Opinión

Caso omiso

El incomparable Nasrudín Hodja, nacido en la Anatolia, se veía obligado a dar discursos al pueblo debido a su condición de letrado islámico, o mulá.

El incomparable Nasrudín Hodja, nacido en la Anatolia, se veía obligado a dar discursos al pueblo debido a su condición de letrado islámico, o mulá. Pero él detestaba perder el tiempo con sermones, sabiendo que su auditorio hacía oídos sólo a lo que le interesaba, obviando lo demás. Nasrudín prefería la enseñanza privada, transmitida a sus pupilos directos. Un día, antes de empezar su sermón, preguntó a sus oyentes: “¿Sabéis de qué voy a hablar hoy?”

-No –se sinceraron.

-En tal caso, mejor me voy. No puedo dar mi discurso si no sabéis nada del tema. ¡Vaya público más ignorante…!

Al día siguiente, al subirse al mimbar, de nuevo preguntó: “¿Sabéis de qué voy a hablar hoy?”.

El público, que no había olvidado la decepción del día anterior, respondió: “Sí”.

-Entonces, si ya lo sabéis, no tengo que contároslo. No quiero haceros perder el tiempo.

Al día siguiente, antes de que el Mulá apareciese, se acordó entre el público que algunos dirían sí y otros no, para que pudiera dar su discurso por fin.

-¿Sabéis de qué voy a hablar hoy?

-¡Sí! ¡No! ¡Sí!…

-Muy bien: entonces los que lo sepan que se lo cuenten a los que no lo sepan – repuso Nasrudín, y se marchó.

 

El monje Somdet Toh fue invitado por el Rey de Tailandia a dar un sermón. La costumbre era que el número de ofrendas del monarca indicaba lo compleja, literaria y prolongada que esperaba la charla. El Somdet no daba crédito a la cantidad de objetos que desfilaron ante sus ojos: el Rey, que se las daba de ser un gran erudito en los arcanos del budismo, le hacía entender que le estaba retando a sorprenderle con lo mejor de sus conocimientos, reputadamente vastos. Cuando todas las ofrendas descansaban en una gran pila, el monje realizó los cánticos de rigor, al término de los cuales sólo pronunció una frase:

-El Rey ya sabe todo lo que hay que saber.

Entonó los cánticos de cierre y se levantó de su silla. El Rey quedó encantado, fascinado, embelesado: se le oyó decir que era el mejor sermón que había escuchado en su vida.

Pero cuando otro monje listillo intentó copiar la estrategia le despojó de todos sus títulos eclesiales.

 

Y yo concluyo esta columna con el asentimiento del lector, que se sentirá complacido por haber confirmado en estas historias la regla de la humana insensatez… Que sólo ve lo viejo en lo nuevo, pues si fuera al contrario no envejeceríamos nunca.

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