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Arenal, quién te ha visto y quién te ve

Se cumplen diez años de la última gran remodelación de la plaza del Arenal debido a la construcción del aparcamiento subterráneo, que trajo consigo menos jardines y un empedrado más austero.

Se cumplen diez años de la última gran remodelación de la plaza del Arenal debido a la construcción del aparcamiento subterráneo.

7 de abril de 2006, Viernes de Dolores. El por entonces polémico primer teniente de alcalde y coordinador de política territorial, Pedro Pacheco, saluda cordialmente desde la calle San Agustín al primer conductor que hace uso del aparcamiento de la plaza del Arenal. Habían pasado casi dos años desde que comenzaran las obras del subterráneo en la principal plaza de Jerez, unos trabajos que trajeron cola por las molestias que habían supuesto para comerciantes, hosteleros y vecinos en general, y porque además suponía cambiar parcialmente su fisonomía y hacerla totalmente peatonal. Diez años después, cualquier tiempo pasado parece que fue mejor en este enclave.

Es mediodía de una jornada cualquiera entre semana. El precioso reloj de Losada sigue sin marcar las horas. En su punta todavía se ven papelillos azules, ya deshilachados, de una nochevieja de hace dos años que aún nadie se ha atrevido a retirar. El sol pega fuerte en los albores del verano, pero desgraciadamente la fuente que rodea el monumento del general Primo de Rivera hace más de un año que no refresca porque sigue estropeada, dejando a la vista una maraña de tubos. Una señora mayor, con las bolsas de la compra, quizás procedente de la cercana plaza de abastos, tropieza con un pequeño bache al desprenderse, ni se sabe cuándo, parte del empedrado. Una pareja de turistas es asaltada por una joven que les da una propaganda de un bar que recomienda y que tiene flamenco en directo, pero se acaban perdiendo entre un mar de carteles de menús de bares más propios del paseo marítimo de Torrevieja que del salón noble de Jerez. El camarero de un bar conmina a otro a que eche a un lado sus veladores porque según él le está invadiendo su espacio. Un artista callejero, de dudoso gusto musical, recita su coplilla a una horda de guiris que toma cerveza en una terraza, mientras un turista busca captar con su cámara la instantánea de una paloma sobre la cabeza del general, intentando evitar la imagen de las pancartas que critican a la alcaldesa desde los balcones del edificio de los sindicatos. Al final, casi mejor que tampoco hubiera echado la foto, vista la cantidad de heces de palomas que cubren la estatua.
Hace tiempo que la plaza del Arenal se vulgarizó en el plano estético. De un lado, porque su remodelación no le devolvió la misma imagen que presentaba. Sus por entonces jardines, un vergel que inundaba prácticamente todo el entorno, desaparecieron. En lugar de eso, una solería de color gris, llena por cierto de cera seca desde la última Semana Santa, invade gran parte de la plaza, mientras que de manera casi testimonial sólo hay plantas en los alrededores de la fuente. El empedrado, que se volvió a reponer, tampoco luce como antes. Se notan reposiciones hechas de mala manera, sin el mismo número de guijarros y en el que se divisa más el cemento que otra cosa. De otro lado llama la atención las excesivas confianzas que ciertos hosteleros se han tomado a la hora de invadirlo todo de carteles y veladores, amparados, eso sí, en la desidia del Ayuntamiento a la hora de cumplir con la normativa.

“La verdad es que parece una jungla”, reconoce la presidenta de la Asociación de Comerciantes de Jerez (Acoje), Nela García, que señala que para ella esta situación le supone “un dolor de cabeza”. Desde el colectivo que representa se hace todo lo posible por hacer más atractivo el centro para jerezanos y foráneos, pero esta estampa de sillas, mesas, carteles y camareros a la caza del turista no es la mejor imagen. “Desde Acoje se traslada la normativa y la ordenanza a todos los bares, pero parece que la ordenanza de publicidad está guardada en un cajón, lo mismo que la de veladores. Falta valentía de poner en marcha el criterio que ya se ha consensuado”, señala García.

Paco Camas, delegado de Urbanismo, no oculta esta situación. “No es de recibo que tengamos en el centro una hostelería excelente y otra, digamos, menos excelente. Evidentemente algo hay que hacer ahí porque no se corresponde con el nivel de calidad que esta ciudad oferta a tan solo 50 metros. En feria tuve una comida con los hosteleros de Horeca y son conscientes de que hay que elevar el nivel de formación, de concienciación y de participación”. En este sentido, piensa que ciertos bares del Arenal tienen “una forma antigua de entender el negocio que no se corresponde con la realidad”. “Cualquiera que tenga inquietud, capacidad de riesgo y el reto de emprender puede montar un negocio, pero en la hostelería se da la circunstancia de que la regla número uno es que el negocio es tú cliente, tan fácil como eso. Si no hay cliente no hay negocio y el cliente tiene que estar satisfecho y recibir un buen servicio. Por eso a veces no se entiende cómo hay propietarios que no atienden al cliente como es debido, sino como si fuera un extraterrestre que pasa por ahí para dejarle el dinero en la caja”.

