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“Con el estómago vacío se canta mejor”

La artista jerezana, tímida en la calle y arrebatadora en el escenario, ha hecho del cante por soleá un prodigio de emoción insuperable

La artista jerezana ha hecho del cante por soleá un prodigio de emoción insuperable.

Antes sublimar el cante por soleá y amenazar con dejarlo casi intransitable para los restos en la presentación del disco Directo en el Círculo Flamenco de Madrid, solo unas horas antes, en la mañana del viernes, Tomasa Guerrero La Macanita (Jerez, 1968) hablaba poco, respondía a la entrevista con contención, susurrando. El salón del Hotel Príncipe Pío es ancho y con tapices. La cantaora se explicaba despacito, como si hubiera alguien durmiendo en la misma habitación y no quisiera molestar. “Hoy yo estoy hablando más de la cuenta, el día que trabajo intento hablar poquito, casi no cogerle el teléfono a nadie y descansar”. Era cierto. El huracán que duerme en el fondo del alma de la Macanita estaba esperando a que, por la noche, un alzapúa le dijera levántate y canta. “Trato también de comer poquito, de tener el estómago vacío porque si lo tienes lleno se trabaja regular; con el estómago vacío se respira mejor, se canta mejor, te prometo yo que sí”. Al flamenco le va bien un poco de hambre, ya sea el hambre fatal de aquellos viejos de las minas y las fraguas de los discos de pizarra o el hambre artificial, premeditada y táctica de hoy; de cualquier forma, hace falta vacío, carencia, incertidumbre.

Tomasa Guerrero, hija y nieta de Macanos, nació y vive en Jerez de la Frontera. Su nombre se coló en el inconsciente colectivo con cuatro o cinco años. El mítico programa Rito y Geografía del Cante viajó a su tierra para documentar el arte jerezano. En el capítulo se coló una niña que cantaba y bailaba por bulerías, hombreando a compás y palmeando mientras miraba de reojo, extrañada, a quienes sujetaban esos cachivaches enormes: cámaras, micros, cables. Ahora, cerca de los 50, se le ve la niña que fue, la esencia de su rostro no se ha alterado, mantiene una viveza implacable en las pupilas: sigue la mano del periodista cuando anota algo en el cuaderno y le persigue la trayectoria de los ojos cuando comprueba si la grabadora sigue funcionando.

Directo en el Círculo Flamenco de Madrid es su quinto disco después de su irrupción con La luna de Tomasa y sus reafirmaciones en Sólo por eso o Con el alma. Eran trabajos de estudio, ahora se ha atrevido a ofrecerse en su pureza, latiendo a tiempo real, arriesgando: “Para mí es un poco más difícil, tienes que estar más motivada y más consciente. Estás trabajando y a la vez sabes que se va a grabar y se va a maquetar en un CD y en un DVD; tenía un poquito más de nervios, pero me sentí muy bien, muy a gusto”. Guerrero ve el disco más como un instrumento que como un objeto de arte en sí mismo: “Un directo bueno tiene más importancia que escucharte en un disco. Un disco es una carta de presentación, aunque el disco lo escuchas siempre y el directo se pierde, pero el que de verdad esté contigo un día y te escuche y le llegue, no se olvida; no nos lo queremos creer, pero la gente se queda con lo bueno”.

Difícil de olvidar el cóctel que se produjo la noche de la presentación en la Sala Caracol de Madrid. En el local se respira metal rockero. Las paredes estaban pintadas con revisiones psicodélicas de la realidad: una Gioconda embizcándose para mirar su propio bigote de dandi, un Michael Jackson amarillento con mostacho hitleriano, y encima de ese paisaje, la fotografía de La Macanita pintándose un ojo. Habían distribuido en el patio varias filas de sillas, no suficientes para el público: muchos se quedaron de pie. El técnico de sonido, subido en su torreón, tenía aspecto de soñar habitualmente con Deep Purple o Judas Priest. No era el único, en el público se escondía también un barbudo tosco que nadie se habría imaginado cerrando los ojos, como lo hizo, mientras Tomasa Guerrero se partía por malagueñas. Ella se miraba las manos, como si aquello fuera un ejercicio santo, un rezo árabe (de fondo, Manuel Valencia, el tocaor, lanzaba falsetas que sonaban como una camada de ligados); el barbudo disfrutaba.

