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‘Aparcacoches’ del entorno del Hospital: “Nos buscamos la vida”

La zona es una de las pocas de Jerez donde hay 'gorrillas', que incomodan a algunos vecinos, pero que reivindican su derecho a ganarse unos euros: "Está la vida muy mala".

La zona es una de las pocas de Jerez donde hay ‘gorrillas’, que incomodan a algunos vecinos, pero que reivindican su derecho a ganarse unos euros: “Está la vida muy mala”.

El mercurio sobrepasa holgadamente los 30 grados cuando, en plena ola de calor, un hombre menudo, de aspecto descuidado, mueve sin parar los brazos señalando un hueco libre donde poder aparcar un vehículo. Está en las inmediaciones del Hospital de Jerez, una de las pocas zonas de la ciudad en las que hay aparcacoches, también conocidos como gorrillas, que pasan ahí toda la mañana, haga frío o calor, por unos cuantos euros. “Está la vida muy mala”, dice uno de ellos, que no quiere dar su nombre. Tiene 53 años y es seropositivo, es decir, padece de VIH, por lo que le resulta casi imposible encontrar trabajo y que lo contraten en alguna empresa. “Así no paso el reconocimiento médico”, señala. Lleva en paro “mucho tiempo”. Tanto que ni se acuerda. Casi 15 años sin un empleo medianamente regular. La última vez fue de ferralla, pero de eso ha pasado ya mucho tiempo. “No puedo trabajar, reconozco que físicamente echo para atrás, pero hay que conocer a las personas”, dice. No tiene subsidio alguna y cobra algún cheque de comida “de forma esporádica”. Por eso, dice, pasa las mañanas y las tardes frente al Hospital, ejerciendo de aparcacoches para sacarse unos euros para él y su familia, su mujer y sus dos hijas. Unos 15 euros puede ganar el día que tiene más suerte, calcula.

El aparcacoches anónimo va contando su historia mientras interrumpe constantemente la conversación porque ve venir algún coche de lejos. Pocos son los que se paran, y menos aún los que le dan alguna moneda. “Pido la voluntad, mira lo que me ha dado éste”, señala, enseñando la palma de su mano, en la que tiene 35 céntimos. Este malagueño, que lleva 40 años en la ciudad, también vende algunas antiguallas los domingos en la Alameda Vieja. Entre eso y la ayuda de sus suegros se las apaña, como puede, para llegar a fin de mes. “En mi casa llevamos cuatro días sin bombona”, señala, y cuenta que se toma todos los días seis pastillas, para tratarse la enfermedad que padece. “Estuve en Proyecto Hombre y en Francia, donde me quité a pulso, sin metadona, pero recaí cuando volví a Jerez”, relata.

Ionel Constantin Ion es otro de los gorrillas que “trabaja” en las inmediaciones del Hospital jerezano. De origen rumano, lleva 16 años en España, doce de ellos en Jerez, donde duerme en la calle y se saca unos euros aparcando coches junto al centro hospitalario. “Dos euros llevo hoy en toda la mañana”, dice cuando se le pregunta si ha tenido suerte. “Aparcamos por la voluntad”, señala. Ionel duerme en calle, en un parque cercano, y cada vez que puede trabaja en alguna campaña agrícola. Los vecinos, dice, ya lo conocen y él respeta que aparquen sin pedirles nada a cambio. Pero llega un nuevo coche. “Hola, ¿qué pasa primo?”, le espeta a un joven que aparca en el hueco que le ha señalado. La pareja que se baja del vehículo viene a ver a su hijo, ingresado en el Hospital, y no es la primera vez que ven a Ionel. Un cigarrillo y dos euros, “para compartir con tu amigo”, es el botín que consigue, lo que provoca una sonrisa de felicidad en el aparcacoches. “Nosotros nos buscamos la vida”, apunta.

Pero hay quien no lleva bien convivir con los gorrillas. Un trabajador del Hospital fuma en la puerta principal del centro y no tiene muy buenas palabras para ellos. “Manda narices que tenga que pagar el ORA en otras zonas y aquí esto”. Aunque confiesa que nunca ha tenido problemas con ellos, no le hace mucha gracia abonar un extra por aparcar junto a su centro de trabajo, en una zona que debería ser “libre”. La situación se repite desde hace tiempo y hay quien lo achaca a la construcción del parking privado existente en el interior del Hospital. Algunos empleados lo critican y confiesan que les cuesta trabajo encontrar un lugar para dejar sus vehículos, algo que aprovechan los gorrillas para ocupar las calles que rodean el recinto hospitalario. “A veces se pelean por conseguir mejores zonas”, relatan algunos empleados.

Los vecinos también se quejan y censuran, sobre todo, los actos vandálicos protagonizados por aparcacoches en las últimas semanas, cuando un hombre, de unos 60 años, fue detenido como presunto autor de un robo con violencia e intimidación en un negocio cercano al Hospital. Los otros gorrillas admiten que hay incidentes esporádicamente —el año pasado se quemaron varios coches—, pero niegan que todos sean igual de problemáticos. 

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