JerezEn torno a Jerez

Con Buck y Chapman por los cerros de Chipipe

Un paseo al encuentro de la vida salvaje en torno a Jerez.

Un paseo al encuentro de la vida salvaje en torno a Jerez.

Primeros años del siglo XX. Dos hombres, Walter J. Buck y Abel Chapman, dos amigos naturalistas y cazadores casi a partes iguales, se disponen a salir una mañana de comienzos de mayo a un paraje situado en las cercanías de la ciudad para disfrutar de una agradable jornada de campo. Vamos a acompañarles a los cerros de Chipipe (también nombrados como Chipipi o Chipepe), para disfrutar del contacto con la vida salvaje y asomarnos con ellos a los tajos del Peñón de La Batida, cercano a Torrecera, junto al Guadalete.

Walter J. Buck –Don Gualterio- se había establecido en Jerez en 1868 como exportador de vinos, asociándose unos años más tarde con la familia Sandeman. Agente consular británico y reconocido naturalista, tuvo su residencia desde 1879 en el Recreo de las Cadenas, donde en sus jardines mantenía una apreciable colección de animales en semilibertad y grandes pajareras. Entre otros, destacaba un lince al que tenía como “animal de compañía”, tal como nos recuerdan las fotografías de la época (1). 

En el Recreo de las Cadenas recibirá en muchas ocasiones a su buen amigo Abel Chapman, padrino de su hija Violet, prestigioso ornitólogo y cazador, toda una autoridad en caza mayor africana, con quien realizó numerosas expediciones cinegéticas y naturalistas por toda España. 

Algunas de estas correrías tienen por escenario parajes de nuestro entorno como las marismas y pinares de Doñana, la Sierra de Grazalema, la Sierra de las Cabras y del Valle, la Boca de la Foz… Buena parte de sus andanzas se recogerán después en dos libros, La España Agreste (1899) y La España Inexplorada (1910), que con el paso de los años se han convertido en una pieza clave de la “memoria naturalista” del territorio peninsular de aquella época. Con independencia de que algunos de sus relatos de caza -especialmente aquellos donde resultan abatidas especies actualmente protegidas- puedan resultar hoy llamativos y aún condenables por su crudeza, el valor de los mismos como testimonio de la riqueza natural y paisajística de nuestro entorno, resulta indiscutible. Pero dejemos que sus protagonistas nos cuenten una de sus salidas, tal como la relatan en La España Inexplorada (2):

Un paraíso para la avifauna

“Cabalgando cómodamente durante medio día desde Jerez se llega a los riscos de Chipipi, que se levantan como niveles almenados desde el sinuoso río que está en su base. Es una bella mañana de mayo. Espantamos a docenas de palomas cuando cabalgamos por los bosquecillos de álamos blancos, y el aire suave está lleno de su coro de murmullos; las orillas cubiertas de arbustos resuenan con el canto de oropéndolas y ruiseñores, cucos y una veintena de mosquiteros, ruiseñores bastardos y currucas mirlonas, currucas cabecinegras, carriceros políglotas, mosquiteros papialbos. El bello alzacolas, aun cuando no muy buen cantor, es visible por todas partes, jugando con su cola fuertemente listada en forma de abanico que tanto llama la atención. Hay alcaudones, verdecillos, abubillas; chillan las azules carracas y los brillantes abejarucos se ciernen y parlotean sobre nosotros; sus nidos se hallan escondidos en la orilla del río, como si se tratara de una colonia de aviones zapadores. En las orillas cubiertas de sauces anidan los chorlitos carambolos y las nutrias toman el sol; mientas que en las oscuras profundidades bajo los mimbres ribereños los barbos se hallan al acecho, atento para saltar sobre los saltamontes o grillos rezagados”.

Buck y Chapman nos describen con todo lujo de detalles la rica avifauna de los sotos ribereños del Guadalete que se extienden entre la Vega de El Torno y la Vega de Espínola, a los pies del actual Cerro de los Yesos, también conocido como Peñón de la Batida. Estos parajes conservan aún buena parte de la vegetación descrita (álamos, sauces, algunos fresnos y olmos…) si bien muchos ejemplares de aquellas especies autóctonas del bosque galería han sido desplazados por los eucaliptos. De la misma manera, algunas de las especies animales citadas ya no son tan frecuentes en las alamedas. 

