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Comienza el tiempo de la leyenda eterna de Camarón

El próximo 2 de julio se cumplen 25 años de la muerte de José Monje Cruz, el quejío más profundo y revolucionario del flamenco.

El próximo 2 de julio se cumplen 25 años de la muerte de José Monje Cruz, el quejío más profundo y revolucionario del flamenco. El Museo de Camarón y los Premios Camarón son dos de los hitos esperados para recordar al genio de La Isla.

En La Isla yo nací
me crie al pie de una fragua
mi madre se llama Juana
y mi padre era Luis
y hacía alcayatitas gitanas

Isla de mi corazón
qué bonita te hizo Dios
Isla de mi corazón
que donde quiera que estoy
te tengo presente yo

Hasta el día de su muerte, José Monje Cruz, tuvo en su mente a La Isla que le vio nacer  y a su omaíta, Juana, la gitana canastera que lo parió “cantando por bulerías”. Una muerte de la que el próximo 2 de julio se cumplen 25 años y que viene a marcar un antes y un después en el tributo al artista más universal de La Isla de San Fernando, el que revolucionó el flamenco desde la pureza y el conocimiento más profundo, el que globalizó este arte milenario que llevó desde los escenarios de París, Montreux, Nueva York hasta la casas de payos y gitanos en formas de casetes o LP.

Un gitanito rubio que nació en Las Callejuelas y al que la libertad de correr por los esteros, el hambre, el cante de su madre, el yunque de la fragua de su padre y la Venta de Vargas marcaron su destino. José Monje Cruz fue el séptimo de los ocho hijos de Juan Luis Monje, un gitano herrero de Conil y Juana Cruz, gitana de La Isla y transmisora del poso flamenco que Camarón tuvo desde que nació. Juana no sólo parió al genio, sino que le legó en sus genes la sabiduría de este arte ancestral, como bien recoge Enrique Montiel, su biógrafo, en su obra Camarón. Vida y muerte del cante, reeditada de nuevo por la Diputación Provincial de Cádiz y que resulta imprescindible para conocer no sólo al artista, sino al hombre que se escondía tras el mito.

Su biografía y su venta, la de Vargas. Poco tiempo estuvo Camarón en el colegio Liceo Sagrado Corazón de Jesús. El necesario para aprender a escribir su nombre y que le dieran los paquetes de leche en polvo. Su verdadera escuela fue la Venta de Vargas, donde empezó a fraguarse el artista, donde conoció los cantes pero también el mundo de los artistas, donde comenzó a ganarse la vida cantando.

No para cualquiera. Lolo Picardo, gerente de la Venta, recuerda cómo José despreciaba una mesa llena de dinero si tenía que cantar a unos señoritos resabiaos. “A los flamencos no les quedaba otra que cantar en las ventas pero él no cantaba a los señoritos que despreciaban su raza y su oficio. Luego a lo mejor, tenía que pedirle una moneda a mi padre para coger el autobús a Cádiz”.

 “Él no cantaba a los señoritos que despreciaban su raza y su oficio por mucho dinero que hubiera en la mesa”

Sí lo hacía para otro tipo de público, el de los cabales, gente que iba a cenar a la Venta y a escuchar buen flamenco. En uno de sus cuartos, el de cabales, en donde no queda un hueco en la pared que no esté ocupada por una fotografía de Camarón, José cantó para Manolo Caracol y allí nació la leyenda tras el desaire de este último. Una puñalada que José llevaría toda la vida en su corazón y que provocó que nunca aceptase cantar en Los canasteros, el tablao de Caracol en Madrid. Siempre le guardó respeto y admiración y al propio Montiel le reconoció en una entrevista en 1970 que en el cante, era su maestro indiscutible, pero para la posteridad también quedará la letrilla de los tanguillos Una rosa para tu pelo, de su último disco donde Camarón canta:

Qué pena y dolor
qué eco más puro
tenía Caracol
qué buen cantaor
dejaste una herida
en mi corazón
Su fama comienza a agrandarse cuando, con 13 años, se va con su amigo Rancapino a la Feria de Sevilla y Antonio Mairena termina rompiéndose la camisa al escucharlo cantar por bulerías, fandangos y tarantas. Allí lo conoce también Miguel Reyes que años más tarde fue a La Isla y se lo llevó a Málaga. Realmente venía buscando a Rancapino pero como estaba haciendo el servicio militar, tiró para la Taberna Gitana con Camarón. Eso sí, Juana Cruz tuvo antes que firmar un papel para aumentarle la edad porque no llegaba aún a los 16 años.

Y tras unos meses en Málaga y pasar luego por las compañías de Dolores Vargas y Juanito Valderrama, Camarón puso rumbo a Madrid, al tablao de Torres Bermejas. Porque José nació con el don pero cantó, trabajó, arriesgó y vivió por y para el cante. Él sabía que quedarse en La Isla podía ser una opción de vida pero quería prosperar, no ser “un jornalero de cante”, como dice Montiel en su obra, sino llegar a ser el revolucionario del cante en el que se convirtió.

