Opinión

Ángel de la Guarda, dulce compañía

En esta etapa de mi vida, me quejo sin ningún derecho. Actividades como escribir, que exigen soledad y concentración, son un lujo. Pero lo voy consiguiendo. Aquí estoy, por pura necesidad también, para compartir de forma urgente una reflexión como madre sobre lo que está ocurriendo ahí fuera. La perplejidad y el miedo merman mi capacidad de recuperación, esa que todos tenemos ante la atroz narración de la actualidad en cualquier informativo.

Los niños, siempre los niños. Y me llegan imágenes de muy lejos (quizás no tanto), donde la atrocidad de los cadáveres pequeños envueltos en trapos blancos, y apilados me hacen sentir tremendamente cretina. Sí. Más allá del dolor. Soy una cretina. Una malcriada estúpida que se queja bajo un cielo limpio de aviones de muerte, mientras mis niños duermen y respiran en paz.

Aunque no me confío, y lo que ocurre aquí cerca, y ocurre sin parar, también asusta, aunque no sea tan llamativo como los bombardeos. Es horror también. No quiero amargarles el día. De verdad que no. Pero ahora entiendo a mi madre y su agobio constante. Entiendo cada uno de sus insomnios. Esa mirada de terror cuando a todos nos sacudió la psicosis de lo que ocurrió en Alcasser, y yo debía volver andando del colegio. Y es que tener hijos puede llegar a ser, y me van a perdonar semejante afirmación, una acción temeraria, por elevado que sea nuestro sentido de la responsabilidad y aunque seamos unos cracks de la crianza en valores. Entregamos personas al mundo, sí, desde que los dejamos en la guardería y el colegio. Y en el mundo hay habitantes (otras personas sobre las que no tenemos ningún control) que interactúan bien, por norma general, con “nuestras” personas. Pero no podemos estar seguros de nada al cien por cien, ni al cincuenta por ciento, visto lo visto.

En casa, control parental en los dispositivos electrónicos. Alimentación equilibrada. Tiempo de calidad. Dedicación exclusiva (desde la lactancia). Empatía. Comprensión. Lectura en familia. Brócoli y pescado azul. Acotamos, mientras son pequeños, su realidad mínima. Somos sus ángeles de la guarda. Pero más allá de la burbuja, están los otros, hipersexualizados, hiperconectados y abandonados, niños-llave que siempre están solos, personas sin rumbo ni asidero. Bombas también. Un mundo sórdido del que es imposible abstraerse, y unos años complicados que se han de atravesar, como ese río con cocodrilos que siempre evitaba la tonta de Dora la Exploradora, y que nosotros debemos cruzar de lleno.

“Cocodrilos, y Marta del Castillo. Cocodrilos, y Diana Quer. Cocodrilos, y otro niño que desaparece en Almería”

Cocodrilos, y Marta del Castillo. Cocodrilos, y Diana Quer. Cocodrilos, y otro niño que desaparece en Almería. Bullying. Niños violadores de otros niños. Depredadores. Bombardeos. Es difícil saber cómo debemos sentirnos, ¿verdad? Cómo solucionar lo que no es solucionable. Cómo no estar asustados en un parque, en un centro comercial, donde hay tanta gente y bullicio. Cocodrilos. Bombas. Cocodrilos. Los niños. Siempre los niños. Los jóvenes. Lo más frágil de nosotros.

Se escapa la fe por cada grieta real y virtual, y es entonces cuando pienso en el magistral episodio dirigido por Jodie Foster para la serie Black Mirror, titulado Arkangel. Una madre controla qué ve su hija, cómo siente, con quién se relaciona. Una madre es el ángel de la guarda a través de una aplicación. Controla el mundo a través de sus ojos, y pixela las situaciones que pudieran dañarla. Hasta que la propia hija se revela y arranca las alas de ese ángel que vulnera su intimidad y le impide crecer. Perdón por el “spoiler”, pero es toda una metáfora del tiempo que vivimos, en el que todos los ángeles están dormidos o muertos. El nombre de Dios se desdibuja.

Mientras, seguiré mirándolos mientras duermen y no dan lata, y a lo mejor, en las cuatro esquinitas de sus camas, veré sus días futuros. En susurros, para que los días aquí y allá sean azules, mientras dure el sol de la infancia, repetiré un mantra que, a lo mejor sirve, quién sabe: ángel de la guarda, dulce compañía.

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