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Criaturas de agua

La forma del agua (The Shape of Water, Estados Unidos, 2017) (120 minutos). Dirección: Guillermo del Toro. Guion: Guillermo del Toro, Vanessa Taylor. Fotografía: Dan Laustsen. Música: Alexandre Desplat. Reparto: Sally Hawkins. Michael Shannon, Doug Jones, Octavia Spencer, Richard Jenkins, Michael Sthulbarg.

Que los monstruos, como el bosque, la oscuridad o el fondo del mar, son proyecciones de nuestros temores lo sabemos desde que el lenguaje se nos hace comprensible al poco tiempo de nacer. Este terror, antes que disuadir, aviva nuestra curiosidad. El relato fantástico en cualquier soporte o medio recurre al monstruo porque su expresionismo inherente y el predominio de lo irracional pueden tocar los resortes de la emoción de una forma más efectiva que el relato realista o cotidiano. Guillermo del Toro menciona a La mujer y el monstruo (Creature from the Black Lagoon), la película dirigida en 1954 por Jack Arnold, como fuente de inspiración para su última película La forma del agua. El recuerdo de infancia de las emisiones televisivas de esta película, y sus secuelas, y su afición por criaturas deformes pero únicas le han formado como creador cinematográfico, con una especial querencia hacia el género fantástico y de terror.

La criatura de la laguna negra de Jack Arnold representaba el temor intemporal y universal  a lo desconocido, pero remitía igualmente al clima de guerra fría de aquellos años. Con este mito popular como punto de partida ahora Guillermo del Toro crea una fábula para ilustrar el temor a la exclusión social, a la irrelevancia del diferente, del “bicho raro”. Elisa Esposito (Sally Hawkins) y la criatura del agua (Doug Jones) son seres singulares e incompletos, de vida solitaria. En 1962 una simple limpiadora de unas instalaciones gubernamentales y un fósil viviente atrapado en las aguas de la selva amazónica son los protagonistas de una historia de amor que muestra la necesidad de compasión y afecto que incluso los “bichos raros” tienen.

La forma del agua es una película brillante, con un lenguaje visual deslumbrante, sensibles efectos especiales y estupendas interpretaciones; sobre todo la protagonista Sally Hawkins, pero también Michael Shannon como el villano Strickland, Octavia Spencer, la amiga y cómplice o Richard Jenkins en el papel de vecino superado por los tiempos y por su soledad. La producción artística está cuidadísima, con una música emotiva y una atmósfera general entre vintage y onírica. La historia de compasión y amor que se cuenta puede resultar poco novedosa pero los guionistas, el propio director y Vanessa Taylor, saben adornarla con una trama de espías soviéticos y militares cuasi-fascistas que sorprenderá y atrapará la atención del espectador.

Desde el principio, con los créditos iniciales sobre un largo plano secuencia onírico del apartamento de Elisa bajo el agua, situado encima de una sala de cine de las antiguas, con su marquesina para los títulos, La forma del agua es un recuerdo emocionado y poético a esos cines de la infancia y sesiones de películas de serie B. Guillermo del Toro pertenece a la misma estirpe de los Corman, Tourneur, Burton o Shyamalan, los que hacen un cine popular sin pretensiones metafísicas, pero de gran belleza plástica y capacidad de conexión con las inquietudes del público.

Este compromiso con lo popular no hace de La forma del agua una película inocente o infantil. El poder de seducción de las sirenas de Ulises, esas otras criaturas híbridas, no estaba solo en su canto, eran una representación del deseo sexual. Tanto Elisa como el resto de nosotros estamos compuestos en un 70 % de agua y la forma que esta agua adopta puede variar pero siempre tenderá a la fusión. La forma del agua nos habla de la necesidad de compasión, frente a la hostilidad del mundo.

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