Feminismo

Combatir (a diario) contra la doble discriminación: “Yo no me siento menos mujer”

La Asociación para la Promoción de la Mujer con Discapacidad Luna, de ámbito provincial, pone en marcha un programa para empoderar a las chicas con diversidad funcional

“Una vez en el colegio, en el recreo, las niñas estaban hablando de tonterías, de casarse… Y un chico vino y me dijo: Bueno ¿y tú qué piensas casarte con un cojo como tú?“, recuerda Inma Moreno González, jerezana de 54 años de edad con espina bífida (una malformación congénita en la espalda). “Eso se me quedó grabado a fuego y no lo puedo olvidad. Y ahora, un día que tenga oportunidad le voy a decir, mira, aquí tienes al cojo”, continúa mientras señala a quien es su pareja desde hace 11 años, Manuel Guzmán. Desde pequeña, Inma tuvo que enfrentarse a comentarios hirientes y miradas compasivas.

A los 15, ella soñaba lo mismo que las demás niñas: “Yo quería casarme, tener niños, una vida como la mayoría de las personas”. Pero en los 80 —como en la actualidad— la sociedad le hacía pensar: “¿Quién me va a querer?”. Una pregunta que en incontables situaciones se hacía Isabel, una amigo suya con otra diversidad funcional. “Ella no llevaba bien su discapacidad y trataba de esconderla. Yo le decía: Tienes que llevar tu minusvalía como llevas tu carné en la cartera, es parte de ti. Esto no se elige”, expresa. “Pero nosotras no somos diferentes ni nada. Yo nunca me he sentido diferente, ni más, ni menos”, agrega. Palabras que Inma defiende con fuerza desde que la Asociación de Personas con Discapacidad La Calesa (de Jerez) le hizo tomar conciencia de su situación.

La mujer con diversidad funcional sufre una doble discriminación. Una exclusión de la cual muchas mujeres no son conscientes. En este sentido, la Asociación para la Promoción de la Mujer con Discapacidad Luna (de carácter provincial), pone en marcha un programa de atenicón integral para empoderar a la mujer con diversidad funcional. “Queremos crearles una mirada abierta, y que vean que son víctimas de una sociedad montada sobre unos valores que aprecian a las personas por su rentabilidad económica y sobre todo, si es mujer, por su apariencia física”, explica Carmen Pérez Omil, presidenta de la asociación Luna desde el pasado noviembre y principal impulsora de este nuevo proyecto, subvencionado por el IRPF y que iniciarán a partir de abril. “Queremos que la mujer vaya tomando consciencia de su realidad. Y que pueda reformular su propia historia”, añade Pérez Omil.

Al no tener fuerza en las piernas, Inma iba a todos los sitios montada en un carrito de bebé hasta los 12 años. Por entonces, su mayor obstáculo fueron las escaleras de su colegio. “Mi madre tenía que subirme en brazos. Le pedimos al director que pusiera las clases abajo y se negó. Que los niños iban a sufrir, decía. Y la que estaba sufriendo era mi madre”. Por ello, estuvo incluso varios días sin asistir a clase. “Mi niñez, mi juventud ha tenido que ser diferente. Y yo lo llevo muy bien”. No obstante, las barreras de su entorno humano y arquitectónico no eran inexistentes.

“Queremos que la mujer vaya tomando consciencia de su realidad. Y que pueda reformular su propia historia”

Por ejemplo, sus padres la protegían en exceso hasta tal punto en que no le permitían tener intimidad. Jamás la dejaron sola. “Yo tenía ganas de quedarme sola, de pensar, de llorar… Déjame vivir, déjame respirar, le decía a mi padre”. O por ejemplo, adolescentes que cuando se la encontraban por la calle, la observaban y lloraban. “¿Tú cómo puedes quedarte en tu casa y no salir a las discotecas?”, llegaron a preguntarle.