La Macanita salió escoltada por cuatro Manueles: tres palmeros y un guitarrista. Antes de abrirse el telón, en el escenario se percibía la vibración de un taconeo. La cantaora salió con un pañuelo turquesa extendido sobre los hombros. Efectivamente, el (la) genio se levantó y cantó al final. Inevitable acordarse de Camarón, de su humildad ante el público una noche en que no supo qué decir: “Yo no tengo palabras porque no soy hombre de palabras: sólo sé cantar”. Y cantó.

La Macanita hiló por tientos. Tiró por tangos, llamó, en un momento, a las puertas de Cádiz, cantó también por seguiriyas: no nos supo la boca a sangre como decía Anica la Piriñaca, pero casi. El plato grande fue la soleá, su fuelle raspado, sin fin, y el pulmón que le echó a los agudos de Fernanda de Utrera. Un señor, al oírla, se acercó a la barra a pedir algo. La gracia de Tomasa en las tablas es indudable, da palmas a cholón, con todos los dedos, graceja con el público y con sus palmeros: “Este no se va a quedar calvo en la vida, me encanta tu cabeza; un aplauso”, le dijo a uno de los Manueles, que llevaba un pelazo enroscado casi afro.

La cartilla de influencias de la Macanita la protagonizan figuras como La Paquera de Jerez. Por la mañana, en la entrevista, contó lo que ocurrió cuando sacó La luna de Tomasa: “La Paquera era muy diferente, de otro planeta, como Lola Flores. Era familia mía sin serlo carnal. Cuando salió mi disco se volvió loquita, me llamó su sobrina y me dijo, Macanita, que mi tía está aquí a gustísimo escuchando tu disco, vente para acá y formamos una fiesta, y me fui”. “Me daba buenos consejos –siguió-, me decía, hija, es muy difícil, pero vas a ser buena cantaora, da caña”. Uno de los mayores desafíos de su carrera fue, de hecho, interpretar Maldigo sus ojos verdes, tema insignia de la Paquera: “Para mí, tener un tema que lo grabó por primera vez ella de la mano de Antonio Gallardo supuso un reto y una cosa maravillosa”.

Debutó jovencísima en solitario, en 1983. Lo hizo en el Hotel Jerez: “Yo no tenía ni idea de lo que iba a cantar, era muy pequeñita, me estudié dos o tres letritas; no creía que iba a poder hacer un recital, y lo hice”. En poco tiempo, comenzó a compartir cartel con faraones como Camarón o Enrique Morente. El genio del Omega “moría con Jerez”, dijo la Macanita: “Me veía salir con mi vestidito, mi mantoncito. Él tenía que cantar después y se ponía en el filito del escenario a escucharme cantar en los festivales de verano”.

Tomasa Guerrero asegura que nunca pensó en parecerse a nadie, pero que bebía de fuentes que ya no están: La Niña de los Peines, Tomás Pavón, Mairena, Chocolate.

— ¿Le emociona más Mairena o Chocolate?

— Distinto, no tiene nada que ver… Lo dejo ahí—esquivó, y de pronto la cara se le puso mucho más morena.

De tanto en tanto, la cantaora dedicó algunos minutos a enumerar los artistas con los que se había codeado desde temprana edad: Fernanda y Bernarda de Utrera, los Morao, Manuela Carrasco, Lole y Manuel, los Montoya… El valor de lo comunitario subsiste en el flamenco, decir con quién compartes el arte simboliza la valía propia, constituye una prueba irrefutable.

El concierto finalizó cerca de la medianoche por bulerías. Para los forasteros, comprender la esencia de una tierra es prácticamente imposible, hay que apoyarse en pequeños rasgos. Por ejemplo, mirando esa forma de ofrecer el dorso de la mano, a compás, ese abanicar hacia afuera que más que marcar la bulería busca repartirla, ofrecerla… Eso debe ser Jerez.

En la puerta, a la salida, se decía que nadie en España canta hoy por soleá como lo hace la Macanita. Un aficionado delgadísimo con un pañuelo al cuello que le daba crédito puntualizó: “Nadie, ni hombre ni mujer”.

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