OpiniónParadojas de la vida

Carácter y trastorno mental

La línea que diferencia la salud de la enfermedad es más difusa de lo que parece.

La ignorancia y el atrevimiento nos inducen a pensar que muchos problemas cotidianos e incluso algunos rasgos psicológicos no son ‘normales’. Que lo normal es estar perfectamente equilibrado, sereno, alegre, optimista… siempre. Del mismo modo que estar enfermo sería una anormalidad que le acontece a los que están sanos. Yo creo, sin embargo, que la línea que diferencia la salud de la enfermedad es más difusa de lo que parece.

La misantropía, por ejemplo, (y, en cierta medida, también la agorafobia) es el retiro de los sensatos. Lo que les ayuda a tener cierto sosiego y alguna paz. Está bien, reconozco que se les puede haber ido un poco la mano, aunque estos amantes del silencio suelen conseguir un entorno alejado de algarabías y molestias sociales, lo que no es poco (lo ideal para una lectura reposada y, en general, para toda creación artística e, incluso, para andar el camino de la perfección espiritual, eso dicen).

En la actividad profesional, para conseguir reconocimiento y prestigio, no vienen mal el rigor, el orden, la limpieza, la meticulosidad, el cumplimiento del deber y de las normas; cierta dosis de pensamiento obsesivo. Planificar, analizar, sopesar los pros y los contras…nada de esto se podría llevar a cabo con eficacia sin una cierta neurosis obsesiva. Y, además, puntualmente y sin derroche económico.

¿Y quién mejor puede preparar una ambición como Dios manda que un narcisista? ¿Se puede escalar en una entidad financiera hasta la cúspide o llegar a ser ministro sin creerse un poco el ombligo del mundo? Ni siquiera cajero de banco o concejal. Muchos narcisistas tienen un catálogo de habilidades imprescindibles para alcanzar el éxito social: moral intachable de puertas afuera, buenas maneras, media sonrisa, alguna acción solidaria avisada con una campanilla, un gesto grave de preocupación por la marcha del interés general, creencia firme en su inteligencia excepcional, constancia en el halago de los poderosos, menosprecio de los subordinados con una palmadita en la espalda… así prepara un narcisista una perfecta ambición. He conocido a narcisistas que podrían haber pasado por anacoretas filántropos: toda su ambición estaba puesta al servicio de la humanidad (con ellos al frente, claro). La soberbia y la vanidad pueden ser herramientas imprescindibles para alcanzar el poder.

¿Y qué decir de un buen sádico que ha descubierto por casualidad lo atractiva que puede llegar a ser una carrera de cirujano o de dentista? ¿Y un borderline para desafíos peligrosos y arriesgados? ¿Y no es adecuado para llevar una vida sana y saludable un poquito de hipocondría que te garantice analíticas y revisiones médicas puntuales?

¿Entonces dónde está la raya de lo saludablemente aceptable? En que esa ‘manera de ser’ no procure sufrimiento ni para uno mismo ni para los demás. Si me apuran, incluso algo de lo que nosotros mal llamamos locura (insensatez) les fue de gran utilidad a Van Gohg, Cristóbal Colón, Vicente Ferrer y tantos otros grandes hombres.

Sigmund Freud decía que una persona sana es aquella que es capaz de amar y trabajar. Amar a otros y amarse a sí mismo, y ocuparse en una actividad productiva (que intente dejar este mundo un poquito menos mal de lo que lo hemos recibido). Nada más. Y nada menos.

Considero que el sufrimiento gratuito —propio o ajeno— es el criterio para saber la diferencia entre un trastorno mental o un simple modo de estar en el mundo. Porque, en realidad, nuestros puntos fuertes pueden ser, al mismo tiempo, nuestra debilidad. Depende si la narración de uno mismo se desliza hacia el territorio de lo absoluto, de lo inflexible, de lo recursivo y acaba siendo una narración que abona y expresa el sufrimiento.

A veces, la verdad ilumina tanto que nos lleva al fanatismo. También al fanatismo de los sentimientos. Y para andar con cierta alegría y generosidad por este mundo conviene relativizar muchas cosas. Para salvar las dos o tres importantes. El resto es mejor tomarlas con un poco de humor y con ironía sana. ¿Felicidad? No hace falta tanto.

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