“Las personas con discapacidad sufrimos una desigualdad por un desajuste en el entorno. No somos nosotras la que tenemos una discapacidad, sino que esta nos la aporta el propio entorno que no es accesible para nosotras”, expone la presidenta de la asociación Luna y La Calesa. Ambas tienen problemas a la hora de ir al banco, al médico, al subirse a un autobús, o simplemente para cruzar la calle. Pero más allá de su diversidad funcional, también se les niega algunos espacios por el hecho de ser mujer.

“La sociedad en la que vivimos sigue considerando a la mujer todavía, como algo bello que tiene que dar placer, y que su cuerpo tiene que estar sujeto a unos cánones establecidos. Si tu te apartas de estos cánones, tu ya no sirves para esta sociedad, no eres considerada. Ni como mujer ni como nada. Y esto lo sufrimos las mujeres de una manera muy cruda”, comparte Carmen Pérez Omil, al tiempo en que prosigue: “Al hombre no se le valora por esto, se le valora por sus actitudes, su capacidad de respuesta. Y es algo que particularmente sufrimos todas las mujeres, no solo por las que tienen discapacidad. Todas somos esclavas de la norma de belleza que impone la sociedad”.

Inma relata algunas situaciones que tiene que sufrir a diario. Y es que cuando va paseando junto a su pareja, cogidos de la mano, siempre tiene que soportar continuas miradas y risas. Y la mayoría, son personas adultas. “Mira, que yo no soy un bicho raro”, les suele decir Manuel, enfadado. “Somos pareja y nos queremos. No tengo que dar explicaciones de mi vida”, enlaza ella. Del mismo modo, ambos son foco de preguntas sobre su intimidad que les hiere e incomoda. “Mira, las personas con discapacidad, más gorda o menos gorda, podemos hacer lo que queramos. Pena una persona que esté muerta, pero yo no. No sabe usted lo que hago yo en la silla de ruedas y fuera de ella. Y yo no me siento menos mujer por estas así”, contesta Inma con vehemencia.

“¿Si tú eres madre y has sido capaz de sacar a ese niño adelante, ¿por qué yo no voy a ser capaz?”

Pero lo que más le ha dolido a Inma ha sido no llegar a ser madre. “¡Chiquilla! ¿Tú sabes lo complicado que es eso?”, le repetían personas de su entorno. “Pero si tú eres madre y has sido capaz de sacar a ese niño adelante, ¿por qué yo no voy a ser capaz?”, replicaba ella. “Os vais a meter en problemas, si estáis muy bien, ¿para qué queréis niños?”. Los comentarios le llovían intentando poner límites a aquello que más ilusión le hacía.

Inma y Manuel empezaron a salir juntos hace ya 11 años, cuando ella tenía 42. Intentaron quedarse embarazados, pero no tuvieron suerte. Por entonces, cuando formalizaron su relación, la familia de Inma le dio la bienvenida a Manuel con los brazos abiertos, pero los padres de Manuel nunca la aceptaron a ella. “Su familia quería lo mejor para él”, intenta justificar Inma. Pero como ella misma ha dicho: “Yo no soy ni mejor, ni peor”. Desde que Inma fue consciente de la desigualdad que vivía día tras día, empezó a combatir las distintas injusticias que se encontraba por el camino. Ahora es más fuerte que nunca e “inmensamente feliz”.

Con motivo del próximo 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, la presidenta de la asociación Luna, invita desde aquí a todas las mujeres con discapacidad a participar en todos los actos y en la concentración que habrá el próximo 8 de marzo a las seis de la tarde en la plaza del Arenal. “Que las mujeres con discapacidad estemos presentes ahí, que es nuestro espacio también. Una huelga en la que se nos dice que tenemos que colgar el delantal, el teclado del ordenador…, de una vez para siempre, por la indiferencia con la que se nos ha tratado siempre. Somos mujeres que reafirmamos nuestra personalidad y nuestra identidad como mujeres. Y esta fiesta, la de Día de las Mujeres, es nuestra fiesta también”, concluye.

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