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Cante grande en ‘La Ciudad del Flamenco’

La Nave del Aceite, sede de La Buena Gente en la plaza Belén, devuelve a La Macanita al tablao de una peña flamenca dos décadas después. Un recital para almacenar en la memoria.

La Nave del Aceite, sede de La Buena Gente en la plaza Belén, devuelve a La Macanita al tablao de una peña flamenca dos décadas después. Un recital para almacenar en la memoria.

Anoche estuve en la Ciudad del Flamenco. Sí, es cierto que allí al lado había un enorme solar criando jaramagos y escombros, pero en la Nave del Aceite, cuya rehabilitación pergeñaron los arquitectos suizos Herzog & De Meuron —padres de aquel proyecto que iba a ser y luego no—, hubo flamenco del bueno y, sobre todo, se palparon muchas ganas de flamenco en la ciudad. Expectación. No era para menos. Tomasa Guerrero La Macanita, esa mujer que salía de muy niña en Rito y Geografía del Cante, regresaba 20 años después al escenario de una peña flamenca de la ciudad. Convertida ahora en la Aretha Franklin del arte jondo jerezano, consagrada, valorada y respetada, ese vozarrón de terciopelo negro del barrio de Santiago cimbreó el reconvertido espacio que ahora gestiona La Buena Gente.

La artista era la encargada de clausurar el ciclo de otoño de la peña que preside Nicolás Sosa y la cita representó un éxito artístico y de organización fuera de toda duda. No fue fácil, visto lo visto, para los responsables de la entidad no poder admitir a más público, pese a que caían chuzos de punta a esa hora de la noche en la plaza Belén. Finalmente lograron no colapsar el aforo y organizar el evento para que transcurriera por cauces lógicos. Dijo el joven periodista Juan Garrido en su presentación de la artista que la noche iba a ser para recordar. Así fue. La Macana logró reunirse en el pequeño escenario con su grupo habitual, pese a que habían tenido que descartar otros bolos. Mandaba la guitarra joven y sabia de Manuel Valencia. Fue él el encargado de abrir la función con un solo por bulerías trepidante, capaz de secarnos tras la manta de agua que nos recibió a la llegada a la peña. Tomasa, feliz y agradecida por el reencuentro con ese flamenco de distancias cortas, inauguró su concurso por malagueñas y verdiales, y tuvo tiempo para los tientos tangos, una canción por bulerías escrita por Fernando Terremoto —Volver a verte—, y más bulerías en las que pudo darse la pataíta de rigor. 

Sin duda, el punto culminante de la noche fue la soleá. Su soleá. Una versión extendida del subgénero en la que no regateó entrega tirando de sus prodigiosas facultades. Una soleá en la que los altos parecían por momentos hacerle estallar la garganta, en la que domó el cante con una habilidad tan misteriosa como el palo cortado. Paco La Luz, El Loco Mateo, El Marrurro… Presencias extemporáneas de una ciudad del flamenco capaz de sacar arte junto a los escombros. Mientras por la ventanita de la Nave del Aceite se veía aquel solar demencial, una auténtica oda al crack de la ciudad representada por un proyecto que pudo ser realidad pero que ha sido incomprensiblemente desechado por nuestros políticos, dentro de la peña había arte y muchas ganas de arte. En definitiva, espacio para la esperanza.

Pataíta: ¿Se imaginan ir a Viena y asistir gratis (por sistema) al recital de una primera figura mundial de la música clásica? En Jerez ocurre, mientras las peñas, esas entidades imprescindibles para la salvaguarda de eso que denominan Patrimonio Inmaterial de la Humanidad pero dejadas de la mano de las Administraciones públicas, resisten a duras penas.

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