Sociedad

Crónica de un adicto al juego: “Llevo 15 años con la enfermedad parada; no sé si mañana se me va a ir la olla”

Pepe G. se inició en el 'pinball' con 14 años y después de veinte años consiguió dejarlo gracias a los grupos de apoyo. El número de personas con ludopatía ha crecido en los últimos años debido a la proliferación de las casas de apuestas a pie de calle y el juego online

Hace ya casi medio siglo que las máquinas de pinball se instalaron en los bares y cafés de nuestras ciudades. Junto a ellas, las tragaperras. El juego data, sin embargo, de una época bastante más remota. Tirar los dados, una de las aficiones más comunes del pueblo romano, dio lugar a la conocida locución latina Alea iacta est. Suetonio se la atribuyó a Julio César cuando cruzó el Rubicón. Dos mil años más tarde desde un teléfono móvil y en cualquier parte del globo la locución se repite con otras palabras pero en el mismo lenguaje: el del azar.

En la puerta de una de las casas de apuestas nacidas al calor del boom de las apuestas deportivas vemos a varios chavales discutiendo. En Jerez, la agrupación de electores Ganemos Jerez presentó una proposición sobre ludopatía y el aumento de las casas de apuestas en el pleno municipal del mes de octubre. El grupo político tacha de “éticamente cuestionable” la publicidad de las casas de apuestas y habla de proliferación “a ritmo vertiginoso” de estos negocios, instalados ya en muchos puntos de la ciudad.

En la televisión, deportistas como Rafa Nadal, Cristiano Ronaldo o Iker Casillas sonríen mientras juegan al póker o apuestan por la victoria de su equipo. Junto a ellos, profesionales de la interpretación aparentemente tan serios como José Coronado o Carlos Sobera hacen lo propio. “¿Por qué vas a tener que cambiar de canal?”, le preguntó un día Pepe G., jugador rehabilitado desde hace quince años, a uno de sus compañeros de su grupo de apoyo. Probablemente, los chicos que discuten en la puerta del nuevo establecimiento de apuestas deportivas del barrio no cambiaron de canal y cruzaron la acera para conocer aquel nuevo establecimiento. La cerveza a un euro, la cara de emoción de uno de sus ídolos deportivos al ganar y varias pantallas gigantes les tentó. Especialmente a ellos, que son jóvenes.

Las manos de Pepe G. durante el encuentro con lavozdelsur.es. FOTO: MANU GARCÍA.

“Hay más gente llegando ahora, son más jóvenes y vienen por las casas de apuestas”, nos confiesa Pepe G., que relata su experiencia con el juego a lavozdelsur.es. “Las tragaperras han bajado pero no quiere decir que sigan funcionando. Evidentemente el problema es otro. Ahora no hace falta desplazarte”, reconoce. Italia a través del polémico Decreto Dignità ha anunciado recientemente la prohibición de la publicidad de las casas de apuestas. El calcio ve peligrar unos contratos publicitarios que superan los 700 millones de euros para los clubes de la primera división italiana, la Serie A. El negocio de las apuestas mueve miles de millones en el país mediterráneo, sus principales interesados ven un riesgo en una iniciativa pionera del gobierno italiano que desde otros puntos de Europa ya se ha solicitado importar.

El juego es otro, pero el problema es el mismo. Pepe G. empezó con tan solo 14 años como un pasatiempo. El cambio de un café o de una cerveza como oportunidad para obtener algo más. Como oportunidad sin transcedencia más allá. “Vivía el día a día solo para trabajar pero pensando que me iría a echar una partidita al videojuego o al pinball en cuanto terminara”.

Una afición que se convirtió en dependencia con el paso de los años y que le llevó una noche a pararse delante de la puerta de un bingo de camino a casa. “No llevaba mucho dinero pero de repente me dije ‘voy a conocerlo’, entré, vi a la gente como perdida, me sentaron y tras una hora de juego salí con ganancias creyendo que aquello era un chollo”. El chollo para Pepe consistía en “invertir una pequeña cantidad  e irse con un dineral”. Una concepción, reconoce, equivocada. “La mente empieza a funcionar y a crear un mundo de fantasía en mí, ya pasaba por la puerta del bingo y rara era la noche en la que no me iba ganando, hasta que cambió la suerte, porque todos los juegos están hechos para que el que juegue pierda”.

Todos los juegos están hechos para que el que juegue pierda.

Perder. Pero la obsesión de un jugador es la de ganar. Y la de aumentar sus probabilidades de hacerlo. “La enfermedad la tenemos ahí para siempre, mientras la controlamos no hay problema, el problema es cuando no la controlamos. En mis reuniones yo sigo diciendo que soy jugador y llevo 15 años con la enfermedad parada. Mañana no sé si se me va a ir la olla y me voy a ir a jugar”, narra.

