Opinión

Cariño, te juro que no volverá a pasar

¿Por qué es tan difícil perdonar una infidelidad? En este artículo se desglosan cuatro razones, no exclusivas ni excluyentes.

“Perdóname, cariño, de verdad que lo siento…”

“Te juro que no volverá a pasar…”

“No sé en qué tenía la cabeza…”

“Me he confundido, se han mezclado mis sentimientos…”

“Apareció y… uff… tiene una especie de poder sobre mí…”

Estas y otras frases, tan manidas como innecesarias, son el prólogo a una etapa en la que la persona que recibe la infidelidad debe decidir si está dispuesta a romper definitivamente la relación o a dar una oportunidad al perdón.

Pero… ¿por qué es tan difícil perdonar una infidelidad? Veamos cuatro razones, no exclusivas ni excluyentes:

Primero, la idealización del amor romántico, del que ya hablábamos en anteriores artículos, crea un esquema mental formado por las experiencias sentimentales propias y sobre todo por un saco de preconcepciones culturales sobre la pareja entre las que, en los modelos tradicionales mayoritarios, no se admite la posibilidad del interés hacia el exterior de la misma. La infidelidad rompe con el esquema de funcionamiento establecido para el amor romántico, y sin un esquema mental claro sencillamente no sabemos funcionar.

Segundo, la entrada de un tercero o tercera en discordia rompe el vínculo de intimidad que, normalmente se establece de manera bidireccional entre dos. Se sabe que las personas usamos distintos niveles de privacidad para relacionarnos, de manera que no damos el mismo nivel de acceso a las distintas áreas de nuestra vida a cualquier persona. En la pareja se define habitualmente un nivel de acceso casi absoluto. Cuando una persona ajena tiene relaciones con mi pareja, se puede decir que se “cuela” en mis niveles de intimidad, sin mi permiso, por lo que saltan todos mis sistemas de seguridad, se cierran las compuertas de la comunicación, y por mucho que mi pareja (o ex-pareja ya…) esté intentando explicar y explicar, nuestro cerebro está cerrado a recibir información porque entiende que proviene de una fuente tóxica, que ha violado los parámetros de intimidad establecidos.

Tercero, la infidelidad recibida sitúa a la persona en un dilema moral perverso. Por una parte, la sociedad señala a la persona infiel como “culpable”, de forma lineal y única, y por tanto es la que merece ser castigada, condenada y repudiada; pero por otra parte, al margen de este asunto, existe un “mandato” general en nuestra cultura occidental que dice que hay que perdonar, siempre que exista arrepentimiento y se nos solicite ese perdón. Dicho de otro modo, dadas esas circunstancias no se puede NO perdonar, o aún más claro, no-perdonar es imperdonable. ¿Qué puede hacer la persona en esta disyuntiva? Porque si perdona, atenta contra el mandato de la culpabilidad; y si no perdona, atenta contra el mandato de la ‘perdonabilidad’. En dilemas así, la persona de bien se bloquea, y sufre.

Cuarto, la persona para poder perdonar sanamente y plantearse seguir adelante con su pareja debe superar un duelo. Pero… ¿quién se ha muerto? Biológicamente, nadie, por suerte. Pero psicológicamente, aquella persona perfecta, idealizada, incorrupta, en la que habíamos depositado nuestra entera confianza, ha muerto. Solo llorando a ese muerto, despidiéndonos de él para siempre, superando el verlo como si estuviera vivo en cada esquina, en cada momento, en cada encuentro… Solo enterrando a ese muerto y llorándolo debidamente, seremos capaces de aceptar a la nueva persona que puede renacer a partir de una infidelidad, volvernos a enamorar de ella, y ser capaces de co-construir proyectos nuevos. Pero no nos confundamos; esa persona nueva, aunque tenga la voz, el aspecto y el DNI de la anterior, nunca más volverá a ser la misma. Hay experiencias que, para bien o para mal, nos ofrecen la oportunidad de renacer. Si renacemos, es porque morimos a lo anterior. Todo lo demás… es autoengañarse.

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