La Rotonda

Cabalgata de Reyes, la vida misma

Hay muchas formas de asistir al desfile de la ilusión en la tarde-noche del 5 de enero: tratando de volver al niño que fuiste o enfurruñado con todo lo que nos rodea. Elige tu propia crónica

Hay muchas formas de ver una cabalgata de Reyes. Supongamos que esta crónica empieza como aquellos libros de elige tu propia aventura. Supongamos que la opción a) es la del padre primerizo (o curtido en la crianza de uno o más hijos) que acude con su pequeña por primera vez a ver su cara de asombro ante tantos estímulos, a vibrar con su inesperado alborozo ante las charangas y los disfraces (de lo que quiera que fuera disfrazada tanta gente), a alucinar con esa mirada de ilusión inexplicable y contagiosa que llueve desde las carrozas reales.

Migrantes que vienen del más Lejano Oriente para repartir regalos y, sobre todo, alegría y memoria (regalar es acordarte). Digamos que en esa tesitura, te centras más en disfrutar de ella que de lo que va desfilando ante vuestros ojos. Ojos que quedan reservados a contemplar, baba caída mediante, su mirada pura y sin prejuicios. En esa mirada, por cierto, vuelves a saludar calurosamente al niño que, oh sorpresa, sigue viviendo en ti. Disfrutas. Sin más pretensiones.  El karma, con esta perspectiva de las cosas, hasta te sale a devolver. Pongamos un ejemplo: cae una pelota a tu lado, vas a cogerla torpemente y un jovenzuelo te la arrebata desde arriba y con el pie. Mierda, qué le vamos a hacer. Te mira, le miras. Y en un alarde de fair play, te la entrega como justo vencedor de este hermoso juego de imaginar que llueve algo parecido a un maná del cielo.

En cambio, en esta aventura cabalgatera de la víspera de Reyes también puedes elegir la opción b). En este caso eres también adulto (o adolescente tardío) que acude fiel a la cita con el desfile de la ilusión (no se sabe muy bien para qué) para tratar de colocarte en primera fila y arramblar con todos los caramelos (si son juguetes, camisetas, balones o un pin de publicidad, mejor) cueste lo que cueste, caiga quien caiga. Puede que lleves hasta un paraguas pese al cielo despejado. Es la forma de obtener mayor botín, dejando a los de tu alrededor casi sin opciones. Jugando con armas ilegales, sucias, pero válidas en esta pugna por el peluche de saldo y el balón de plástico.

Puede que escondas unas rodilleras y unas coderas, claves a la hora de tirarte en plancha sobre el asfalto para amasar el mayor número posible de caramelos, ya estén previamente pisados o no. Quizás incluso llegues a insultar a la persona que encarna a tal o cual Rey Mago porque, total, tú qué sabes lo que ha trabajado durante más de un mes para hacer felices a tantas personas en tan pocas horas. Bastantes problemas tienes ya con agacharte a mil por horas por dos palotes y un sugus pisado como para preocuparte por los demás.

Lo normal en tu caso es que digas una frase recurrente en toda cabalgata de Reyes que se precie: “Este año hay menos caramelos que el año pasado”. Una sentencia irrefutable que llevas oyendo (y por ende, repitiendo) año tras año desde que tienes uso de razón (quizás desde que olvidaste el niño que eras y medías las cosas con otras magnitudes, más sanas, menos cabronas). Lo normal también es que critiques todo lo que vayas viendo: que si lo lacios que son esos; que si estos no tiran nada de caramelos; que si el bueno es el Rey Baltasar, que es el que más caramelos echa; que si ese qué bicho es; que si que cutre tal carroza; que si vaya mierda de caramelos de propaganda… 

Una cabalgata de Reyes es una colorida metáfora de la actitud con la que encaramos los próximos doce meses. Un espejismo, un singular universo paralelo en el que puede que a veces la configuración del cortejo sea un sinsentido, donde no todo sale como esperamos; pero es el significado del todo la razón de ser de estar allí presentes. O de seguir vivos. Una cabalgata de Reyes consiste en mirarla y disfrutarla con la fe y la esperanza de un niño, sabiendo encajar las pequeñas derrotas por su itinerario, sintiendo, fluyendo, dejándote llevar sin ansiedades absurdas. Aunque una cabalgata de Reyes también tiene quien la mira con el cinismo y la negatividad de quienes no sonríen ni consigo mismos. Con esos que prefieren ver la paja en el ojo ajeno antes que la viga en el propio. Con esos que solo aportan ruido e idiotez a un mundo con más contaminación que aire limpio. Son dos actitudes frente a un mismo desfile. Ante una misma ilusión. Como en la vida misma.

Rubíes y turbantes, largos mantos heráldicos,

¿en qué enero perdido olvidaron mi reja?

¿Dónde está aquel paisaje de climas y esplendores

y dónde aquel galope, dulce, en duermevela?

¿Por qué mar o qué sierra, por qué senda ignorada

se marcharon un día vuestros viejos camellos?

Desde esta dura playa de la vida, mis ojos

os siguen evocando cada cinco de enero.

Julio Mariscal Montes

(Fragmento del poema 5 de enero, incluido en la antología La mano abierta, Renacimiento, 2017)

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