Opinión

Con dos dedos

Recuerdo perfectamente el día, aunque no la fecha. Fue justo el día antes de las elecciones. Abrí el buzón y dispuse sobre la mesa del comedor las papeletas electorales de los dos únicos partidos políticos autorizados. Tras una superficial reflexión me decidí por una de ellas.

Se le notó en el rostro la sombra de una felicidad antigua, solo la sombra.

(Ensayo sobre la lucidez, José Saramago).

Recuerdo perfectamente el día, aunque no la fecha. Fue justo el día antes de las elecciones. Abrí el buzón y dispuse sobre la mesa del comedor las papeletas electorales de los dos únicos partidos políticos autorizados. Tras una superficial reflexión me decidí por una de ellas. Ceremoniosamente la introduje dentro de su sobre que guardé en mi cartera. Al poco, empecé a sentirme realmente mal. Sudor frío, náuseas, mareos, finalmente vomitaba sangre, mi propia sangre, claro.

Llamé al teléfono de emergencias. Cuando la ambulancia me dejó en el hospital me quedé perplejo, no conocía la existencia de ese hospital en mi ciudad. Es más, juraría que se trataba de la Gran Biblioteca Central. Ya dentro del edificio pude confirmarlo, el imponente patio principal, con sus paredes repletas de libros, se había convertido en un improvisado hospital de campaña saturado de enfermos con idénticos síntomas. El médico que me examinó, que era idéntico al bibliotecario jefe, dijo que debía ser operado de urgencia para extraer el cuerpo extraño que estaba causándome el mal.

Rápidamente fui conducido a la sala de los grandes autores clásicos griegos donde llevaron a cabo la delicada intervención. La recuperación fue prácticamente milagrosa. Esa misma noche abandoné por mi propio pie el hospital. A la mañana siguiente me dirigí al colegio electoral. Frente a la urna, extraje el sobre que guardara un día antes en mi cartera. Pero al tomarlo entre mis manos noté algo raro. Lo palpé nuevamente y sí, ¡la papeleta había sido extraída por el doctor! La operación había sido todo un éxito. Con dos dedos deposité el sobre vacío a través de la ranura. Un escalofrío de libertad recorrió mi cuerpo.

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