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Corchero, el oficio por el que no pasa el tiempo

La campaña de recogida del corcho tiene lugar entre junio y julio. Acompañamos a trabajadores que se emplean a fondo en los Montes de Propio, dentro de Los Alcornocales, aunque perteneciente a Jerez

Aquí el tiempo se paró hace años. No hay maquinaria avanzada, apenas cobertura, todo se sigue haciendo a la vieja usanza. Hacha, mucha maña y mulas, las herramientas principales. La cadena de montaje está perfectamente engrasada. Así se lleva haciendo desde hace cientos de años. La jornada empieza pronto, antes de que asome el sol por el horizonte. Para entonces la cuadrilla de corcheros, porteadores y arrieros que trabajan en la campaña del corcho en los Montes de Propio ya está lista para comenzar a trabajar.

Fernando Ramírez lleva desde los 16 años descorchando alcornoques. Ahora tiene 53. Vive en el pueblo sevillano de Constantina, aunque se desplaza donde haga falta para trabajar: Toledo, Córdoba… La profesión le viene de familia. Su padre también era corchero y le enseñó a desenvolverse con el hacha. Ahora es el más veterano de la cuadrilla con la que comparte horas de trabajo, almuerzo y casa durante la campaña. En una vivienda que pertenece a los Montes de Propio, un espacio natural propiedad del Ayuntamiento de Jerez y que ocupa más de 7.000 hectáreas dentro del Parque Natural de los Alcornocales, Fernando pasa las tardes junto a sus compañeros. “Hacemos nuestra comida… ahora cuando lleguemos ya tenemos el puchero preparado, nos duchamos y comemos”, dice, deseando que llegue esa hora. Aunque todavía le faltan unas cuantas.

“Esto hay que aprenderlo desde chico, es muy duro”, dice haciendo una breve pausa en su jornada, que comienza a las seis y media de la mañana y termina pasadas las dos y media de la tarde. Ocho horas “pegando tamborilazos”, como dice él mismo. Una vez acabe la jornada habrá ganado otros 96 euros. Es lo que le pagan por día. Durante el mes y medio que dura la campaña –entre principios de junio y mediados de julio– puede ganar unos 3.000 euros. Y pierde unos cuatro kilos de peso. “Se suda mucho”, asegura. De hecho cada corchero lleva su bombona de cuatro litros de agua. “Y si son cinco también nos los bebemos”, dice un compañero de Fernando.

A su lado, un joven salta desde un par de metros al suelo. Ha acabado de descorchar un alcornoque y va a por el siguiente. Aquí las pausas son cortas. No se puede parar. Jaime hace un esfuerzo. Lleva una década dedicado a esta profesión. “Hasta Ciudad Real he ido”, cuenta. También es de Constantina, como Fernando. Va con sus compañeros, “Romanito” y “Rancapino” los llama. No es la primera campaña que hacen juntos ni será la última. Y no sólo del corcho. El resto del año tala, desbroza… “Todo trabajo de campo”, señala. A su hijo pequeño lo deja en el pueblo. Casi 200 kilómetros los separan. “Ya estoy acostumbrado”, dice. De hecho se lleva todo el año de una localidad a otra. Poco trabajo tiene cerca de su casa.

Cuando Jaime y Fernando, dos de los trece corcheros que componen la cuadrilla, dejan las placas de corcho junto a los alcornoques, llegan los porteadores, los encargados de amontonarlas. Luego es el turno de los arrieros, que cargan el corcho en mulas, el único método posible para trasladarlo hasta los camiones. Es difícil conseguir que José Peña, un joven arriero, se detenga un momento. “Aquí no puedes parar en todo el día, en el momento que te pares no sirves”, dice sin pestañear. Es de un municipio malagueño, Cortes de la Frontera. Allí aprendió a recoger y transportar el corcho desde muy pequeño. Lo lleva en la sangre. “No sé si soy la tercera, la cuarta o la quinta generación… que yo haya conocido cuatro”, señala.

Diez años lleva recorriendo bosques de alcornoques por Cádiz, Málaga, Huelva o Sevilla. “Donde haya corcho, allí vamos”, dice. El mulo que lleva a su lado es capaz de transportar 200 kilos. “Tiene un poco de percherón”, explica. Él mismo lo ha domado, y a los otros ocho que los acompañan, a él y a su padre, durante la campaña. Los compran en León y los adiestran aquí. En mitad de la conversación lo llaman. “¡Arriero!” Él responde: “Por aquí no, para abajo, donde está Paco”. A sus 33 años tiene un hijo de siete que ya monta en los mulos. “Pero no sabe, no es lo mismo”. Él recuerda acompañar a su padre con esa edad y verlo trabajar. Ya ha parado demasiado tiempo. No puede esperar más. “Bueno, me voy”, dice pegando un tirón a la cuerda con la que lleva dos mulos, antes de correr colina abajo.

En el sendero, con su camión, espera Francisco Cabezas. Criado en los Montes de Propio. En ellos estuvo viviendo hasta los diez años. “La primera vez que entré aquí tenía tres días”, dice. Su vida gira en torno a los Montes. De hecho, sus padres se conocieron ahí. “Mi abuelo era guarda forestal y el otro vaquero”. Con los años nació él. Y ya no se quiere ir. Hasta nueve familias llegaron a convivir en varias casas repartidas por este espacio natural, donde lleva 22 años trabajando. “He tenido la posibilidad de irme, me ofrecían casi el doble, pero vengo aquí como si esto fuera mío. Prefiero mis Montes, mi vida”. Lo tiene claro: “Estoy donde quiero”. Empezó pintando hierros, luego cargando leña… “Lo que me mandaran”. Desde hace doce años es fijo. Y no piensa moverse.

El trabajo lo supervisa Andrés, encargado de que la recogida del corcho se realice según lo previsto. Este año se espera conseguir unos 9.000 quintales –414.000 kilos, ya que un quintal equivale a 46–, pero el paso de los días deja entrever que serán algunos más. “Este año la arboleda está dispersa”, cuenta, va a ser “regular”, aunque mucho mejor que el anterior, cuando apenas se sacaron 5.000 quintales. Cada temporada se extrae de una finca distinta. El ciclo del corcho dura nueve años, por lo que éste toca trabajar en el Charco de los Hurones, en el paraje conocido como Rincón Malillo, y también en la zona conocida como La Jarda. Andrés se conoce bien los Montes de Propio. Es de Jerez de los Caballeros y trabaja aquí desde los 33 años. Ya tiene casi 60. Por los estrechos senderos de los Montes conduce un viejo Land Rover. “Este coche no hay quien se lo cargue”, señala. Por ahora se cumple su profecía.

La vuelta en coche la dirige Andrés. Junto a él va Ana Timmermans, responsable técnica de Ememsa –la empresa municipal que gestiona los Montes de Propio–, que explica que la mayoría del corcho que se extrae en tierras jerezanas acaba en Portugal. “Se vende a quién salga más rentable”, señala. De hecho, es una importante vía de ingresos para la sociedad municipal, que también gestiona una explotación ganadera que cuenta con casi 400 cabezas de ganado y cede espacios para practicar la caza mayor. “Este año quizás saquemos más corcho del que teníamos previsto, porque siempre hacemos previsión conservadora para no equivocarnos, ya que tenemos que hacer proyección de las cuentas anuales”, explica Timmermans, para la que “los Montes de Propio son la joya del Parque Natural de Los Alcornocales”. Una joya, a 61 kilómetros de la ciudad, desconocida para muchos jerezanos.

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