Según cuenta hay tres tipos de jugadores: el social, el profesional y el compulsivo. “El social es aquel que va una vez a la semana o una vez al mes a gastarse 20 euros en el bingo. Y a lo mejor no ha terminado de gastarse los 20 euros cuando se acuerda que tiene que hacer algo y automáticamente se va”, cuenta.  “Luego está el profesional, que es aquel que vive del juego, que tampoco tiene problema, entre comillas, porque juega y puede tener una racha buena y una mala pero llega un momento que dice hasta aquí”, reconoce. Cambia la cara y se retrata. “Luego está el jugador compulsivo, que ese soy yo”, afirma. “Ese es el que tiene el problema. Porque su afán es controlar el juego, y eso es imposible. Y si no controlas el juego, no controlas tu vida. Ese va a una máquina y no va a echar veinte céntimos sino todo lo que tenga en el bolsillo y cuando se le acabe va al cajero y vacía la tarjeta, y cuando ya no hay dinero en el banco le pide dinero al amigo que está detrás de la barra”.

Céntrica casa de apuestas en la calle Doña Blanca de Jerez. FOTO: MANU GARCÍA.

Un cuponero se acerca a la mesa y ofrece un número. La situación no debería ser incómoda, pero una vez rechazado, Pepe G. se sincera. “El problema de un jugador compulsivo es que no compra un cupón, sino compra diez porque de esa forma tiene diez veces más probabilidades de que le toque”. ¿Afecta la normalización del juego, también el del gran público como la lotería? “El problema es la falta de regulación. Si yo tuviera 14 o 15 años y quisiera jugar en internet lo haría, es muy fácil. No hay ningún tipo de control. Con decir que tienes 18 años, no hay ninguna forma de manifestar que tú tienes 18 años”, cuenta. Y va más allá. “Conozco a un jugador que ha cumplido 18 años y que llevaba cuatro años jugando. Un día hubo una bronca, vino la policía y eso se limitó a una multa económica. Si en vez de hacer una multa económica, cierras el negocio, sería distinto”.

Si yo tuviera 14 o 15 años y quisiera jugar en internet lo haría, es muy fácil. No hay ningún tipo de control. No hay ninguna forma de manifestar que tú tienes 18 años.

¿Menores en casas de apuestas? ¿DNI a la hora de jugar? “En teoría están obligados a pedírtelo y a consultar si tienes una autoprohibición, pero no hay ningún tipo de control real sobre esto”. La autoprohibición es la solicitud de incorporación al Registro de Interdicciones del Ministerio de Hacienda y Administraciones Públicas. Con una autoprohibición es supuestamente la propia administración y las empresas las que impedirán el acceso a las salas físicas o portales en internet donde se lleve a cabo el juego. Para Pepe G. no es suficiente. Nuestras calles están llenas de casas de apuestas, y nuestros bares de máquinas, algo muy diferente a lo que sucede en países vecinos como Portugal. “Si te vas a Portugal no hay máquinas en los bares, solo en los casinos. Si yo quiero jugar voy al casino, no me lo encuentro ahí y ahí”.

Pepe G. tiene 59 años, está casado y dos hijos. El apoyo de su familia fue fundamental para llevar una vida normal. FOTO: MANU GARCÍA.

“¿En el colegio cómo aprendes?”, pregunta. “Jugando”, responde él mismo. Como jugador reconoce que jugar al parchís con un hijo o nieto es problemático. Aunque insiste en que “el problema está en el que seas un jugador social o un jugador solitario, en el momento en el que traspasas esa línea fina estás perdido”. Es precisamente la soledad la del jugador la que crea el entorno propicio para poder seguir jugando. “Yo llegaba a mi casa y en el tiempo libre estaba buscando la bronca para irme fuera. Lo provocas”, hace una pausa. “Y sí, te das cuenta. Necesitas jugar”, asiente. Porque el jugador, como cualquier persona, “cuando llega a casa tiene responsabilidades pero no quiere responsabilidades, el jugador es irresponsable. Si me decían de ir a algún sitio, yo decía que fuera ella. Me decía ‘tú al bar, ¿no?’. Y claro, al bar. Ya estaba montada la pelotera”.

“¿Qué estoy haciendo con mi vida y qué estoy haciendo con la vida de ellos?”

“¿Qué estoy haciendo con mi vida y qué estoy haciendo con la vida de ellos?”, llegó a preguntarse un día Pepe G. “Cuando llegué a la asociación tenía 40 años, era un jugador de más de 25 años. Al principio no llegué convencido porque ya me había puesto a prueba para dejar el juego y nunca lo conseguía. Yo no iba convencido a que me dejaran ayudar porque primero yo no me dejé ayudar, experimenté porque no tenía otra opción” , lamenta.

