El centro habitado

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El centro habitado

14-02-2018 / 08:32 h.
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La señora Amparo siempre se levantaba temprano, ya que debía llevar a sus cuatro hijos al colegio de la plaza Belén. Sin embargo su marido, Alfonso, mecánico de profesión, siempre le tomaba la delantera y se iba antes de que sonase el despertador, dejando la casa impregnada del aroma del café recién hecho. A pesar de todo, la mayoría de los días Amparo no necesitaba que el despertador sonara, ya que en la casa donde tenía su piso vivían otras seis familias con sus respectivos niños que también debían ir al mismo colegio. Esa finca, situada en el cruce de caminos de la calle Cabezas y calle Moral con la plaza de San Lucas, era amplia, hermosa y bien situada, con la fachada siempre resplandeciente y brillante por la cal. La verdad es que todas las mañanas eran una feria en casa: niños por todas partes levantándose, vistiéndose, desayunando y saliendo y entrando por las distintas estancias de cada vivienda.

Era lunes y a Amparo siempre le gustaba salir antes con los niños para visitar al Señor de las Tres Caídas y después seguir camino del colegio. La algarabía reinaba en la puerta del Luís Vives, con personas llegando a borbotones con sus niños, ya fuese desde San Lucas, Benavente o Barranco. Al mismo tiempo, un poco más abajo, se limpiaban las casas de Rompechapines tras un fin de semana bastante movido. Al sonar la campana del colegio, cada cual se dispersaba por donde había venido para atender a sus quehaceres diarios. Amparo debía ir al mercado para comprar las lentejas que comerían hoy y los ingredientes para dejar puesto el puchero que tocaba el martes. Había que darse prisa, ya que la plaza estaba a rebosar de gente y los puestos de churros y los bares colindantes no daban abasto con tanta clientela. Además a la vuelta debía pararse en la P.U. para comprar los zapatos de verano a sus hijos.

Ya había pasado la Feria y los pies de las criaturas se cocían dentro de esos zapatos de material y tras esos calcetines azul marino calados que llegaban hasta las rodillas. El sol de mayo comenzaba a calentar bastante la calle Algarve, repleta de negocios y de personas, vecinos en su mayoría, que acudían a abastecerse de todo cuanto pudieran necesitar. Apenas pasaban coches por Larga y Arenal, la mayoría iban con destino a Sevilla por la carretera general. Plateros y Francos no se quedaban atrás, no había calles más concurridas en toda la ciudad, mientras de los balcones colgaba la ropa recién lavada para aprovechar ese tiempo templado que anunciaba la llegada del verano. Siguiendo por Almenillas y Carpintería Alta, Amparo, tras comprobar que no había nada interesante en la cartelera del cine Astoria, tomaba siempre por Luís de Ysasi y San Honorio, hoy con más motivo, ya que tenía que parar en Almacenes Gylco para comprar sábanas y pijamas de verano. Muchas compras, demasiadas, sin duda el resto del mes habría que abrocharse el cinturón para poder asegurar la comida diaria. Ya para el fin de semana quedarían las carmelas de los Hermanos Perea, algo de pescado frito del freidor de San Lucas o algunas chucherías para los niños en el kiosco del Paquero, en la Plaza del Mercado.

"El centro no necesita que la gente venga, sino que la gente viva"

Ahora sólo le quedaba poner las lentejas y el puchero, recoger a los niños del colegio y esperar a que Alfonso no se entretuviese en el tabanco de la calle Campanillas para poder comer todos juntos, con la puerta de su casa abierta, como la de todos sus convecinos, propiciando el flujo de olores de los guisos y las relaciones entre distintas personas que se comportaban como si fueran de una misma familia.

Un relato de este tipo, ficticio en cuanto a personajes pero no en localizaciones, quizá inspirado en lo que sucedía hace 40 o 50 años en el corazón del centro histórico, cuando aún no existía ni una quinta parte de las barriadas que hoy pueblan la ciudad y desde luego no se podía ni atisbar lo que significaban las palabras “centro comercial”, es el reflejo de la importancia de que la zona esté habitada para poder mantener el tejido comercial de cercanía y confianza. Últimamente la discusión parece centrarse en la liberalización de los aparcamientos para que la gente acuda a un centro del que se está presentando una imagen mucho más catastrófica de la cuenta, pero muy pocos hablan de favorecer la repoblación de la zona, que es donde verdaderamente reside el quid de la cuestión.

El centro no necesita que la gente venga, sino que la gente viva. Además, ¿de verdad pensamos que en una sociedad aleccionada ya a comprar en los centros comerciales la gente va a acudir a comprar al centro, si se quita la zona azul, que por otra parte no es un obstáculo para acudir a los bares ni a las fiestas que se celebran en la zona? Cuando se pide la rescisión del contrato con la empresa concesionaria de la zona azul, ¿no sería mucho más inteligente y efectivo emplear esos millones de euros en implementar medidas que permitan que la gente que quiere vivir en el centro pueda hacerlo con las mayores facilidades y ventajas posibles? 

Nos equivocamos si queremos equiparar el centro de la ciudad con los centros comerciales, ya que el comercio de barrio (al fin y al cabo el centro también es un barrio) sobrevive mayoritariamente a costa de abastecer a los habitantes del propio barrio. Miremos el ejemplo del Parque Atlántico, una zona superpoblada, donde los aparcamientos son utilizados por los residentes y en la que florecen comercios tradicionales por todas partes. Eso demuestra que la habitabilidad y  la repoblación constituyen los cimientos sobre los cuales edificar un centro con comercios exclusivos, esa hostelería sostenible y ese turismo de calidad que todos deseamos. Y es que el centro habitado es la solución. Todo lo demás, por mucho ruido que se haga y muchas páginas de prensa se rellenen, será como empezar a construir la casa por el tejado. Entretanto hay algo que tenemos claro y de lo que nos sentimos profundamente orgullosos, como en su día lo estuvieron Amparo, Alfonso y sus tres hijos: #Somosdelcentro (histórico). Y lo seguiremos siendo.

 
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