Opinión

Criar en tiempos revueltos

Reconozco que últimamente tengo tendencia a presumir de tener una edad. 

Reconozco que últimamente tengo tendencia a presumir de tener una edad. Seguramente es una defensa que me sirve para que no me tachen de “vieja” cuando hablo de “aquellos tiempos” y los comparo con los actuales. A veces me siento como la abuela de Cuéntame cómo pasó y me veo a mí misma con cara de asombro y usando expresiones del tipo: “¡Ay señor, señor!” Vaya, lo que pasa cuando una ya ha superado los sesenta, que empieza a hablar como su madre, a la que hace poco tiempo mandaba callar por estar fuera de onda. ¿Me estaré convirtiendo en lo que siempre rechacé?, me pregunto en esos momentos… En fin, que parece que no estamos a salvo del mal que sufre cada generación. Desde la Grecia clásica ya se hablaba de los jóvenes como una especie de otro planeta a los que ni los más sabios filósofos lograban entender.

Os aseguro que me podría poner estupenda y usar los conocimientos que he adquirido en mis estudios universitarios y, posteriormente, en mis años como docente e investigadora. Podría echar mano, por ejemplo, de los sociólogos, antropólogos, filósofos e historiadores que tengo en mis estanterías; que me he hartado de subrayar, vamos, que no están de adorno en la librería, sino que forman parte de mi bagaje. Pero lo confieso: me da pereza tanta intelectualidad y suelo acudir a la memoria, cuando reflexiono sobre cualquier noticia, tendencia social, o nuevos fenómenos que de vez en cuando llenan los medios de comunicación de opiniones, juicios y sesudos análisis. Sí, a la memoria, a pesar de que últimamente la tengo fatal, para qué nos vamos a engañar. Pero he vivido, eso es evidente. Sesenta y cinco años dan para mucho, sobre todo cuando hemos pasado de ser un país de pueblerinos, de gente de campo que por carecer, carecíamos de los medios materiales más básicos, y no digamos de eso que hoy consideramos un derecho: Seguridad Social y pensiones de todo tipo. Pues eso, que yo he conocido la Andalucía de alpargata y sandalia de goma, en la que mucha gente tuvo que emigrar para conocer el mar, para subir en un tren por primera vez, para recibir un salario semanal o mensual y tener un contrato con todos sus derechos, o disponer de algo que hoy consideramos tan básico como un cuarto de baño. La he conocido y la he sufrido, y también disfrutado, que no todo era tan horroroso. 

Viene a cuento esta parrafada porque últimamente se habla mucho sobre cómo conciliar eso de ser madre con estar presentes en la vida pública. Y, mira por dónde, este domingo en el dominical de El País he leído un artículo que me ha parecido interesante. Por lo visto, en China, después de muchos años en que el Estado haya intervenido en la planificación familiar de las familias y llegó hasta la prohibición de tener más de un hijo, ahora se ha modernizado. Parece ser que en algunas ciudades se han creado unos centros de salud maternal; una especie de hoteles súper confortables para que las mujeres que así lo deseen pasen el primer mes de crianza. Se trata de un servicio privado y bastante caro que ofrece todo tipo de atenciones profesionales a las madres tras el parto, hasta que se recuperan y pueden incorporarse a su vida normal. Si ese servicio fuese el resultado de una política pública de apoyo de la maternidad me parecería una idea estupenda. No es así. Sólo las mujeres con recursos económicos podrán tener un periodo para recuperarse de la dura experiencia del parto y todo lo que conlleva tener que cuidar a una criatura en sus primeras semanas de vida.

Siempre igual, he pensado. Y me ha venido a la memoria una vieja costumbre española, de la que he sido observadora y protagonista: la cuarentena.

En la cultura rural, hasta hace pocos años, la cuarentena era una institución. Durante al menos cuarenta días se consideraba que las mujeres recién paridas tenían el derecho y el privilegio de quedarse en casa y ser cuidadas por madres y suegras. Unas seis semanas se consideraba suficiente tiempo para la recuperación de las fuerzas y, a partir de entonces, las mujeres volvían a las labores de la vida cotidiana. Con una excepción: este descanso no lo disfrutaban las mujeres más pobres; las que tenían que trabajar para sobrevivir, que eran bastantes en la España rural de nuestros padres y abuelos. Vamos, más o menos como las chinas de las clases trabajadoras, que se tienen que buscar la vida.   

La experiencia de la maternidad durante siglos ha sido un asunto entre mujeres. Ni maridos, ni médicos han intervenido durante el embarazo ni tampoco en el parto. Se trataba de un saber transmitido de forma natural, como un patrimonio inmaterial invisible que dependía de la experiencia y la autoridad femenina. Las abuelas y las mujeres mayores, incluidas las parteras, mujeres hábiles que “recogían” a las criaturas, como se dice por aquí, pero que no tenían estudios, eran las encargadas de transmitir a las jóvenes madres las competencias y saberes que de generación en generación han permitido que sigamos vivos. Y las jóvenes les hacían caso, claro está.