La ludopatía crea una situación insostenible en la que peor parte se la llevan los otros, lo que rodean al jugador. “¿Qué me va a decir mi mujer? ¿Qué me va a decir mi padre o mi madre? Vas aplazando esa ayuda para mañana y el mañana no llega. Luego regresas a tu casa tienes que dar respuesta a lo que pregunten”, reconoce. “Nosotros mentirosos no somos, somos catedráticos. En los minutos que vas para casa ya estás pensando las preguntas, las respuestas y si te contraatacan, también la respuesta”, lamenta, al tiempo que se sincera sobre la infancia de sus hijos y lo que le hizo pasar a su esposa, a quien conoció de joven y con quien se casó en el 87 sin contarle sus problemas con el juego. “A mi mujer le costó tres años considerarme como un enfermo. Tengo un hijo de 28 años y una hija de 22. Arrepentir me arrepiento de haberme perdido la infancia de mis hijos. Los vídeos están ahí, pero el que no estaba era yo”.

Cambiar la dinámica y las costumbres fue clave. “Los jugadores nos hacemos solitarios, se nos agria el carácter, siempre estamos enfadados. La clave es cambiar de vida. Al cambiar tus hábitos no funciona, en el momento que dices una mentira ahora ya no encaja”. Hoy Pepe G. lleva una vida normal y dice tener dinero para todo pese a tener un puesto de trabajo normal como camarero en un restaurante, algo que tampoco fue fácil. En su anterior trabajo no entendieron el problema y se fue a trabajar durante tres meses a otro en el que después de diecisiete años continúa. “Empecé trabajando en cocina y un día me dijeron de ponerme en la barra. Yo le dije a mi jefe que tenía este problema y que ahora lo estoy llevando bien pero mañana no sé si te voy a robar o no te voy a robar”. Sin embargo, su jefe le dijo “yo confío en ti”. “Llevo 17 años con él, hasta ahora. Manejo la caja y no hay ningún problema”.

Sin embargo, no todos son como el jefe de Pepe G. y la ludopatía es una enfermedad que, o es ignorada, o es catalogada de forma despectiva. “La sociedad no está preparada para nosotros. No está preparada porque nosotros somos personas que ante la sociedad somos unos viciosos, unos desgraciados, unos hijos de puta y no nos consideran unos enfermos”, hace una pausa. Y rectifica. “La mayoría, no todos. Ahora van considerándonos unos enfermos, pero desde hace poco tiempo porque hay más información”.

Para Pepe G. el problema del juego no es económico como muchos ludópatas creen en un principio, sino psicológico. FOTO: MANU GARCÍA.

“Cuando yo entré hace veinte años era un tema tabú. Había seis, siete u ocho personas en la asociación y mujeres una”, comenta. ¿Hoy? Ninguna. Sin embargo, cuenta Pepe G., “las estadísticas dicen que hay más mujeres ludópatas que hombres”. “En el 84 que yo trabajaba aquí (señala la calle Doña Blanca), y más abajo había un puesto de churros con mujeres que decían que perdían el dinero de la compra e incluso que se prostitutían. Luego ponían denuncias de que le habían robado el dinero”. Treinta años después el problema continúa y encima sin reconocerse en Andalucía. “Con la poca información que había hace veinte años yo no sé si hubiera aceptado que mi mujer hubiera sido la ludópata. Aquí en Andalucía estamos bastante atrasados. Es muy difícil. Es muy machista. En Valencia o en Santander hay más mujeres que hombres en la asociaciones”, confiesa.

Las terapias de grupo han sido (y son) para Pepe G. uno de los secretos de su rehabilitación y especialmente el hecho de encontrarse en convivencias con otros jugadores de España. “En otros sitios la mentalidad es totalmente diferente. Es un encanto escuchar otras experiencias. Normalmente nos ponemos en una sala frente a 300 o 400 personas y contamos nuestras experiencias”, dice visiblemente emocionado. Es uno de los motivos por el cual en los encuentros de jugadores anónimos no acuden personas que no son jugadores y por el cual hasta los familiares de los enfermos de ludopatía se asocian en otra comunidad. La terapia psicológica, precisamente, es para Pepe G. algo que debe ser externo a la ludopatía porque “un psicólogo no es ludópata”, aunque sí puede arreglar otros problemas para ayudar a enfrentarse a la ludopatía. “Los psicólogos saben en nuestra materia lo que tú le cuentes”, asiente. Y reconoce, con una leve sonrisa: “Yo ya he sido monaguillo antes que cura”.

En Jerez las personas que tienen problemas con el juego pueden ponerse en contacto con el colectivo a través de los números 68774115 y 603584259.

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