Al paso

Bienvenidos a la realidad distópica (II)

A propósito del artículo de la semana pasada, que quedó inconcluso, en estos días he mantenido, con un amigo de toda la vida, una interesante conversación que ha venido a desbaratar buena parte de las elucubraciones que tenía pensado volcar en el escrito de hoy. 

El motivo es bien sencillo. Con su fiera capacidad de persuasión, mi amigo logró convencerme de que 1984, la distopía de George Orwell, no basta por sí misma para entender las sutilezas ocultas que rigen el funcionamiento del mundo de hoy, tal y como yo había creído hasta ese momento.

“Yo es que soy mucho más de Huxley”, me dijo. Y a continuación expuso sus razones, tan convincentes, lo que me va a obligar a posponer una semana más el final de estas reflexiones.

No obstante, creo que, si complementamos las visiones de Orwell con las de Aldous Huxley en Un mundo feliz, quizá obtengamos una panorámica aproximada de lo que acontece en la actualidad.

¿Qué es hoy el Hermano Mayor?, me preguntaba yo la semana pasada. En la novela de Orwell es el omnipresente líder, el Big Brother que controla y vigila a los ciudadanos a través de las telepantallas que lo inundan todo con su presencia, invadiendo incluso las esferas más privadas de la vida, en una continua inspección de los pensamientos y las emociones de la gente. Y aunque es cierto que hoy en día no existe un equivalente exacto a esa forma de opresión impuesta e invasiva, no deja de haber un inquietante paralelismo entre las telepantallas descritas en 1984 y la proliferación de artefactos de exposición con los que nos creamos el ensueño de estar unidos en un mundo cada vez más globalizado. La diferencia, claro está, radica en que, aparentemente, nadie nos obliga a ello. 

Somos nosotros mismo quienes lo buscamos. Nuestras vidas también están repletas de pantallas que quizá cumplen el mismo cometido, pero nosotros lo aceptamos voluntariamente. Estamos permanentemente online. A través del teléfono móvil, de la televisión, de un ordenador conectado a internet o por medio de redes sociales, ofrecemos sin excusa posible nuestros más íntimos pensamientos y emociones, exhibimos lo que nos gusta, informamos de aquello que nos anima, publicamos lo que pensamos, lo que hacemos, lo que queremos, lo que somos, nuestros sentimientos, nuestras pasiones y hasta nuestros más ocultos temores. Pero nadie nos obliga a ello, aunque el efecto sea muy parecido: un trasvase de datos que entrega buena parte de nuestra intimidad a los grandes imperios que controlan la información. 

¿Qué es hoy la habitación 101? ¿Acaso existe en nuestra época una cámara de tortura destinada a quebrar la voluntad de las víctimas? Es evidente que no, pero sí existe el propósito que anima a los torturadores de la novela de Orwell, que no buscan tanto infligir castigo como lograr el control de la voluntad de los torturados. 

Entiéndaseme bien. Ahora nadie nos tortura. Nadie nos amenaza. Pero, ¿estamos seguros de no estar entregando parte de nuestra voluntad, de no estar modificando nuestra conducta al ritmo que las nuevas tecnologías nos van proponiendo, a la vez que permitimos que anulen nuestra capacidad de pensar de manera autónoma?

¿Cómo se practica en nuestros días la corrección continua de la historia que aparece descrita en la novela de Orwell? Ahora no tenemos ningún Ministerio de la Verdad que corrija a diario, y según convenga, los acontecimientos ya ocurridos, pero fíjense en cómo funcionamos y el modo en que nos creemos las historias que nos cuentan. El pasado se nos ha vuelto versátil. Según quién escriba y para quién, la historia es una y a la vez su contraria. Piensen, si no, en nuestra Guerra Civil. Es lo que se denomina, en la novela de Orwell, la mutabilidad del pasado. No solo se manipula; también se corrige. 

