Al paso

Bienvenidos a la realidad distópica (y III)

A diferencia de Orwell, que nos advirtió de los peligros de la tiranía, Aldous Huxley imaginó un mundo donde resulta innecesario ejercer ninguna forma de opresión porque ya esta ha sido libremente asumida por los ciudadanos. En la realidad imaginada por Orwell, la libertad se encuentra apresada por quienes detentan el poder. En la de Huxley, en cambio,la libertad no existe porque el ser humano es ya incapaz de concebir toda su complejidad.

Los habitantes de la distopía que formuló Orwell viven cautivos en un sistema totalitario que se les ha impuesto por medio del terror. En la formulada por Aldous Huxley, sin embargo, viven felices porque ignoran que han sido sometidos por el más eficaz de los estados totalitarios. Y es precisamente en esa forma de aceptar la felicidad, y hasta de crearla, en donde podemos encontrar las mayores similitudes entre la obra de Huxley y nuestro mundo actual. Y ese es también el motivo por el que sigue estando vigente el mensaje que nos transmite Un mundo feliz.

Lo inquietante, vino a decirnos Aldous Huxley, no reside tanto en el temor a que vengan a privarnos, por medio de la fuerza, de la posibilidad de adquirir conocimientos, tal y como temía Orwell. Lo realmente inquietante es que se reduzca nuestro pensamiento de tal modo que ya no deseemos adquirir los conocimientos que nos hacen más humanos.

Lo alarmante no es que manipulen o alteren la Historia tal y como ocurría en 1984, sino que llegue a parecernos irrelevante lo que nos pueda aportar el conocimiento de nuestra propia Historia.

Lo que nos amenaza no es ya el peligro de que a cualquier sátrapa le dé por prohibirnos la lectura de determinados libros, sino que la lectura de determinados libros ya no suponga un peligro para ningún sátrapa, bien porque ya nadie los lea o, lo que es peor, porque ya nadie los entienda en caso de leerlos.

Lo que empieza a resultar terrible no es que la tecnología amenace con destruir nuestro mundo, sino que acabe infantilizándolo; una posibilidad que cada vez resulta menos descabellado imaginar.

Lo realmente perturbador no es ya, como sucedía en el pasado, que nos vuelvan a limitar el derecho de libre reunión colectiva, sino que poco a poco se vaya diluyendo nuestra individualidad dentro de las colectividades identitarias.

Y, por último, y este es probablemente el mayor acierto del libro de Huxley, lo sorprendente es saber que lo que va limitando nuestra singularidad como individuos no proviene de fuera, sino que somos nosotros mismos quienes vamos entregándola voluntariamente.

No hay excusa posible. Ya no hay, como en 1984, grandes terrores que amenacen con infligirnos dolor para tenernos controlados. Lo que hay, como en Un mundo feliz, es un permanente condicionamiento de nuestros comportamientos emocionales a base de suministrarnos, en grandes dosis, todo aquello que tanto nos gusta.

El mundo imaginado por Aldous Huxley en 1932, que fue el año en que se publicó su novela, es un mundo perfectamente estable. De hecho, la divisa del Estado Mundial que condiciona el comportamiento de la gente es precisamente este: “Comunidad, Identidad, Estabilidad”.

Los grandes líderes mundiales que crearon ese mundo tan feliz se dieron cuenta de que nada se conseguía por medio del terror y de la fuerza, salvo que la gente acabara rebelándose. Y, por ese motivo, decidieron adoptar métodos mucho más lentos, pero infinitamente más seguros, como la Ectogenesia o el condicionamiento neopavloviano, entre otros.

A este respecto, no debemos olvidar que se trata de una novela de ciencia ficción. Pero ojito; el hecho de que sea ficción no impide que nos hable de nuestra propia realidad.

Claro que ahora no se practica la Ectogenesia que encontramos en Un mundo feliz, o que pudimos apreciar visualmente, hace unos años, en aquellos enormes campos de cultivos que aparecían en la película Matrix. Los seres humanos seguimos siendo vivíparos; un término, por cierto, que provoca pudor en el mundo del que venimos hablando y cuya utilización se evita en el libro de Huxley, al igual que las palabras madre, padre, hogaro familia, entre otras muchas, por considerar que son palabras obscenas, al haber sido desheredadas del vocabulario de la gente feliz que vive en una realidad muy distinta. Aún no hemos llegado a la ectogénesis y puede que nunca lleguemos, pero, ¿estamos seguros de no estar siendo condicionados mediante estrategias neopavlovianas,por ejemplo?

Estoy convencido de que todos ustedes se acuerdan de Pavlov y su perrito. Cómo olvidarlo, ¿verdad? Todos hemos estudiado a Pavlov en el cole. Uno de los padres de la psicología conductista, nos dijeron. El primero que formuló la ley del reflejo condicional, un tipo de aprendizaje asociativo basado en el modelo estímulo-respuesta. Verbigracia, se coge a un perro y se observa su comportamiento. Se le pone comida y vemos que saliva. Y luego nos hacemos preguntas motivadoras. Cómo esta: ¿qué pasa si cada vez que le ponemos comida tocamos una campanita? Respuesta: pues que el perro termina asociando el sonido de la campanita con la comida, de modo que acabará dando una respuesta (la salivación) a un determinado estímulo (la campanita). ¿Y qué ocurre si un día hacemos tocar la campana, pero no le damos de comer?, siguieron preguntándose. Pues que el perro saliva igualmente, descubrieron. ¿Y qué pasa si el método lo aplicamos a un ser humano?, se preguntaron entonces. Y hasta hoy.