Y ambos se encontraron

Y para que ese sueño se convirtiese en realidad tuvo que producirse “uno de los encuentros musicales más importantes de la historia”, como dice Lolo Picardo: el de Camarón con Paco Lucía, el guitarrista de Algeciras. “A mí me gustaban sus cosas y a él las mías”. Pa qué más: con eso estaba todo dicho. Con la dirección del productor Antonio Sánchez Pecino, padre de Paco, comienza el legado discográfico de estos dos genios, que cristalizó en nueve discos entre 1969 y 1977. 101 cantes grabados en ocho años que marcaron la aportación universal de José al flamenco: conocimiento profundo de los cantes y difusión del arte flamenco entre un público cada vez más amplio, al que ofreció un disco por año, casi como un cantante de música ligera.

“Son los mejores discos de Camarón”, dice Picardo que explica que, hiciera lo que hiciera José –como luego hizo- todo era flamenco. Porque ese niño que amó siempre la libertad, necesitaba dar un paso más. Más de uno… cientos a tenor de su primer trabajo sin Paco. La leyenda del tiempo se ha convertido en una obra histórica, en un punto de inflexión en el flamenco que tuvo unos inicios complicados: “Los flamencos lo devolvían porque decían que sonaba mal”, recuerda Lolo Picardo. En una entrevista en televisión, José reconocía que “la gente no me entiende” pero que él, llevaba dentro el flamenco. Daba igual lo que cantara: en la garganta de José sonaba flamenco.

Camarón sobre Paco de Lucía: “A mí me gustaban sus cosas y a él las mías”.

Con la perspectiva que da el tiempo, que en el año 79 un flamenco cantara letras de Federico García Lorca con guitarras eléctricas, baterías o sitar era una auténtica revolución no apta para todo el público. Por eso, para su siguiente trabajo Camarón optó por un estilo más tradicional.

Sin embargo, ya había comenzado la leyenda que continuó con siete discos más hasta los años 90. Aquella mañana del 2 de julio de 1992, a las 7:10 horas su garganta calló para siempre tras un fallo respiratorio. Al día siguiente llegó a su Isla de León casi en brazos: el conductor del coche fúnebre no tuvo más remedio que parar en la Venta El Inesperado ante la avalancha de personas que esperaban el cuerpo del gitano rubio. Detrás iba el Mercedes color cereza donde viajaba la familia. Los gitanos sacaron el ataúd y cargaron con su cuerpo hasta la Venta de Vargas, donde pensaban velarlo. Allí lo esperaban María Picardo, la mujer de Juan Vargas, que fue su segunda madre y toda la familia pero la muchedumbre de personas hacía imposible que la Venta fuese el espacio donde despedirse del mito y lo llevaron hasta el Ayuntamiento.

Aquella noche, los patriarcas gitanos de las familias más importantes de España se reunieron con gente de la Peña Camarón para organizar el cortejo fúnebre visto el caos que había ocurrido por la mañana y decidieron hacer una cadena humana entre payos y gitanos desde la iglesia del Carmen hasta el cementerio.

Un entierro multitudinario

De aquellos días han pasado ya 25 años y fue entonces “cuando la gente se dio cuenta de lo grande que era Camarón. Aquí en la Venta lo sabíamos pero en La Isla, no”. Desde entonces hasta ahora, la ciudad que lo vio nacer e imprimió su carácter no ha honrado al mito como se merece. A paso lento por fin se ha puesto en valor la casa natal de Camarón –no sin polémica después de haberla tirado entera- y se ha puesto el “ladrillo administrativo” –como lo define la la alcaldesa de San Fernando, Patricia Cavada- del que será el futuro Museo de Camarón. Una valla publicitaria señala su emplazamiento justo al lado del templo del cante flamenco que es la Venta de Vargas con un 25 sobresaliente pero a tenor de las dificultades administrativas, tampoco será este año el de la inauguración del Museo. Sí el de la implantación de los Premios Camarón, los Goya del Flamenco que se concederán en noviembre.

A la espera de estos hitos importantes, San Fernando ya ha celebrado dos exposiciones, cuenta ahora mismo con una en plena plaza de la Iglesia de fotografías de EFE de genial cantante y acaba de hermanarse con Algeciras en un acto que puso los pelos de punta.

Su arte, no obstante, nunca entendió de reconocimientos institucionales y, de hecho, ha sido el único que ha recibido la Llave de Oro del Cante tras su muerte. José Monje Cruz, Camarón de La Isla, vivió y soñó buscando su libertad, como dice su bulería y venció a la muerte porque 25 años después, su cante se ha hecho ya eterno.

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