En estos mismos días, a propósito de la muerte de Xabier Arzalluz, hemos podido oír a políticos del PNV afirmar sin pudor alguno que su llorado líder se oponía enérgicamente a la violencia de ETA. Figúrense. Xabier Arzalluz. El del árbol y las nueces, ¿recuerdan? Ahora va a resultar que fue un valiente luchador contra la violencia de ETA. Cualquier día nos dicen lo mismo de Otegi. Y seguro que habrá quien se lo crea. 

“Quien controla el pasado controla el futuro. Quien controla el presente controla el pasado”, decía una de las consignas del partido totalitario que rige los destinos de la gente en el mundo imaginario de 1984.

¿Existe ahora algo parecido al Newspeak imaginado por Orwell, una nuevalengua o un modo de decir exclusivo que reduzca el léxico y la sintaxis para reducir de paso la riqueza de las ideas? No me voy a extender sobre este particular asunto. Prefiero dejarlo a la reflexión de los lectores. ¿Pero de verdad no saben de qué les estoy hablando? ¿No? ¿Así, así?  No me lo creo. Mírenme a los ojos y díganme que en realidad no saben de lo que les estoy hablando. Lo fascinante del caso de la nuevalengua, en 1984 y en el mundo de hoy, es que en realidad nadie la habla. Nadie la utiliza. O nadie la utiliza todo el tiempo. Ni ellos ni ellas. Es imposible. Pero, aun así, sobrevuela sobre nuestras cabezas. Es una presencia permanente que regula nuestro comportamiento pretendiendo aplicar, de paso, una constante corrección de lo dicho o lo pensado. En realidad, se trata de una simple estrategia de poder destinada a dirigir nuestro pensamiento hacia una determinada dirección. 

Existe un método infalible para advertir la farsa que se oculta detrás de cualquier intento de imponer una nuevalengua, y es este: localicen a cualquier defensor o defensora de nuevalengua y luego síganle la pista en las redes sociales; comprobarán que, detrás de la apasionada defensa, no hay una aplicación práctica y decidida de lo dicho. Es imposible. Ni sus más conspicuos valedores la practican. 

Relacionado con el Newspeak se encuentra el concepto del doblepensar o doblepiensa; en mi opinión, uno de los mayores hallazgos de Orwell. Se trata de una especie de disciplina mental consistente en crear dos verdades contradictorias a un mismo tiempo. Es también, incluso en nuestros días, una manera sutil de asegurarse la absoluta subordinación de las creencias individuales a los intereses de un colectivo. 

“Saber y no saber”, nos dice Orwell en un rapto de absoluta perspicacia en un momento de su libro, “tener plena conciencia de algo que sabes que es verdad y al mismo tiempo contar mentiras cuidadosamente elaboradas, mantener a la vez dos opiniones sabiendo que son contradictorias y creer en ambas, utilizar la lógica en contra de la lógica, repudiar la moralidad en nombre de la moralidad misma, creer que la democracia era imposible y que el Partido era el garante de la democracia, olvidar lo que hacía falta olvidar y luego recordarlo cuando hacía falta, para luego olvidarlo otra vez”.

Si después de esta larga cita aún no están convencidos de la plena vigencia del doblepensar, cavilen sobre los sofisticadísimos discursos de nuestra vaporosa clase política. O mejor; entresaquemos algunos ejemplos de nuestro tiempo: apelar a la igualdad, verbigracia, para crear nuevas desigualdades sociales; reivindicar la diversidad, pongamos por caso, y promover a la vez el pensamiento único, la uniformidad de criterios; apelar a la tolerancia para ejercer una tolerancia cero; defender a bombo y platillo la libertad de expresión y, a la vez, ejercer la “pedagogía del odio” hacia todo el que se atreva a disentir, por pequeño que sea el porcentaje de desacuerdo; cualquiera diría que si no hay una aceptación del 100% de los lotes ideológicos, a derecha e izquierda del plano político, te conviertes en enemigo acérrimo de los postulados que pretenden defender. 

