Ojo por diente

Borrico

Un avispero. La peña es un avispero de hombres sin alas y con veneno podrido en las tripas. Otra compare. Por los recién llegados y preñados se alzan al aire medias botellas de fino. Los ancianos, en cambio, jamás levantan los ojos de la mesa. Demasiados años pagando la cuenta de los demás con sus propias vidas.

Desde mi soledad veo cómo cimbrean los aguijones en las gargantas de los que reclamarían silencio.¡Silencio! Grita la única mujer de la sala. Eso es…, silencio. Lo digo para mis adentros aunque quién sabe si alguno de los trajeados que tengo a mi lado me ha escuchado. Parece que no. Rafaé esta tarde le va a cortá las dos orejas a cá toro. Ni Curro ni el que se ponga por delante. Pá eso es gitano.

Y Borrico mirando lo invisible mientras su guitarrista arranca la seguiriya con las cuerdas todavía de espanto y hojalata. Demasiado ruido para hacerse hueco en la historia. Suenan vasos y huele a vino derramado. El de siempre jalea al vacío para hacerse notar. Enga yaa.., reventao creo leer en los labios del cantaor.

No vale duro eso ni ná. Se crece el guitarrista cuando ve que entre el gentío se ha levantado uno para señalarle. Eso es arte. Ni Roma.

Las patas de las sillas chirrían. La cejilla aprieta pero no ahoga. El bordón se ha quedado temblando con el primer ay de Borrico. Uno a mi lado, el que venía para torero, carraspea de miedo. Se ha hecho de noche por un segundo.

Otro lamento. Ahora es una queja larga con todos los siglos del Hombre metidos dentro. Ya no sé ni dónde estoy. Sólo acierto a saber que el que han puesto para servir entre las mesas se ha echado para atrás y no escucha a nadie. Juan mío… ponme una copita de… Después. Cuando ninguno de los presentes sabe qué va a suceder minutos más tarde.

Con qué ducas llora el jerezano llevando la última palabra al infinito. El tocaor se ve obligado a levantar una frontera para que no escape la realidad. Ahí, ahí dice el sabiondo sobre la fatiga trabá del monstruo. ¡Callarse! Manda una vara flamenca en primera fila haciendo callar al estorbo. De que le alivie a mi pare las duca de su corazón. Es lo que le está pidiendo Borrico a todos los dioses que existen, alivio a un padre que se le murió hace demasiado tiempo.

Me pregunto quién soy si no he sufrido. Las manos me sudan cuando las de mis padres, ni cogiendo algodón, podían llorar. No hagas el pino María… que te va a ver el señorito.

El guitarrista se anticipa a la muerte y empieza a cavar otra tumba abierta al cielo ayudándose de un picado seco y claro. Es el sonido que guarda el cuero de los animales heridos. Huele a azufre y a mina.Mi alma no la pué aguantá sentencia el genio. Viva Dios se oye entre el público. Ahí hay que morir le exclama desafiante un anciano a su santolio, que acobardado en un rincón no encuentra la oportunidad de emboscar al viejo de la guerra de los ochenta y tres años.

La mujer del silencio tiene las manos atadas a sus rodillas. Parece rezar en medio de un campo de batalla donde el único soldado es Borrico, peleándose consigo mismo.

Otro torrente de fuego. Ayyy. Hasta las pieras ya saben las fatigas mías. Un niño de siete años no puede contener su primer ole. Pobre de él… ya no tendrá cura de su nuevo mal: tener hambre de hambre.

El puño cerrado del cantaor se abre de golpe para mostrar viejas heridas. Se distingue la campiña y la araña parda de la uva. En las líneas de su mano también se habla de mujeres echadas en las esteras y de hombres mudos bajo una parra. Ahora te estoy haciendo el cante de mi abuelo Manué logro descifrar en la pausa de aquel hombre engendrado pocos años después del desastre del noventa y ocho.

