Opinión

Andalucía, la gran ausente en la investidura

Una investidura más –y tal vez una legislatura– Andalucía sigue sin contar en los debates del Congreso

Una intervención. Ruido. Aplausos. Réplica. Más aplausos. Contraréplica. Volvemos a empezar. Intervención. Ruido. Se suceden las alusiones a esa nación hermana llamada Cataluña. El terrorismo, siempre presente en una derecha rencorosa, pone el foco en pueblos perdidos de Euskadi. También aparecen las infraestructuras de Extremadura, mención a esa España vacía de aquellos que la ocupan por ‘paracaidistas’ como Maroto.

Desempleo, educación, justicia social. Transición ecológica, sostenibilidad y cambio climático. Todos los desafíos que podamos imaginar. Bueno, todos no. Hay uno, uno al que correspondería mucha más atención si nos atenemos al principio de representación. Uno que merece muchísima más atención de la que, si nos atenemos a las menciones, tiene.

El número de diputados señalado al inicio es engañoso. Debemos restar a los jinetes. Ellos, al menos, fueron sinceros. Dijeron que Andalucía por España. No nos debe sorprender que Andalucía sea incluida en esa idea buenista de nación, otorgando un peso mayor a la propia que a sus ciudadanos. Si queremos, podemos sumar a la resta a las naranjas, fruta caducada más preocupada de pudrir la política que de las necesidades de cualquier pueblo, también el nuestro. Incluso, si vamos más allá, las gaviotas siempre han compaginado de manera decente el españolismo con el ‘autonomismo’, entendiendo las comunidades como parte de un ente superior.

Con todo, seguimos contando 33 diputados, cifra similar a la Comunidad Autónoma de Madrid. Número que recuerda aquella noche donde muchos –tantos–, sacamos la arbonaida de las grandes ocasiones para celebrar la reacción de nuestro pueblo tras la tristeza del 2 de diciembre. En esos brindis con Cruzcampo, Alhambra o Victoria los andalucistas creíamos que el triunfo de las izquierdas– en ausencia de una izquierda andalucista–, también era el nuestro. Días como hoy, nos llevan a pensar si nos equivocamos. Las rosas, 24, mayoría en su grupo y con entidad como para formar un grupo de enorme peso, siguen podridas. Ya no los esperamos. Ya no duele

La mayor decepción llega en la última resta, especialmente dolosa. La sucesión de intervenciones de la izquierda confederal sube las pulsaciones. Pulso congelado cuando uno regresa la realidad y se percata del menosprecio (que no desprecio) a Andalucía dentro de la formación. El resto final, nada más y nada menos que nueve diputados, permanecerán callados. Cataluña, con seis diputados, tiene voz. Galicia, con dos, tiene voz. ¿Por qué Andalucía no?

Nuestros mayores lo recuerdan. Nosotros no quisimos, no queremos ni querremos ser más que nadie, pero tampoco aceptaremos ser menos que nadie. Andalucía merece una voz en el Congreso. Los sollozos y llantos provocados por la pobreza deben ser escuchados en medio de esa espiral de ruido en la que se ha convertido el Congreso. El Senado debe servir de ejemplo. Una sola senadora andaluza ha puesto el foco político sobre nosotros. ¿Por qué nuestros votos no merecen tener voz en el Congreso de los Diputados?

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Un comentario

  1. Un artículo pésimamente escrito, casi ininteligible.
    Andalucía tiene en las Cortes la voz de los diputados y senadores elegidos en sus ocho provincias; otra cosa es que, con nuestro pésimo sistema electoral partitocrático, esos diputados y senadores representen realmente a los jerarcas de sus respectivos partidos y no a los españoles.
    Andalucía (como ninguna otra región) no debe ser la protagonista de ningún debate de investidura a Presidente del Gobierno porque aquí lo que se debe debatir es un programa de gobierno para toda España, cosa que no se está haciendo.
    Finalmente una aclaración importante; Cataluña no es ninguna nación hermana de Andalucía porque ni Cataluña ni Andalucía son naciones ni lo han sido nunca (al margen de que los secesionistas supremacistas catalanes detestan a los andaluces).

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