Andalucía

Carmen busca un alquiler y un empleo para no dormir con su enemigo

Un juez desestima la denuncia por violencia machista contra esta vecina malagueña al no haber habido maltrato físico. "El machaque es psicológico", relata

Carmen Lozano vive en un pueblo malagueño del extrarradio de la capital de la Costa del Sol, en un barrio con niveles de desigualdad y pobreza que rozan lo inmoral en un país que es la cuarta economía de la Eurozona. Vive en una casa sencilla y sin muchos lujos con sus tres hijos y su enemigo, oficialmente su marido, aunque para ella es “este señor”, el mismo que le tiró la televisión al suelo, le rompió las puertas, le destrozó la casa y la llama puta, guarra y le bloquea el cuarto de baño por la mañana para que no pueda entrar y los niños lleguen tarde al colegio.

Esta mujer, que no llega a los 40 años, echa lágrimas espesas de una pena honda indescriptible cuando relata el sufrimiento que padece desde hace varios años, por el hombre con el que creyó que olvidaría las cicatrices de su exmarido; quien la maltrató físicamente y le llegó a estampar las gafas en la cara de un puñetazo cuando le dijo que se quería divorciar. Hace unos meses, Carmen le planteó a su actual marido que desea divorciarse, que hasta aquí ha llegado. “No me tendría que haber casado nunca con él, lo primero que me hizo cuando nos fuimos a vivir juntos fue quemarme toda mi ropa, pero yo no me di cuenta y creí que lo hacía porque quería verme más guapa”, recuerda.

“Yo no me quería nada, no me miraba ni al espejo, había veces incluso que me quería morir”, habla de cómo le dejaron la autoestima de la primera relación en la que fue víctima de violencia. Su primer marido fue condenado a una orden de alejamiento durante varios años y a cursos de reeducación: “Porque había pruebas, había parte médico, hematomas y desgarro; pero ahora no hay ni rastro porque el machaque es psicológico”.

Lo que nunca pensó Carmen es que iba a desear, diez años después de salir de su primer calvario, una paliza física para tener pruebas y poder presentarse ante un juez y que éste dictara una sentencia favorable con la que poder ser considerada víctima de violencia de género. “No me ha puesto una mano encima en su vida, pero no puedo más. Si me monto con él en el coche, malo; si no me monto, peor; si limpio, porque limpio; si no limpio, porque soy una guarra”, relata el sinvivir que sufre desde que se le ocurrió plantearle a su actual marido las intenciones de divorciarse y buscarse una abogada de oficio empezar el trámite.

“Me ha llegado a tirar la comida, porque decía que estaba salada; tampoco me pasa un duro para criar a mis tres hijos y encima me pide que le ayude a pagar la mitad del alquiler del piso”, narra Carmen, quien duerme en una habitación de la casa aparte con el móvil debajo de la almohada por si tiene que escapar en cualquier momento para salvar su vida. “No me ha pegado nunca, pero quién te dice a ti que mañana no puede hacerlo”, se pregunta respondiéndose.

Sin contrato de alquiler no hay ayuda social

Carmen no sólo es víctima de violencia de género, aunque la denuncia que puso hace unos meses fuera desestimada por un juez, sino que además es pobre de solemnidad porque no tiene trabajo y su ingreso único es una ayuda social de un trabajo a media jornada que tuvo unos meses atrás y otro subsidio por los tres niños. 500 euros de ingresos mensuales para comprar comida y pagarle la mitad del alquiler a su verdugo, cosa que no hace porque no le llega el dinero para todo; lo que ha provocado que éste la despierte por las noches para decirle a gritos que se vaya de casa, que se busque un piso, aunque cuando Carmen le dijo que quería divorciase la respuesta del maltratatador fue destrozar la casa. Ni contigo ni sin ti; ni aquí ni allí; ni lejos ni cerca.

Asustada de la violencia, de los avisos de los profesores de sus hijos que le informan de que los niños tienen graves problemas conductuales en clase, derivados de la violencia que respiran en casa, Carmen ha ido a pedir ayuda a los servicios sociales de su municipio para que la ayuden a pagar un alquiler de una vivienda, en la que vivir tranquilamente: con libertad, sin el móvil debajo de la almohada, sin miedo, sin que sus hijos tengan terrores nocturnos, sin que se meen por la noche en la cama.

Con esa intención, la de poder escapar de la violencia, Carmen ha ido a pedir la ayuda “que dicen que hay para las víctimas de violencia de género” y la respuesta ha sido que la ayuda que se le puede prestar es pagarle el alquiler algunos meses desde el Ayuntamiento, pero primero ella tendría que buscar un piso y firmar un contrato. El problema viene cuando Carmen se echa a la calle a buscar piso y le piden un contrato de trabajo para poder formalizar un contrato de alquiler: “Baratito, en mi barrio, no te vayas a creer”, aclara. Trabajo no tiene, aunque ha trabajado de todo.

“Quiero empezar de nuevo con mis niños”

Ha vuelto a ir a servicios sociales a pedir, por favor, que le ayuden a salir del infierno en el que vive, pero la respuesta es que no tienen viviendas de urgencia para este tipo de casos y que sólo le pueden ayudar a pagarle el alquiler si antes ella consigue un contrato que nadie le hace, porque no tiene ni nómina ni familia que la pueda avalar. “Es la pescadilla que se muerde la cola, me tienen loca y ya no sé qué hacer; sólo sé que quiero poder empezar de nuevo con mis niños”.

“No me vaya a reconocer”, dice mientras posa de espaldas para las fotografías que ilustran esta historia. Por esta razón muchos datos descriptivos que permitan identificar a Carmen son ficticios. “Me voy al supermercado, a ver si compro unos sobrecitos de sopa y unas salchichitas para cenar esta noche mis niños”, se despide. Desde cuándo no compras ternera y pescado, Carmen: “Ni me acuerdo ya, hace años”, concluye, aunque subraya su urgencia: “Yo estaría dispuesta a comer arroz con tomate todos los días de mi vida, pero solita con mis niños en mi casa, sin este señor que nos hace la vida imposible”.

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