Opinión

Belén en un portal

El arte no está para gustar sino para representar. Desde siempre ha servido para representar. Unas veces ha gustado y otras no, pero no parece ser su función la de gustar. Pongamos a un Cristo crucificado. No creo que guste, más bien representa algo y produce determinadas emociones. El arte sacro está para acompañar a la liturgia y a la fe. Los pesebres serían arte religioso e igualmente están para representar un episodio de la vida de Jesús de Galilea. Para gustar, o no, estarían las artes decorativas, pensadas para embellecer objetos o lugares. Naturalmente se puede resignificar una obra de arte en arte decorativa, y al contrario.

Significa todo esto que los belenes representan algo, y lo representan según un concreto concepto: el concepto de la Sagrada Familia tal y como lo define la Iglesia de Roma u otras iglesias cristianas. Fuera del cristianismo, excepto que las personas que se acerquen a un belén tengan información previa, no van a comprender demasiadas cosas. Les faltan el contexto y la explicación. El Portal de Belén, cualquiera que sea su estética es, por tanto, una obra de arte conceptual. No se tome obra de arte como un sinónimo de calidad artística. No tiene por qué serlo.

Cada año, como es tradicional, se inaugura el pesebre de la Plaça Sant Jaume con una polémica que ya forma parte de la tradición navideña. Se discute sobre la pureza de la tradición estética y moral del pesebre. En 2005 se eliminó al caganer por considerarlo una figura simbólicamente incívica. Luego el alcalde Trias recuperó, en 2012, a un caganer domesticado y un pesebre que no sabemos si era romántico o sentimental.

Existe un Institut de Cultura de Barcelona que es quien ha licitado el contrato y ha diligenciado el presupuesto, cercano a los cien mil euros. Según me dicen desde la Asociación de Pesebristas de Barcelona, se convoca a varios artistas de diferentes disciplinas y el Institut de Cultura decide cuál de los proyectos presentados será puesto en la plaza. No es Ada Colau sino muchos alcaldes antes que ella quienes han decidido invertir tiempo, dinero y esfuerzo en ofrecer una innovación artística de la mano del Portal de Belén. Se suele olvidar, por cierto, que el mismo Institut de Cultura ofrece un pesebre clásico en el Museo Frederic Marès, y que la web de este Instituto publica un programa completo de todas las actividades pesebrísticas de Barcelona.

Parece perfectamente legítimo, además, que el gobierno municipal así como toma muchas otras decisiones con las que influye políticamente en la vida de la ciudad, para eso le ha votado la ciudadanía, pueda también poner en marcha las decisiones relativas al pesebre; en el bien entendido que delega en el Instituto de Cultura. Nadie parece escandalizarse si al Ayuntamiento de Madrid se le ocurre ponerle una bandera española, representación del Estado, a su belén.

Pilar Rahola tuvo que terciar en la polémica de este año. Exdiputada y exmilitante de Esquerra Republicana de Catalunya, además de atea o agnóstica, según he leído, apelaba el viernes a una suerte de nacionalcatolicismo catalán existente y merecedor de ser defendido junto a la tradición. Ciudadanos exigía, desde su liberalismo conocido, una Belén como dios manda, y ahora se comprende mejor por qué estos que dicen que son liberales defienden los vientres de alquiler al tiempo que la tradición del pesebre. Hay un concepto común: la Sagrada Familia, siempre representada por un José viejo, barbudo, cansado y feo, un niño recién nacido, y una joven hermosa y obediente, virgen todavía a pesar de haber dado a luz a un lindo bebé. ¡Hay que leer al Padre Astete! Las razones de esa representación simbólica son obvias: se trataba y se trata de dejar claro que entre José y María nunca hubo nada de nada excepto la carpintería.

Este concepto de familia y de mujer entronca directamente con la simbología de la María concebida, pasiva: “María fue, sin pecado, concebida”. Ella no hizo nada, recibió algo, le pusieron ahí algo. Su aspecto de obediencia hace el resto. Una María vasija que entroncaría con la idea aristotélica de la mujer: pasiva y recibidora, según explica la filósofa suiza Catherine Newmark. Pilar Rahola se atribuye ser feminista y defiende, al defender el Belén tradicional, un concepto muy concreto de familia y de mujer: patriarcal.

Plaça Sant Jaume

Barcelona, y tantas otras ciudades, también Jerez, está llena de belenes, portales o pesebres. Cada uno hace el que le parece bien. Solo veo un problema cuando se usan los símbolos del Estado para identificar con ellos una determinada religión.

El Estado ha empleado siempre numerosos medios económicos y políticos para fomentar la cultura en todas sus formas. Con la diferencia conocida: unos gobiernos han fomentado el progreso que avanza hacia lo nuevo y otros han fomentado la permanencia y el atraso en la tradición. Lo decía Bernard Shaw: “La tradición es una linterna: el tonto se aferra a ella, el inteligente ilumina con ella el camino”.

No parece disparatado que la ciudad de Barcelona haga uso de sus medios para permitir que sus ciudadanos experimenten una comprensión más allá de lo cotidiano con las artes. El arte conceptual, cuyo precursor parecería Marcel Duchamp, y que todos damos como sentado que es cosa de los años 60, tuvo a sus verdaderos precursores en las religiones. Varios políticos y algún obispo sonríen con displicencia sobre la incapacidad de løs barceloneses para entender lo que se expone en la plaza que hay entre el Ayuntamiento y la Generalitat. Me pregunto de qué se sonríen si, según ellos mismos, todo el mundo parece que haya comprendido el concepto del Belén. Digo parece porque no se escucha demasiada reflexión sobre todo este asunto. Hasta hace muy poco reinaba la confusión sobre cuál de las virginidades recuerda el día 8 de diciembre, si la de María o la de sus padres.

Todas las tradiciones han venido sufriendo cambios, actualizaciones, modernizaciones, resignificaciones. Empecemos por la aparición en el siglo XVII de una figura que no disgusta excesivamente al obispado y que bajo la alcaldía del PSC se eliminó, el caganer, cuando los pesebres existen desde el XIV al menos.

El pesebre de Sant Jaume tiene todos los elementos de la navidad, manga por hombro, en contraste, en diálogo, en espera. También Els Pastorets, obra teatral profundamente tradicional. Paula Bosch nos invita a repensar qué queremos hacer con todos ellos, dónde los deseamos situar en nuestras casas y en nuestras vidas. Todos esos estantes y cajones abren una conversación con nosotros mismos y en la sociedad. Ahí están todos los materiales de la tradición. Ordénalos como quieras, pon o quita, déjalo en la caja o sácalo y llévalo al centro de tu salón. La propuesta de Paula Bosch despierta interés. La polémica facilita un espacio de discusión y libertad.

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