Veo olivos y más olivos por mi ventana. Un mar verde bajo un océano azul lleno de pájaros camino a Arabia.

Suenan acordes impregnados de aceite de Argán. Nadie recuerda ya la hojalata y el espanto. Qué cierto aquello de que el miedo hace de hierro a los hombres.

Al de la Puerta Real le pío con ducas. Un perro ladra en la calle. Parece querer entrar para lamer la tragedia ajena. Su hocico brilla como los ojos del niño chico. Ole dice.Y yo digo HambrePá que me ponga a mí mare buena. Borrico ni siquiera ve ya lo imposible. La que yo quería.

La guitarra entra en el laberinto de la arzapúa e intuyo que no sabe cómo salir. Demasiados arrebatos escucho contra el ciprés judío. Es un toro estallando en el corazón del burladero.Ya no se hablan los trajeados salvo para decirse aquello de quién es el valiente que vendrá detrás. Cuando detrás de Borrico nadie, ni la sombra que dejó en la puerta.

El anciano de perdiz y remolacha, uno que se ha quedado a medio entrar, barruntaría tormenta pero en los veranos de Sierra Morena la lluvia se espanta. Mi coche se está ahogando en la frontera de Jaén con Córdoba.

Qué quería usted, Una copita de oloroso aunque ya pá qué. Al niño le dan a probar unas garrapiñadas de la corrida del viernes. Están manías pero el niño sabe que no sirve de nada quejarse. Más te quejas, más duele.

La mare que yo quería. Borrico se me ha marchado sin despedirme. Su fulgurante adiós, sin haberlo precedido de la cabal, ha dejado un reguero de planetas moviéndose al libre albedrío. Dios bendiga cada rincón de esta casa.

La batalla de Bailén y su campo yermo a quince minutos mal contados. Por la ventana dejo entrar a la aceituna prensada y a la mano negra. No se escribe en los troncos de la oliva. Se trabaja y se muere.

De noche salgo al campo y hago las pieras llorá. Esta vez me arranco yo y lo hago llenándome la boca, con ayuda del artificio y de la mentira, de unas fatigas impropias. ¡Qué pena de mí! Si Borrico es un planeta…, yo apenas alcanzo a ser un terrón de tierra. Un terrón de tierra seca volando a ciento diez kilómetros por hora sobre el asfalto.

Zapatero, a tus zapatos. Dejo de cantar y rebobino con prisa la cinta que he descubierto esta misma mañana. La carcasa no tiene nombre.., como sucede con mucho de los milagros.

Rew. Veinte segundos serán como cuatro minutos. El tiempo no existe…, sólo que no paramos de perseguirlo.

Play. ¡Silencio! La única mujer de la sala vuelve a reclamar silencio. Eso es, silencio. Esta vez lo suplica uno de entre el público idéntico a mí. Y los trajeados, que irán a los toros en unas horas, ondearán sus pañuelos bordados únicamente con Paula. Pá eso es gitano.

Yo, por mi parte, ya veo Bailén. Es un fantasma desmayado, de techos blancos, sobre una loma sin cuartel. Cuarenta grados a la sombra pero está lloviendo polvo sobre la voz del cantaor. Cuesta rescatar su verso entre tanta suciedad magnética y el vuelo atropellado de las avispas. ¡Callarse! Grita el sabio.En el campo solamente estaba yo y el silencio me decían en noches de vela.

Suena la guitarra y en mi retrovisor va desapareciendo el último cortijo en ruinas. Lo hace tan deprisa que ya es una pizca de sal derramada sobre un mantel con llamas verdes.

No hagas el pino María, que te va a ver el señorito. Déjame que te ayude le dice mientras roza las manos de mi madre.., rotas en sangre por el algodón bravío.

Cuento extraído de Cante y cuentos, relatos sobre el mundo del flamenco en Jerez, de la editorial Libros canto y cuento. Disponible en la web.

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