El feliz y maravilloso mundo del conductismo, claro, con todas sus variaciones y complejidades, sus bondades y sus excesos. La modificación de las conductas, pongamos por caso. El análisis experimental del comportamiento. Las teorías del aprendizaje social. Las terapias de aversión. Las de aceptación y compromiso. El conductismo social, qué buen ejemplo. La filosofía de la ciencia de la conducta de las personas. Y, cómo no, la ingeniería del comportamiento y hasta la ingeniería social a la búsqueda siempre del cambio que haga posible la cohesión de la sociedad. “Comunidad, Identidad, Estabilidad”.

Ya lo dijo el propio Aldous Huxley, con ánimo de prevenirnos ante peligros futuros, en un prólogo que escribió, en 1947, para una nueva edición de Un mundo feliz:

“Un Estado totalitario realmente eficaz sería aquel en el cual los jefes políticos todopoderosos y su ejército de colaboradores pudieran gobernar una población de esclavos sobre los cuales no fuese necesario ejercer coerción alguna por cuanto amarían su servidumbre. Inducirles a amarla es la tarea asignada en los actuales estados totalitarios a los Ministerios de Propaganda, los directores de los periódicos y los maestros de escuela. Pero sus métodos todavía son toscos y acientíficos”.

Han pasado setenta y dos años desde que fueran escritas estas palabras, y no estoy seguro de que los métodos actuales sigan siendo tan toscos y acientíficos como le parecían a Huxley los de su época.

En todo caso, volver a leer obras clásicas como 1984o Un mundo feliz, entre otras muchas, quizá nos ayude a darnos cuenta de nuestra realidad, pero también a conocer con más profundidad nuestro pasado y a imaginar mejor nuestro futuro, ahora que vivimos tan concentrados en nuestro presente.

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Un comentario

  1. ¡Por fin, un artículo, en tres entregas, que intenta un análisis objetivo, no sectario, y pensado de un fenómeno socio-político! Un artículo que respeta la inteligencia del lector y no pretende adoctrinarlo. Enhorabuena al autor, aunque es lamentable que este tipo de artículos sean la excepción en este medio en particular y en los medios en general; lo que impera es la mediocre soflama política sectaria y la descalificación del adversario.
    El artículo, sus tres entregas, merece ser comentado con algún detalle.
    El autor alerta, con razón, del enorme caudal de información personal que volcamos en las redes y que se usa por el “sistema” (luego veremos qué es ese “sistema”) para conocer datos muy personales sobre los ciudadanos y así poder manipularlos. Para ello, el autor alude continuamente a las famosas distopías literarias de Orwell y de Huxley, que, efectivamente, aunque tienen aspectos comunes, son bastante distintas en su relato y estructura, si bien llegan a conclusiones muy próximas. Así, el autor se decanta, con razón, por la distopía huxleyana (“Un mundo feliz”) como la más aproximada a la realidad (ya no distopía) actual del control “tecnológico” de la población, algo que, ciertamente no es muy original, ambas distopías literarias se vienen poniendo tópicamente como vaticinios acertados del mundo presente en numerosas tertulias y artículos. Así, el autor va desgranando con bastante pormenor las evidentes similitudes entre el mundo feliz huxleyano y nuestro mundo presente: el Gran Hermano materializado en la permanente conexión digital (con la importante diferencia de que esta es desagregada), la voluntariedad del sometimiento digital basada en refuerzos psicológicos positivos de factura adictiva (y negativos) y en la inconsciencia, la reescritura de la Historia (la volatilidad del pasado), la neolengua (que sí existe, como herramienta de transformación social mediante la modificación del pensamiento por la palabra, como explicó magistralmente Klemperer), la policía del pensamiento (el linchamiento mediático del discrepante), las técnicas de psicología conductista…
    Sin embargo, más allá de esa comparación, ese paralelismo, entre la obra huxleyana y nuestro mundo presente, el autor se limita a una genérica llamada de alerta a la ciudadanía; se habría agradecido, y era muy pertinente, alguna, o algunas, entrega adicional que se centrara en analizar propiamente ese control social tecnológico actual que denuncia. Realmente, la tecnología, en sí misma, es siempre buena, es la base de la Humanidad, sin la bipedestación, que dejó las manos libres para el trabajo quirúrgico (tecnológico), con la consiguiente retroalimentación del mayor desarrollo cerebral y de la inteligencia y el lenguaje, no existiría el Hombre. La Tecnología fue previa, y condición necesaria, a la Ciencia y a la Filosofía. Y, por supuesto, la tecnología siempre se usó, entre otros muchos fines, para la dominación, no solo en la guerra, sino en la paz, y también para la subversión (Lutero no habría tenido trascendencia alguna sin la imprenta; Lenin no habría hecho su revolución sin el ferrocarril). Así las denominadas “nuevas tecnologías” de nuestra era tampoco son una excepción histórica y sirven para un control social “soft” ejercido principalmente por las grandes multinacionales del sector, que venden nuestros datos personales (se lucran) a la industria y a las agencias gubernamentales; y ya sabemos que la información es poder. Las nuevas tecnologías no han inventado el control social, que es muy antiguo en la Historia, pero sí lo han hecho mucho más fácil, extenso y potente; y hoy día son un arma muy importante en la confrontación geopolítica entre las diversas potencias. Pero esas mismas nuevas tecnologías también han abierto un enorme y globalizado cauce para las ideas “contrasistémicas”; por poner dos ejemplos cercanos, Podemos y VOX no habrían podido surgir sin ellas. Para el lector interesado en esto, hay dos obras fundamentales escritas por un gran experto español: “Así se domina el mundo” y, su continuación, “El dominio mundial”, ambas de Pedro Baños, publicadas recientemente por la editorial Ariel.

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