Opinión

Ahí estás Peter

Han pasado más de diez años y todavía parece que resuena en mi sesera aquel estribillo. Aún hoy acude a mi mente en los momentos más insospechados, como ese jingle pegadizo o esa canción del verano tan hueca como irrenunciable. Martillea sin descanso hasta que deja paso a una chorrada aún mayor. Pero él era diferente. Más de una década hace ya que aquel chaval valenciano que apenas superaba la veintena se hizo viral sin la bendición de las redes sociales. Ni siquiera le hicieron falta. Su fama fue efímera, puntual, pero intachable. Lo conocimos por la tele, en uno de esos formatos catódicos que callejean las madrugadas urbanas hasta toparse con el atraco en directo o la venta de papelinas. La benemérita lo detuvo en un control y su embriaguez era tan confesa que no hacía falta ni enseñarle de lejos el alcoholímetro. Por bandera solo un mantra que aún resuena firme y robusto, que todavía vibra cargado de esplendor cuando alcanzamos a reproducirlo: ¡Pim pam, toma Lacasitos! Poesía pura de extrarradio levantino.

Cabría pensar que aquel chaval no tenía excesivo respeto por las normas de circulación, ni por la autoridad, ni por los peligros de conducir en zigzag con más cubatas en sangre que glóbulos rojos, pero en realidad aquel joven era un diamante en bruto. Ya entonces tenía muy claro lo importante. Sus convicciones eran inquebrantables incluso cuando conducía a toda mecha puesto de pastillas y escuchando bakalao. Parafraseando a los hermanos Coen, no diré que se trataba de un héroe porque ¿qué es un héroe? Él solo quería transmitir la Palabra a los agentes que lo interpelaban, solo pretendía hacerse oír para inspirar a los líderes del mañana. Por eso cuando soltó su “¡viva España, viva el rey, viva el orden y la ley!”, nos ganó a todos. Estaba en su sitio.

Todos lo habíamos visto en la pequeña pantalla, con su etílica mirada perdida, su chupa blanca de la época, sus piercings en la ceja y su rapado pastillero. Sin saber muy bien por qué, necesitábamos más de él; precisábamos más lecciones de aquel depurado estilo rapsoda de carretera comarcal. Pero se esfumó. Desapareció abriendo en nosotros un período de indefensión y desconcierto. Ya no sabíamos a quién escuchar, ni qué chocolatinas tomar ni a quién gritarle los vivas más enfervorecidos. Estábamos huérfanos de liderazgo inteligente. Y entonces, como si se tratara de uno de esos milagros que solo ocurren una vez en la vida —o varias si la peli es muy mala—, creí reencontrar sus ojos en una cara bien distinta. Como los niños perdidos con el Peter Pan que regresa en las carnes de Robin Williams.

Han pasado los años y ahora tiene más de treinta, ha quemado la chupa y se ha calzado una americana; las camisas celestes, blancas y rosadas copan ahora su caro armario y ya no lleva las cejas adornadas ni la cabeza a medio rapar. Ha cambiado hasta la primera inicial de su lugar de origen y dice ser palentino. No se parece en nada a aquel gurú del patriotismo que vimos nacer en el asfalto, sin embargo solo hay que mirar con los ojos adecuados para encontrarlo de nuevo. Estos días, al oírlo reivindicar su “viva el rey” por calles, mercados y plazas, lo vi claro. Ahí estás Peter. Han pasado más de diez años pero lo importante sigue estando claro. Gritemos ¡Viva el rey! cuando inauguramos puentes, cuando se realiza un trasplante, cuando cruzamos la calle, cuando miramos a los ojos del ser amado. Pero sobre todo gritémoslo cuando conducimos borrachos porque a lo mejor así, dentro de una década y sin perder la chorrada por bandera, lideramos un país.

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