y escuchas música de gente que ya no conoces: “ este tema me parece muy adecuado para hacer un poco de adobo”… Eso te dices mentalmente y te vienes arriba. Y muchos con tres rebujitos encima creeréis tener opciones corporales con esas maravillas del universo conocido y por conocer. Nada más lejos de la verdad. Os dará un dolor de estómago, asumiréis vuestra frustración con educación y mesura y pediréis otra copa. Una vuelta por el Disco Rojo, un Serranito con un pan para poder chocar a alguien, de duro que está, y matarlo, y un roncito cola ( el que te terminará de acribillar y sentenciar al cadalso por ser de garrafón). De vuelta a casa, derrumbado, comprarás una Salchipapa, para vomitar lo más grande del mundo, y hasta mañana Lucas. Y por la mañana, con una resaca de terribles consecuencias, dirás que la feria está sobrevalorada y que siempre es lo mismo. Hasta que, evidentemente, y sin remedio, te veas, de nuevo en ella, entrando con una sonrisa.
Ánimo y feliz Feria del Caballo 2019.

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