De otro lado, Camas también hace referencia a la gran cantidad de actividades y de exposiciones que tienen lugar en el Arenal durante todo el año, por lo que entiende que hay cierta “obcecación” por parte de los diferentes organizadores. “Hay que entender que nos cargamos el pavimento e impedimos el normal tránsito de los ciudadanos, cuando tenemos una plaza maravillosa a cien metros como es la Alameda Vieja”.

Ni la primera remodelación, ¿ni la última?


La de 2006 es la última remodelación que ha sufrido la plaza del Arenal en su centenaria historia. Prácticamente se puede decir que ha sufrido tantos cambios como nombres ha tenido. El más antiguo fue el de plaza Real, a cuenta de la cercana puerta a la ciudad amurallada que se encontraba en lo que hoy sería el acceso a la calle Consistorio. Según explicaba Juan de la Plata en su libro Historia, recuerdos y evocaciones de la plaza mayor de Jerez, dichas murallas fueron derribadas entre 1808 y 1821, dejando paso a nuevas construcciones y originando el primer gran cambio de imagen de la plaza. Luego se la conocería con el nombre de Torrecilla, por una que hubo junto al edificio de los arcos; ya en el siglo XIX sería primero plaza de Fernando VII y luego de Isabel II en honor a estos dos reyes, y también de la Constitución, por la de 1812. De Alfonso XII, de la República y de los Reyes Católicos serían sus últimos nombres antes de denominarse del Arenal, que a la postre fue el primitivo uso de la plaza, un arenal donde se realizaban desde combates a juegos de cañas y lanzas pasando por corridas de toros desde el siglo XV.

Las diferentes edificaciones que han rodeado la plaza también le han dado diferentes aspectos según se iban derribando y construyendo otras nuevas. El lugar que hoy ocupa el enorme y más que feo edificio de los sindicatos albergó otro en cuyos bajos había una conocida taberna denominada La Goleta. Cuando pasó a mejor vida, y antes de edificarse el actual edificio, en el solar que quedó se montaba un cine de verano y en invierno, teatros y circos ambulantes.

A finales de los años 50 llegaría el siguiente gran derribo, el del edificio de la Caja de Ahorros, ahora La Caixa, donde estuvo ubicado el Gran Hotel Victoria y la tienda Los Soportales. Luego la piqueta actuaría en una casa que hoy ocupa el Banco Santander, donde antiguamente se ubicó un conocido bar denominado El Bombo, y posteriormente en la del final de la calle Lancería que ahora ocupa seguros Ocaso.

La plaza del Arenal también la conforman sus historias y curiosidades, como por ejemplo el hecho de que sus cuatro aceras tuvieran nombre. Así, la que da a Lancería era la de Los Portales de Pavones; la opuesta a ésta, de la Cuna; la lateral derecha, del Cuartel y Alhóndigas; y la izquierda, de la Roldana. Pocos saben también que en el siglo XIX se llegó a proyectar un gran teatro en el lugar que ocupa el edificio de los arcos, para sustituir al que por entonces había en la calle Mesones; o que la plaza fue hogar de destacadas familias de la nobleza jerezana, muchas de las cuales compraban en La Aduana, un almacén de coloniales con los mejores productos venidos de las colonias españolas, o paraban en el Café del Conde, en la esquina con la calle San Miguel, un café cantante muy refinado, propiedad del conde de Villacreces, por el que pasaban artistas flamencos de la época y también cantantes de ópera y zarzuela.

No sería hasta el 29 de septiembre de 1929 cuando la plaza en sí adquiría, a grandes rasgos, su actual apariencia, con la instalación del monumento al general Primo de Rivera. “Más que para honrar a su hijo, Jerez levanta este monumento para honrarse a sí mismo”, decía el por entonces alcalde Enrique Rivero y Pastor durante la inauguración de la estatua ecuestre, proyectada seis años antes. Si bien aquella fue una jornada histórica, otras dos celebradas en el Arenal la superarían por el interés despertado entre la población. La primera, el 8 de febrero de 1784. Más de cuarenta mil personas, según las crónicas de la época, celebraban, de un lado, el nacimiento de los gemelos de la princesa María Luisa de Borbón y, de otro, los ajustes de paz con Gran Bretaña. Más expectación incluso crearía, ochenta y cinco años después, un 16 de julio de 1869, la traída del agua a Jerez procedente del manantial de Tempul. El agua llegaba por fin a la ciudad y a la plaza, algo que celebró prácticamente todo Jerez. 147 años después y en pleno siglo XXI, la fuente luce vergonzosamente seca y sin noticias de que vaya a ser arreglada próximamente. Arenal, quién te ha visto y quién te ve. 

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