En el mismo relato, los autores nos describen después una “cruenta” escena silvestre en la que un alcaudón real captura a un lagarto, o nos cuentan como dieron caza a “una culebra que tenía 5 pies y medio de largo y contenía en su interior dos conejos que habían sido tragados enteros por la cabeza; uno había sido digerido en parte”: ¡Naturaleza salvaje en estado puro en las cercanías de la ciudad! 

De su interés científico por confirmar las diferentes especies que desconocen da prueba el siguiente hecho: ”otra serpiente, bastante pequeña, nos sorprendió pues no la habíamos visto nunca. La embotellamos en alcohol y la mandamos al British Museum, Posteriormente llegó la respuesta agradeciéndonos el “lagarto Blanus cinereus”. ¿Un lagarto? En fin, aprendimos la lección. Hay lagartos sin patas y éste era uno de ellos, la culebrilla ciega”.

Águilas, búhos, alimoches… y mariposas

El paraje, aún depara más novedades zoológicas y nuevas escenas de caza, como aquella en la que una mantis religiosa se da un festín de mariposas: “en un sombreado claro se ven por doquier las alas de las mariposas. Si se examina de cerca algún arbusto, se descubrirá un ojo sin iris, tan inexpresivo como una perla gris. Se trata de una Santa Teresa, un insecto práctico pero no esteta pues devora los feos cuerpos y desecha las bellas alas”. Afortunadamente, en el lugar abundan los lepidópteros y Buck y Chapman relatan cómo “entre las mariposas nos encontramos aquí con la rara Thaïs polixena con ala de golondrina (que había aparecido el 3 de abril), la Vanessa polychloros, una gran fritilaria de alas delanteras con un fondo de color rojo sangre (Argynnis maia, Cramer), Euchloëbelia (marzo) y el curioso insecto que aquí hemos dibujado, que no sabemos lo que es”. Como nos indica nuestro amigo, el naturalista José Manuel Amarillo Vargas, es comprensible que nuestros personajes desconocieran esta curiosa “mariposa”, endémica de la península ibérica  y de ciertas regiones de Francias y por tanto inexistente en las Islas Británicas. Se trata de Nemoptera bipennis, un insecto que morfológicamente recuerda a la vez a las mariposas y a las libélulas. La fotografía que aquí aparece, muy semejante al dibujo que de ella hacen Buck y Chapman, ha sido tomada por J.Manuel en la cercana Sierra de San Cristóbal.

Después de estas descripciones los autores fijarán su atención en las rapaces ya que acuden a estos cortados rocosos de yeso, que caen a plomo sobre el Guadalete, atraídos por la presencia de las águilas a las que han venido observando desde hace varias décadas: “Durante más de  treinta años, que nosotros sepamos (y probablemente desde muchos siglos antes) estos riscos han constituido el hogar del águila perdicera. Dos enormes nidos hechos de palos se proyectan visiblemente desde las grietas de las rocas, a unas cuarenta yardas de distancia. Hoy, 3 de abril, la ocupada aguilera contenía en su interior una cría cubierta de plumón, cuatro perdices y medio conejo, además de un huevo intacto de perdiz y unos cuantos pedazos de carne, todo bastante fresco. El nido estaba tapizado de ramitas verdes de olivo; enjambres de moscas carroñeras zumbaban alrededor, y un gran mariposa ortiguera se posó en el borde mientras estábamos todavía dentro. Los padres se cernían sobre nosotros, trayendo la hembra medio conejo, e, impaciente, empezó a  devorarlo, posados ambos en una encina seca, permitiéndonos de este modo hacer este boceto… Su pecho blanco brillaba al sol con un destello satinado”.De gran interés es también el relato de su encuentro con el guarda de la finca, quien vigila ese territorio rico en caza que constituyen los cerros que se extienden entre la Dehesa de Espínola y el cortijo de Chipipe y el río. Esos mismos cerros que hoy en día se hayan cubiertos de una densa vegetación arbustiva (acebuche, coscoja, lentisco, carrasca…) que da cobijo a un buen número de especies animales. Así es como lo describen: “Las colinas cubiertas de matorral ralo que se levantan sobre nuestro cantil están protegidas, y habiéndonos encontrado al poco con el guardabosques intentamos (pues aquel total diario de cuatro perdices más unos cuantos conejos nos había impresionado mucho) defender a nuestras amigas las águilas, asegurándole que le prestaban un buen servicio al matar serpientes y lagartos (lo cual no es cierto). “Sí señor”, contestó, añadiendo “¡y los insectos!”.