Y todo el párrafo anterior nos conduce de manera inevitable a la pedagogía del odio, al crimental y a la policía del pensamiento.

A diferencia de lo que ocurría en la novela de George Orwell, ahora a nadie se le mete en una sala para practicar los “Dos Minutos de Odio” contra el enemigo público número uno, llamado Goldstein. Ahora no existe un único responsable de todos los males de la sociedad, pero cualquiera puede llegar a convertirse, cualquier día o el día menos pensado, al menos durante unas horas, en el enemigo público número uno que reciba la reprimenda de los rebaños ideologizados que responden, con ira, a la convocatoria de odio con que castigan los líderes de opinión y buena parte de esos profesionales de la mentira a los que denominamos “políticos”.

Si les parece una exageración, observen bien el panorama y luego ábranse una cuenta de Twitter y lean. Comprobarán todo el odio y toda la inquina que pueden caber en 140 caracteres. 

“Lo más horrible de los Dos Minutos de Odio”, nos dice el narrador de la novela de Orwell, “no era que la participación fuese obligatoria, sino que era imposible no participar. Al cabo de treinta segundos, se hacía innecesario fingir. Un espantoso éxtasis de temor y afán de venganza, unos deseos de asesinar, torturar y aplastar caras con un mazo parecían recorrer a todo el mundo como una corriente eléctrica, y lo convertían a uno, incluso en contra de su voluntad, en un loco furioso”.

Sin necesidad de llegar a esos extremos de delirio, quienes participan en los linchamientos digitales tan de moda en nuestra época, quizá debieran plantearse qué clase de reivindicación los anima a ello y qué pretenden conseguir de ese modo.

Al igual que en el mundo imaginado por Orwell, quienes así actúan, tal vez no adviertan el factor de manipulación libremente aceptada que hay en dichos comportamientos. Sin darse cuenta, a modo de rebaño, se han dejado conducir por la policía del pensamiento en contra de la persona que no acepta los postulados del líder de turno. O, simplemente, contra aquel que tuvo la osadía de cometer crimental, por seguir con la terminología orwelliana.

Pero, ¿qué es el crimental en nuestra época? Respuesta: lo que fue siempre. El delito esencial que incluye todos los demás delitos; el libre razonar; el abandono de cualquiera de las perniciosas ideologías identitarias; la caída en picado en la heterodoxia; el alejamiento de la norma que se pretenda imponer en cada momento; el pensamiento que se aparta del camino de baldosas amarillas, querida Dorothy, que trazan para nosotros aquellos a los que vamos permitiendo que se conviertan en peligrosos líderes, en lugar de exigirles que sean, únicamente, lo que deberían ser dentro de un estado de derecho: quienes gestionen, de manera temporal y bajo auditoría permanente, las limitadas parcelas de poder público. 

En una única cuestión de peso, y con esto termino por hoy, considero que erró el tiro Orwell en el diagnóstico que nos legó con su novela. Horrorizado por las ideas totalitarias, de derechas y de izquierdas, que sufrió en su tiempo, Orwell temía que, al final, acabaran imponiéndose dichas ideas, por medio del terror, al deseo del ser humano por ser libre, de ahí que 1984 pueda ser considerado un alegato contra cualquier forma de tiranía. 

En cambio, y paradójicamente, después de haber disfrutado, durante varias décadas, de unas cotas de libertad nunca antes alcanzadas, de nuevo estamos asistiendo, en nuestros días, ante el avance de los totalitarismos que creíamos haber dejado atrás, a la entrega paulatina, pero voluntariamente aceptada, de buena parte de esas libertades.

En la voluntariedad con que se está realizando la entrega es donde radica la paradoja. Pero de todo ello hablaremos la semana que viene, al hilo de Un mundo feliz, de Aldous Huxley, en la tercera y última entrega de esta serie dedicada a la realidad distópica.

(Continuará).

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