Cultura

Borges, poeta del sur

Después de aquel boom Borges de los setenta, lejano ya el año el centenario de su nacimiento, a pesar de la fama que lo convirtió en uno de sus dioses-victima, de los borgianos y su crítica transformada en género, de tanta retórica de bibliotecas, espejos y laberintos. Qué decir, qué no decir de Borges a estas alturas, después de haber sido en vida un clásico, quizá uno de los mayores poetas, y no solo en lengua castellana. Desde fuera del mundo hispano se le consideró y considera principalmente en su faceta de narrador y ensayista, pero el hombre que escribió El Hacedor, La rosa profunda, Historia de la noche, La cifra o Los conjurados, ciertamente fue mucho más, fue esencialmente —así se considero él siempre y el tiempo lo dictaminará— un poeta del sur, eso es lo que podemos repetir a la manera de uno de sus prólogos y eso es lo que llevamos ganado los lectores, lo que nos interesa resaltar ahora y desde donde hay que partir. 

Es curioso que después de los numerosos libros sobre su vida y obra que se editaron en el  año de su centenario, sumándose así a la copiosísima bibliografía ya existente, apenas unos pocos fueron sobre su faceta de escritor de versos, en los estudios se citan parcialmente sus poemas y casi siempre como apoyo a teorías y estudios sobre sus cuentos, cuando debería de ser al contrario, el origen del creador que perdurará a pesar de sus excelentes cuentos y de casi todo cuanto escribió está en sus versos, aun con toda la prudencia necesaria por la cuestión de los géneros en un autor como este, pues narración, poesía y discurso se funden en su escritura muy a menudo, y esto se debe en parte a que Borges manejó muy bien la metaliteratura, siendo un escritor no tanto para escritores, sino para lectores asiduos, muy arraigado en una tradición literaria a la que le supo dar una excelente salida en su vida y obra.

Pero es a sus versos a donde volverá el lector futuro con más asiduidad del conjunto de sus escritos, y es sobre esta amplia y rica obra poética donde no se ha vuelto lo necesario en comparación con sus narraciones, inferiores, para quien esto escribe, a su poesía, escasean estudios rigurosos sobre el desarrollo y fuente de su lírica, mundo y formas, hasta hace quince años faltaban ediciones críticas y completas de gran acceso y divulgación. Cuando Borges consigue el reconocimiento internacional es un hombre que intelectualmente ya ha llegado a su centro, a partir de entonces la admiración beata sepultará al hombre tras la obra, pero en su trayectoria vital, el hombre interior, el de la aventura psicológica y ética va en una dirección contraria a su éxito literario, esa huella, para cualquier lector atento, aparte de biografías, entrevistas y demás papeles, está más acusada en sus últimos libros de versos.

69o_jorge_luis_borges_rodeado_de_universitarios.jpgTras su tercer libro de poemas, Cuaderno San Martín, 1929, Borges no escribirá ningún libro más hasta 1960, fecha en que publica El Hacedor y con la que comienza su nueva etapa en la poesía, ha habido más de treinta años de silencio, estimulado quizás por su creciente reconocimiento y seguridad tras su incursión en la narrativa comienza de nuevo a escribir versos, tarea que no cesará hasta su muerte, atrás han quedado esos primeros libros de experimentación, de ultraísmo, de su interés por Quevedo y sus opulencias verbales, aunque no hay tanta diferencia en esos libros como en los posteriores y que se ha querido resaltar, ya tenemos un Borges más conciso, reincidiendo con maestría en sus temas, esenciando su mundo. Es a partir del El Hacedor donde comienza a dar su s mejores muestras y a mantener una línea creciente que culminará con Los Conjurados, dejándonos diez libros más.

El Borges poeta tomará de su crítica y ensayos numerosos elementos que ya estaban esbozados como una metáfora clara en sus comienzos y que conjugará admirablemente, su poesía invita a la constante relectura, prueba de potencia para cualquier creador de altura que se precie, quizá la prueba de los grandes clásicos. Cuando Borges llega a sus últimos libros de poemas está  haciendo ya una poesía filosófica, ajustándose a tradiciones clásicas y sencillas, la cuestión de los universales, quizá se le ha querido adjudicar una dimensión excesiva en sus propuestas, pero es su temperamento metafísico, su interés por los sistemas idealistas los que dejen una huella más intensa en su escritura y la que mejor aprovecha.

En esta su segunda etapa habrá una gran coherencia y crecimiento, a sus temas de siempre como son el tiempo, la realidad como sueño, la vejez, la muerte, la ceguera, la angustia, las historias vacías de tristes personajes, le sumará un mayor ahondamiento y preocupación por el hombre entre la encrucijada de la razón y la fantasía, agudizándose en el desarrollo de esa escritura de sobria ejecución, donde el endecasílabo clásico que repite con singular maestría  es el medio preferido para su desarrollo, olvidando esa escritura un tanto lineal de sus comienzos. En suma, hay en su obra numerosísimas tensiones dialécticas que la hacen compleja y atractiva; la inserción de lo insólito en lo previsto, el encuentro del discurso lírico y narrativo, de lo trascendente y cotidiano, de la pasión y la reflexión, dejándonos siempre después de su lectura esa inquietud metafísica tan suya, la aventura ética,  las últimas razones y enigmas de toda existencia.

Desde su inicial Fervor de Buenos Aires, impregnado por un cierto naturalismo que hoy nos parece más hermoso, hasta su último libro, Los Conjurados, con su impresionante poema Cristo en la cruz, notamos lo que ha sido la aventura ética y estética de este poeta excepcional, les recomiendo que se olviden un poco de Borges y sus cuentos, que vuelvan más su atención a este poeta argentino que en sus últimos años mantuvo que el éxito y el fracaso son dos impostores, que él mismo temía que el devenir le descubriera también como un impostor, en las líneas y entrelineas de sus páginas está el creador más auténtico, el que tomó tantas máscaras por tantas agonías, lean y relean su obra poética completa.

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