“Más allá de aquellos riscos encontramos dos nidos de alimoche, cada uno de los cuales contenía dos bellos huevos. Esta ave se construye un agradable hogar, cuya base es de ramas, pero cuyo huevo central está confortablemente protegido, adornado con antiguos huesos, vértebras de serpiente, cráneos de conejos, y ornamentos similares. Los nidos se hallaban en repisas salientes de una pared vertical, y al igual que los de las águilas, solo podía accederse a ellos por medio de una cuerda. Había una rata bastante grande, en uno de ellos. A los restantes habitantes de estos riscos no podemos sino nombrarlos. Un par de búhos reales (tenían crías completamente desarrolladas hacia el 10 de junio) en una profunda fisura de la roca, así mismo había muchos cuervos, muchos cernícalos primillas, y una colonia de ginetas”.

El Peñón de la Batida hoy

El viajero que circula desde La Ina hacia Torrecera, tras atravesar la Vega de Espínola, descubrirá las ruinas de la que, hace décadas, fuera la fábrica de “Yesos del Guadalete”, una planta de  molienda y tratamiento de las rocas de este mineral que se extraían del Cerro de los Yesos, que se alza en este paraje junto al río. Las labores de la cantera han destruido buena parte de este mogote rocoso aislado, conocido también como Peñón o Cerro de La Batida, cuyas laderas se alzan verticales sobre las alamedas del Guadalete. Es el mismo paraje que Buck y Chapman describen como los “riscos de Chipipi”, aunque las casas del cortijo del mismo nombre se encuentran algo más alejadas, entre los cerros colindantes con este enclave. 

Todavía en nuestros días, se conservan en estos lugares interesantes manchas de monte mediterráneo, como las que crecen a ambos lados del canal de riego que atraviesa las lomas cubiertas de acebuches, lentiscos y coscojas. No es de extrañar que, amparados por la densidad de la vegetación, estos parajes representen un importante espacio de refugio para la fauna (aves de roca, córvidos, rapaces, pequeños mamíferos…). En las escabrosas paredes verticales del Cerro de la Batida (o de los Yesos), ya no hay aguileras, pero siguen anidando diferentes especies de aves entre las que cabe destacar una colonia de cernícalo primilla y una pareja de búho real, y si bien ya no se ven ginetas por aquí, aún es muy frecuente la presencia de meloncillos entre el matorral o de las nutrias, en las riberas casi inaccesibles del Guadalete. Entre los invertebrados se ha descrito aquí un endemismo del suroeste español, Macrothele calpeiana, una de las mayores arañas de Europa. Por todas estas razones, que hacen de este enclave un lugar con grandes valores naturales, desde el que se obtienen además magníficas vistas sobre el valle del Guadalete, pensamos que bien pudiera adoptarse alguna medida de protección (3). 

A ser posible antes de que este hermoso rincón se degrade para siempre, ya que en las últimas décadas han empezado a aparecer aquí vertidos de escombros en las laderas del cerro que caen al río. Algo que, a buen seguro denunciarían hoy, con todas sus fuerzas Walter J. Buck y Abel Chapman.

Para saber más:
(1) La fotografía que muestra un lince en el Recreo de las Cadenas la hemos tomado de FOTOTECA FORESTAL ESPAÑOLA DGB-INIAhttp://wwwx.inia.es/fototeca/index.jsp
(2) Chapman, A. y Buck, W.J..: La España Inexplorada. Junta de Andalucía y Patronato del Parque Nacional de Doñana. Sevilla, 1989. pp. 425-428. De estas páginas proceden todas las citas entrecomilladas así como los dibujos en negro.
(3) Ecologistas en Acción-Jerez: Estudio de impactos ambientales en el Río Guadalete. Jerez, 2008.

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