Opinión

‘Bartitis’

La política nos invade como planta trepadora híper estimulada. Abro el periódico, y allí están los del abrazo de oso amoroso (alguno con más cara de satisfacción que otro). Pongo la radio, y las tertulias se desbordan de pánico o alborozo, según el dial, dándole que te pego con las especulaciones de un color u otro. Saco a la perra, y los del club social y canino del parque (no es oficial pero allí se ejerce), también elucubran con lo que se nos viene encima, para bien o para mal.  

Todo me induce a escribir de política, a dar mi visión de lo sucedido y a esbozar un cuadro de futuro próximo con el pincel de la opinión. Con el ánimo de centrar las ideas, decido irme a tomar un café y darle vueltas al asuntillo. Tengo media hora, así que también va a caer la tostá con aceite y pavo. Integral, por supuesto, que así me autoconvenzo de que como sano, aunque luego le ponga sacarina venenosa al café con leche.

Me voy a El Cano, un bar de barrio muy cerquita de mi trabajo, en el que cada mañana se junta en torno a un mostrador metálico, de los clásicos, un buen número de personas de distinta índole y procedencia. 

En El Cano el café es fuerte y oloroso pero matizado, agradable al paladar, con un regusto a frutos secos que lo hace más rico aún si cabe. Doy los buenos días y ya va marchando lo mío, las cosas de ser una asidua a un bar muy familiar, donde sigue estando al pie del cañón el que lo puso en pie, a pesar de que tiene ya unos años, acompañado por sus hijos, criados detrás de la barra, que hacen gala de una agilidad asombrosa. Pim, pam, pum, el café puesto. ¿Vas a comer? Marchando la tostá de Marga.

Cojo el periódico con ganas de leerlo con más atención, y eso incluye la lectura del editorial y las columnas. Más monotema. Me estoy saturando. Cada vez tengo menos entusiasmo por analizar y divagar sobre el asunto, porque las opiniones nos sobrevuelan como estrellas fugaces en pleno mes de perseidas. 

Y pienso, entonces, que de lo que tengo realmente ganas es que este país empiece a marchar de una vez por todas para enfrentar la crisis, dejando de lado el maquiavelismo que nos ha tenido entretenidos muchos meses atrás y que bien nos puede generar complejo de títeres.

Porque lo que está claro es que la estrategia llevada a cabo por Sánchez  no nos ha dejado en esta ocasión en el punto cero de abril. Ahora hay un jugador menos en el centro del tablero político, importante, y se ha desbocado el caballo o lanzado el alfil arramplando por la derecha. Para algo, o más bien dicho para alguien, ha servido volver a llevar a los españoles a las urnas, a pesar del millonario coste económico y la pérdida de votos de los dos partidos que ayer fumaron la pipa de la paz. Todo indica que el panorama es más favorecedor para quienes se crecen en la polarización. 

Así que levanto la cara del diario y miro a mi alrededor, dudando qué hacer. Y decido observar este lugar de encuentro, muy popular también en la zona a la hora de la cervecita y el aperitivo, en el que no falta el pisto con huevo y las albóndigas con tomate (ya he apuntado que es de corte costumbrista). 

Y veo cómo interaccionan en el grupo de funcionarios de la Consejería, que se hacen dueños del lugar porque su mesa es la más grande, cómo en el fondo se sienta una madre con su hija y le unta la mantequilla (las cosas de las madres), y cuán concentrado está el cartero que, en su ratito de descanso, hace un sudoku mientras se toma un zumo recién exprimido.

En la barra se colocan, a cierta distancia casi medida, como si existieran líneas divisorias, los solitarios. Éstos son variopintos: el señor mayor jubilado al que le gusta la charla con el dueño (que entra y sale del mostrador), el hipster que da bocados al mollete con el iPhone en la mano, el albañil que está haciendo un chapú en la casa de al lado y el senegalés que cuida del anciano del piso de arriba. Tampoco falta, bien acodado, el de la copita de cognac o, en su defecto, de anís.

Hoy los temas, además del idilio de Pedro y Pablo, se reparten en críticas al capullo del jefe, el viaje de fin de semana al pueblo, lo puñetera que es la suegra, dónde se va a hacer la comida de Navidad, el niño que está malo, el equipo de fútbol del uno y de la otra, el culebrón catalán (bajando en el ránking) y, de vez en cuando, algún suceso hace volver las caras hacia el pantallón que domina la sala: la aparición de un cadáver, una manifestación violenta o una declaración esperada o subida de tono, éstas son las que hacen enmudecer al auditorio por instantes. Después, dependiendo de lo asombroso o escabroso del asunto, el cotorreo vuelve a predominar en el bar.

Se acaba el café y la media hora. Así que nos despedimos hasta mañana, que será otro día. Y mientras, intentaremos llegar a fin de mes, pagar las facturas, ahorrar encima para los Reyes (que ya va quedando poco) y, si se da el caso, echar buenos ratos entre compañeros, amigos y conocidos, con café de por medio o copitas de palo cortao. Bares qué lugares, tan gratos para conversar.

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