CulturaEl Censo de los Olvidados

Carlos Morla Lynch. Héroes sin lauro ni gloria

Traqueteo y moscas, el tren atraviesa la larga herida que es España. Un viajero mira el horizonte mesetario por la ventanilla, sobre las nubes el cristal refleja a un hombre abstraído en sus recuerdos.

Los refugiados espiaban tras las rendijas de las persianas, cualquiera que se acercaba, cualquier sombra que cruzara, así fuese un perro, les metía el miedo en el cuerpo. El viejo palacete de la calle del Prado estaba atestado de gente, camastros y jergones se hacinaban por los salones de la Embajada Chilena de Madrid. Había quien intentaba sintonizar, entre el abejorreo de las ondas hertzianas, los partes del otro bando, esperando la noticia de su liberación inminente, otros fumaban tabaco de picadura, los había que rezaban y quienes maldecían. Indistintamente del bando que fueran, el mismo miedo en la mirada. Según las vicisitudes de la guerra, primero llegaron religiosos, aristócratas, falangistas huyendo de los “paseos”, hacia el final de la contienda, se refugiaron en ella sindicalistas, políticos y milicianos en desbandada. Más de 2.000 asilados pasaron por aquellos mismos salones en que antes de la guerra, se agasajara a intelectuales y artistas, igualmente  de todo pelaje  ideológico.

El pasado del viajero es como una novela a punto de cerrarse. Cuando al fin cruce la frontera, ya solo en la memoria volverá a los paisajes, a las calles, a los días trágicos de la guerra. El tren se ha detenido con un agónico chirriar de rieles. Le piden el salvoconducto, muestra su pasaporte, Carlos Vicuña Lynch, chileno nacido en París en 1885. Revisan con detenimiento los sellos con el águila y la rúbrica, la pareja de la benemérita se cuadra y sigue hacia otro compartimento. Sabe que el diario que fue escribiendo, sin tener siquiera un sitio donde estar en soledad, le puede acarrear problemas. Ese libro tan intenso que hoy podemos leer con el título de España sufre, es uno de los mejores documentos de nuestra mayor tragedia, nítido y veraz, coloca un espejo ante la historia. En él, sin juzgar, como testigo raramente imparcial, cuenta del terror, las miserias y grandezas, los peligros y las mentiras, también de la vida cotidiana, de los deseos que florecen, contra toda esperanza, como flores en mitad de derribos. En la página del 10 de marzo de 1939 escribió “¡No entiendo nada! Mi confusión es absoluta.”

Íntimo de Lorca, el que le dedicó su Poeta en Nueva York, la honda punzada de su muerte le sorprendió a bocajarro, cruzando la Plaza Mayor, voceada por un vendedor de periódicos. “No lo creo, ni lo quiero creer, ni tampoco quiero detenerme a imaginarlo. ¡No puede ser!” Siguió andando sin saber a dónde iba, sin saber donde estaba, llegó hasta los arrabales, también como un difunto él, todo se le había muerto por dentro.

Atacado por unos y por otros, incómodo para todos, supo de la ingratitud y la  infamia, sobre todo con  las que le afrentó Neruda, del que conocía demasiadas  mezquindades. Nada turbó lo que consideró su deber de embajador. Cierra su diario un 28 de marzo de 1939 : “Envío un telegrama a Chile dando cuenta de que mis asilados han salido todos sanos y salvos, llenos de entusiasmo y de gratitud hacia mi tierra.” Este hombre con trazas de gentleman, de espíritu sensible y  pasiones prohibidas, tuvo que guardar un milagroso equilibro pactando con políticos, negociando primero con los milicianos y después con los militares, no solo para salvarles la vida sino buscando víveres para todos los que se refugiaron  bajo su bandera,  la que arrió como si fuese a servirle de mortaja,  a su corazón destrozado, el que cargaría ya para siempre, en su valija diplomática.

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