Opinión

Baja definición

Por regla general, si no hay nada que nos amenace, nada que nos oprima, nuestra sensación de identificación con unas posturas u otras disminuye. 

Sólo nos definimos en oposición a algo. Las definiciones no reposan sobre el vacío, sino que requieren de un contrario para existir. Uno se puede sentir, por ejemplo, poco racionalista o empirista en su día a día, e incluso definirse en contra porque una mayoría lo hace a favor, pero ante una muestra de brutal irracionalidad o de pura “superstición” es susceptible de responder como el más rancio de los ilustrados. Un español puede odiar con todo su corazón a España, hasta que se muda a Alemania… ¿Entonces en qué quedamos, somos racionalistas o no lo somos? ¿Español o antiespañol? Como siempre, depende de quién tengamos delante.

Por regla general, si no hay nada que nos amenace, nada que nos oprima, nuestra sensación de identificación con unas posturas u otras disminuye. Cuando estamos tranquilos, en paz, pensando en cualquier otra cosa, ni se nos ocurre traerlas a la superficie de la mente. Percatarse de esto resulta muy problemático para nuestra presunta integridad. ¿Se puede ser un comunista o un liberal las veinticuatro horas del día sin vivir bajo una tensión permanente? ¿Y qué pasa si hay cosas en los dos bloques –que se dicen mutuamente excluyentes– con las que nos identificamos en determinados momentos?

Hoy se habla mucho de multiculturalismo, de “identidades múltiples”. El riesgo de la contradicción inherente a mezclar identidades se relaja mediante la imagen de las culturas como unidades perfectamente definidas que se apilan las unas sobre las otras. Que, en cierto sentido, se acumulan o coleccionan a voluntad. Así, uno pertenecería a dos o tres “culturas”, como si éstas no se cruzaran, sino que reposaran cada una sobre la anterior, sin tocarse, sin contaminarse. No creo que haga falta ahondar en la ingenuidad de tal enfoque. Aunque a nuestra insaciable sed de identidades le convenga la multiplicación de lo multi-cultural, sería más correcto decir que somos inter-culturales, es decir, que nos situamos siempre entre culturas, entre posturas, cosmovisiones, ideologías o tradiciones, que sólo existen como unidades autosubsistentes en nuestra imaginación. Nuestra identidad es una amalgama de sus retazos, como ese erizo de mar que se cubre de fragmentos de todo aquello que le rodea: algas, conchas, roquitas… Esas “culturas”, esas identidades entre las que nos situamos, las vamos concretando, o permitiendo emerger con mayor definición, en función de las circunstancias y los entornos, pero no dejan de ser también una forma de camuflaje.

Decíamos que uno tiende a definirse en oposición a otra cosa. Sus éxtasis e idilios ideológicos seguramente se corresponden con los triunfos de la posición “contraria”: es entonces, cuando ésta se cierne sobre sus seres –o enseres– queridos, cuando le ofende por la calle o se le cuela en la sopa, es entonces, digo, cuando uno se reafirma emocionalmente en la que cree que es la suya. Pero ¿qué sucedería si fuera incapaz de sentirse molesto, atenazado, atemorizado por los demás?

Quizá entonces se daría cuenta de que, en realidad, está en medio de ninguna parte, persiguiendo ese horizonte lejano donde ubica su identidad, y que decir que se encuentra entre dos o más lugares es como decir que se encuentra entre la nada y la nada. Pues los “lugares” sólo empiezan y acaban en los mapas que, no sin cierta alevosía, fabricamos sobre ellos.

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