Narrando en corto

Avances

Son las seis de la mañana, no necesito mirar el reloj. Estoy despierta, lo sé porque recuerdo que mi hermana está muerta. Cada día el mismo estupor, el mismo hielo corriendo por mi sangre. Hace veinte años que está muerta mi madre y vuelvo a ser huérfana. Me duelen las veces que no la llamé porque estaba cansada. Las oportunidades que desaproveché de estar con ella, vienen a mi mente como un viento interior, seco y árido. No me quedan más lágrimas. Debería levantarme, esto no es sano, pero espero al despertador hasta las siete.

¿Cuánto tiempo se debería aguardar antes de acudir al trabajo para sanar del duelo? No lo sé, nunca habrá una sociedad tan humana como para contemplarlo. La persona que tengo enfrente preguntándome por un formulario no sabe que estoy pensando. No puede saberlo, no debe saberlo. No sabe si me come la pena o tengo una fantasía sexual con el señor que lleva esperando tres cuartos de hora a un compañero. Tampoco le importa, ya tiene bastante con que el papeleo la ponga nerviosa, con repasar los certificados una y otra vez y preguntar por enésima vez si está todo bien y no le falta nada.

El café, por fin el café, no podía esperar más. Después del tercer sorbo me desaparece el dolor de garganta, no sabía que lo tenía. El invierno es más largo este año. Llueve en abril y me alegro, porque da la razón a los libros de texto. En Andalucía llueve en primavera y en otoño, leíamos a coro en el colegio. Había seguridad en la verdad que se escribía en los exámenes. Quiero que me quede algo de aquello y que el tiempo deje de obcecarse.

Sigo comprando naranjas, sé que son de conservación pero continúan apeteciéndome. Las compro en la tienda de la esquina, debajo de su toldo pueden verse las cajas de naranjas durante todo el año, son sus señas de identidad. Conchita sabe que no me apetece hacer cola y se ofrece para llevarme el pedido a casa. La miro con gratitud y me despido.

Me he propuesto eludir los ascensores. Subir un piso en ascensor consume la misma energía que una bombilla de sesenta vatios encendida durante una hora. Pienso en esa bombilla que no ilumina a nadie, pero quien me engancha a este ejercicio es Gary Grant. Se cuenta que siempre subía las escaleras y mantuvo el tipo con la edad. ¿Me convence más conservar la figura que el ahorro energético? El glamour de Hollywood, es el glamour con mayúsculas me digo mientras paso por el descansillo del segundo B. El del perro que llora porque está solo. Sus amos se han divorciado y sólo uno de ellos aparece a darle de comer de vez en cuando. No entienden que es un miembro más de esa familia rota y que debe permanecer con alguna de las partes. Es muy triste que no le encuentren hueco en sus nuevos hogares. Ya actuara la comunidad por las malas, el pobre animal lo agradecerá.

Me preparo unas alcachofas, elijo algo ligero porque no tengo hambre. Como mientras miro la tele. Me resulta extraño, nunca la encendemos durante la comida. La he puesto porque me adormece, con el tono tan bajo que sólo miro las figuras.

Me asusta el sonido del móvil a las cinco y media. Mi amiga Pilar me envía un artículo sobre medicina china. Le pongo interés porque sé que me lo habrá enviado por algo. Leo que de noche se limpia y repara el cuerpo, y que si te despiertas a una hora en concreto está en relación con algún órgano que está congestionado. Las seis de la mañana es el intestino grueso. Soy de colon irritable así que lo mismo tiene razón. Pero que el bloqueo también puede ser debido a que haya algo o alguien a quien no dejemos ir. “Qué sabios los chinos”, digo en voz alta y me río al escucharme a mí misma.

Dejarla ir no me parece una opción. Comprendo a mi cuerpo por no resignarse a perderla. Dejo de reprocharle que me despierte y me deje una hora de vacío para reencontrarme con mi pena. Entiendo que eche de menos a esos miembros amputados, esas partes de mí que sólo eran con ella.

Como he visto llover sólo en invierno, sé que mi reloj volverá a despertarme. La vida tiene sus avances.

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