Opinión

Andalucía abandona la verde esperanza y se tiñe del verde odio

Cuanto antes tomemos conciencia de lo que suponen los resultados electorales del 10N para Andalucía, antes podremos comenzar a trabajar en la solución, en cómo revertir que la Andalucía que arrancó al Estado la autonomía del 151, tenga ahora al fascismo como segunda fuerza política.

Por supuesto, en vez de hacer eso podemos dedicarnos a buscar responsables, culpables, siempre encontraremos cantidades ingentes de responsables y explicaciones para el auge de la extrema-derecha, y curiosamente nunca estaremos nosotros en la ecuación. La izquierda soberanista andaluza no existe a día de hoy, por mucho que apelemos a ella. Hablar, como hablan algunos, de independencia o de purezas que impiden colaborar con “partidos españoles” es una simple y llana abstracción absoluta de la realidad, un claro síntoma de enajenación mental, y un análisis que no debiera ser tenido en cuenta si lo que se busca es comenzar a estructurar una respuesta a lo que sucede.

La realidad, por dura que nos pueda resultar, es la que es, y debemos ser conscientes de la correlación de fuerzas con la que cuenta a día de hoy el andalucismo, en una Andalucía donde la conciencia nacional es simbólica no podemos llegar a la conclusión de que la solución pasa por el aislamiento del andalucismo político en candidaturas solitarias y ajenas a toda pretensión de transformación social. La conclusión a la que ciertos sectores del andalucismo habían llegado es que no se podía trabajar con Podemos e IU en tanto partidos españoles (el hecho de que sus filas las nutre el pueblo trabajador andaluz tiende a ser obviado), y llegando a igualarlos a otros actores del régimen del 78, ha tenido consecuencias desastrosas.

Precisamente se abre una etapa en la que la urgencia es construir un sujeto político transformador, amplio, capaz de integrar distintas y diversas sensibilidades políticas, y desde Andalucía eso implica por trabajar desde una confluencia de la izquierda transformadora, porque las luchas y preocupaciones comunes superan con creces a las diatribas que puedan instrumentalizarse para separar, y las medidas políticas a llevar a cabo son también compartidas ampliamente. Saber trabajar en lo común y no sobredimensionar lo que nos separa.

Y esto es necesario porque la coyuntura actual es la que es, y hablar de independencia cuando está en juego hasta nuestra autonomía es rocambolesco. Si no somos capaces de adecuar nuestros análisis y acción al momento histórico, seremos los eternos fracasados, los que no son capaces de transformar nada pese a que se diga pretender transformar todo.

Enfrente está la reacción, el fascismo sin complejos, cada vez más reforzado y cercano a romper la barrera de clase que le impedía el acceso al voto de las clases populares. Un fascismo que apuesta por la regresión de derechos sociales, civiles y nacionales, cuyo programa político es una apuesta por el darwinismo social, la ley del más fuerte, un ultraliberalismo antihumano envuelto en la bandera del nacionalismo español más recalcitrante, que apuesta por el fin de la diversidad cultural y nacional, por la disolución de todo margen de autogobierno —por limitado que sea—, porque el sino de todo el Estado sea decidido desde Madrid. Y si frente a eso no sabemos reconocer a nuestros aliados, estamos condenados al fracaso.

Creo que desde el 11 de noviembre toca ponerse a trabajar en ese proyecto común, que sea capaz de estructurar un sujeto nacional-popular, de construir pueblo -no en términos abstractos, si no concretos-, de, desde Andalucía, construir una alternativa política que reivindique de forma clara esa blanquiverde frente a la rojigualda del “¡A por ellos!”, porque luego la acompañes con una tricolor, con una bandera LGBT, con la hoz y el martillo, o con cualquier otra, lo que nos une es un verde esperanza y un blanco paz, y desde ahí, desde lo más básico y común, es desde donde debemos empezar a trabajar.

En otros pueblos del Estado la respuesta frente a la reacción es clara: reafirmación de su identidad. Es el momento de hacer efectivo ese volver a ser lo que fuimos, porque fuimos un pueblo que un 4 de diciembre salió en masa a conquistar su autonomía plena, su derecho a decidir por sí mismo y autogobernarse, y así como entonces dijimos que seríamos “como la que más”, también ahora esa debe ser nuestra aspiración, y esa Andalucía sólo se alcanzará si volvemos a trabajar con quienes trabajamos entonces.

Este artículo se ha publicado originalmente en Portal de Andalucía.

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Un comentario

  1. Llamar “soberanismo” al secesionismo es una de las mentiras de la izquierda nini y de los supremacistas para disimular su verdadero fin: la ruptura de la soberanía del pueblo español y de la igualdad de derechos y deberes entre españoles para crear regiones privilegiadas e insolidarias. El verdadero soberanismo es el de la soberanía realmente existente, que es la española; los andaluces, en tanto que españoles, ya somos soberanos. Menos mal que en Andalucía las formaciones secesionistas (falsamente autodenominadas “soberanistas”) no pintan nada, son irrelevantes, carecen de apoyo popular, pues sólo nos faltaba para hundirnos más que aquí se produjera una división y un enfrentamiento social como el que asola a Cataluña y que empezaran a huir las pocas empresas y los pocos inversores que aquí tenemos. Pero, como el canijo secesionismo dizque andaluz (pero, en el fondo, profundamente anti-andaluz y, sobre todo, rídículo) no acepta que la realidad desmienta sus casposos dogmas, se consuela llamando “fascistas”, insultando, a la gran mayoría de los andaluces que, en el mejor de los casos, sólo les escuchamos para partirnos de la risa.

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