Paralelamente, vecinas, primas, tías… en fin, la comunidad más cercana a cada familia, contribuía al cuidado de las puérperas con visitas y regalos en forma de alimentos nutritivos y energéticos. Estoy hablando de una época en que la gente no disponía de mucho dinero y la alimentación de los bebés era la leche materna hasta que podían comer algo sólido. Los cajones de las mesitas de noche estaban llenos de chocolate, uno de los productos que más se regalaban,  y sospecho que una buena razón era la del capricho. Había que mimar a la madre nodriza, para que la criatura tuviera buena teta, como se decía entonces. Lo mismo pasaba con el caldo de gallina. Ignoro si el chocolate produce mayor cantidad de leche en una madre que amamanta. Científicamente no creo que esté probado, pero ¿y lo rico que estaba? ¿Cómo despreciar algo que era un auténtico lujo en aquella España? La España que salía de una posguerra que duró por lo menos hasta finales de los años 50 era así. Las madres daban el pecho a sus hijos, o pagaban a otra mujer para que lo hiciera, cuando tenían alguna enfermedad, o cualquier otra circunstancia que no le permitía alimentar a su bebé directamente. Sí, sí… Aunque ahora nos parezca extraño, de siempre existió el oficio de nodriza, aunque ya a mitad del siglo XX estaban desapareciendo del mercado por obra y gracia de las leches artificiales y los biberones.

Así es la vida. En los procesos sociales, a veces, se dan rupturas que dejan atrás viejos valores y costumbres. Fue lo que ocurrió, especialmente en los modernos núcleos urbanos,  a partir de los años sesenta. Las madres se incorporaban inmediatamente al puesto de trabajo y se negaban incluso a dar el pecho a sus bebés, como un gesto de avance de sus derechos como mujer. Ahora, tras esas décadas de independencia, vuelve la madre nodriza que muestra con orgullo a su bebé y  presume de criar con apego. Se trata de una tendencia que está más o menos extendida en ciertos círculos cultos de la progresía urbana. La crianza que ellas reivindican y a la que tienen derecho, claro está, exige un tipo de relación con el bebé a todas luces incompatible con llevar una vida activa en el mundo laboral. En definitiva, es una elección que además de legítima, exige mucho apoyo para poder llevar a cabo esa tarea. Y para más inri, la madre que toma ese camino se siente como un bicho raro en esta sociedad que ha perdido la memoria y que se escandaliza cuando ve a una mujer dando de mamar a su hijo en un lugar público.

Para las que ya tenemos una edad y hemos pasado por varias etapas y reivindicaciones feministas, se trata de una mirada distinta a la maternidad. ¿Avance o retroceso? Según se mire. Las “progres” feministas de los años 60 y 70 consideraban que ser fieles a un destino sobre el que no tenían control, era muy atrasado, y que confirmaba eso de que la mujer es naturaleza y el hombre cultura. Vaya, que no eran vacas, ni nada por el estilo, sino mujeres que podían elegir y hacer de su maternidad una creación cultural, cambiando ciertas costumbres rutinarias que se iban transmitiendo de generación en generación, sin ser contestadas. Ser madre para nosotras (me meto en el grupo) era una opción, un asunto ético. De ahí las reivindicaciones para conseguir métodos de control de natalidad eficaces y otros servicios y derechos que les permitieran ejercer su papel maternal con total libertad. Y prácticamente desapareció la lactancia materna. Aunque hay que decir que eso tuvo que ver también con las posibilidades que ofrecía el mercado farmacéutico de las leches artificiales y los consejos e intereses médicos.   

Las “progres” actuales tienen otro modo de ver y de experimentar la maternidad. Eso está claro y lo hemos visto estos días con lo que ocurrió en el Congreso de los Diputados. Ahora esperan muchos años para tener su primer retoño, pero cuando llega, pasa a ocupar el centro de sus vidas y aplican a la crianza las últimas tendencias psicológicas. Se acabó lo de escuchar a las abuelas, muchas de ellas mujeres intelectualmente preparadas y nada sospechosas de defender las viejas supersticiones. El pasado se percibe como un lastre a desterrar y las prácticas naturales de sus abuelas se renuevan con el consejo de profesionales que dan más confianza. En Catalunya, la “Doula” es un ejemplo. Una asistente sin titulación oficial que proporciona información, apoyo físico y emocional a las mujeres durante el embarazo, el parto y el posparto. Las nuevas madres, como hemos visto hace unos días con Carolina Bescansa, se llevan a las criaturas a todos sitios porque los amamantan sin restricciones y durante un tiempo muy largo.  No es una crítica, es un hecho. Son otros tiempos y otros criterios, aunque me temo que tanto unas como otras nos hemos dejado llevar por la autoridad de los médicos y psicólogos que cambian de opinión cada cuarto de hora.

Hubiera sido impensable ver a las diputadas del Partido Comunista, Cristina Almeida, por ejemplo, o a las socialistas más conocidas y feministas, como Carmen Alborch, con un bebé en los brazos en el hemiciclo ni en ningún otro lugar público. Ellas eran mujeres “liberadas” que dejaban la vida doméstica fuera del foco de los medios. Ni mejor, ni peor, sino diferente. 

Pero no podemos evitarlo. Mis amigas y yo misma, que formamos parte de esa generación “progre” y algunas ya somos abuelas, cuando vemos cuánto han cambiado las cosas y el alboroto que ha armado la “gran madre” Carolina Bescansa, nos miramos, sonreímos y decimos como Herminia, la abuela de Cuéntame: “¡Ay Señor, Señor!”

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