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“Actuar es lo peor que puede hacer un actor”

Una conversación con Paco de La Zaranda, casi cuarenta años ya al frente de una de las compañías teatrales más sólidas y reconocidas de la escena nacional e internacional. Sus preguntas y su peregrinaje escénico siguen intactos: "Sentí la llamada del teatro y me dediqué a él con todas sus consecuencias. El escenario es mi casa".

Una conversación con Paco de La Zaranda, casi 40 años ya al frente de una de las compañías teatrales más sólidas y reconocidas de la escena nacional e internacional. Sus preguntas y su peregrinaje escénico siguen intactos: “Sentí la llamada del teatro y me dediqué a él con todas sus consecuencias”.

Saca el manojo de llaves y abre la puerta de un submundo dentro de una zona a medio urbanizar. Ya no es el campito de hace décadas pero sigue siendo una escisión de la ciudad dentro de ella. Es la nave de La Zaranda. Entrevías, en medio de casi nada, junto a la indescriptible peña El Compás y el antiguo mosto de El Millonario, en cuyas paredes colgaban un par de retratos de Franco, del Che y un póster de Vinagre de Jerez, una de las obras míticas de este grupo teatral. El improvisado guía por este museo habitado por los paisajes de la memoria es Francisco Sánchez Jiménez (Jerez, 1956), más conocido como Paco de La Zaranda. Entramos. Miras a la izquierda y ves el imponente entarimado sobre el que cuelgan varios focos sin picar; miras a la derecha y ahí está el despacho repleto de premios, documentos y recuerdos cubiertos por una fina capa de polvo. También está el camerino de espejos y bombillas blancas redondas alineadas.

Vas buceando y topándote con elementos escenográficos amontonados, muñecos, enseres, cabezudos, el caballo de un carrusel, esqueletos con sombrero de copa y una galería con una docena de carteles. Un tremendo orden dentro de un terrible caos. Son 14 los espectáculos que la compañía jerezana, Premio Nacional de Teatro en 2010, ha presentado en más de 30 países de tres continentes desde su fundación en 1978. En este laboratorio mitad refugio, mitad santuario ha parido una docena de ellos. Un trabajo comunitario que siempre ha estado guiado por Paco de La Zaranda. Casi cuarenta años ya de una de las compañías teatrales con más solera y prestigio del mundo. El teatrero que se oculta tras un poblado bigote, su chupa de cuero y una gorra negra. “Como siempre le digo a los periodistas, pregúntame lo que quieras, yo te voy a responder lo que me dé la gana”. Pues eso.  

¿Hasta qué punto el hecho de montar un trabajo con público en 2014 y al año siguiente impartir una masterclass y estrenar ese trabajo, El grito en el cielo, han significado que la Bienal de Venecia haya sido un nuevo punto de inflexión para La Zaranda?

Estábamos acostumbrados a trabajar en soledad pero fue Venecia, cuando se nos invita allí a hacer ensayos abiertos con público, la que descubre que podemos estar montando y trabajando en cualquier lugar. Hay un punto en el que la soledad y el silencio lo tienes, aunque estés rodeado de una multitud. Ha sido una de las experiencias más enriquecedoras de mi vida, trabajar con actores de diferentes culturas, había italianos, rumanos, alemanes… y te entendías con ellos. Eso te amplía y te abre. Hay que abrirse. Ha llegado un tiempo donde La Zaranda tiene que abrir nuevos horizontes en la creación sin perder el camino. Éste es una continua búsqueda y a veces te ves en encrucijadas pero la única manera de acertar, que no se sabe qué es, es ser fiel a uno mismo.

¿Cómo ha sentido la evolución?

La creación te lleva a interrogantes: yo me pregunto cuando estoy montando. Cuando terminas de hacerlo, es el que va al teatro el que se lleva esas preguntas. Hacemos un teatro donde no hay buenos ni malos, los personajes pertenecen a la conciencia del espectador. Cada trabajo tiene sus preguntas y las respuestas son nuevas preguntas, que nos llevan a hacer una nueva creación. Que el espectador se haga preguntas es lo que hace que el teatro siga vivo. Cuando no tenga nada más que preguntarme dejaré de hacer teatro. Mientras me pregunto estoy vivo.

“Hacemos un teatro donde no hay buenos ni malos, los personajes pertenecen a la conciencia del espectador. Que el espectador se haga preguntas es lo que hace que el teatro siga vivo” 

¿Qué le sigue pidiendo al teatro?

Hay una cosa que le pido al teatro, que me sorprenda y que me interrogue. Lo demás son conjeturas intelectuales que no me interesan. Uno tiene que estar siempre en una búsqueda continua y en un inconformismo creativo… No le doy valor a lo que he hecho, le doy valor a lo que voy a hacer. Lo que hemos hecho hay gente que lo valora muchísimo y ha servido para que sigamos buscando pero lo importante es eso, seguir buscando.

Pero habrán surgido nuevas necesidades expresivas en estos años.

Uno ya tiene unos años en este oficio y hay nuevas necesidades. El que uno sea fiel a sus principios no quiere decir que tenga que tener la misma necesidad siempre. Al principio decíamos, al constituir Zaranda, que hacíamos un teatro que surgía de la necesidad de expresar lo que somos, y yo creo que ya no es el momento de expresar lo que somos. Es el momento de dejar que el teatro se exprese a través de nosotros. Uno aprende a ser obediente al oficio. No quiero transitar por el teatro sino que el teatro transite por mí. ¡Cuántas veces he querido dejar el teatro y no he podido!

“¡Cuántas veces he querido dejar el teatro y no he podido! El teatro es una pasión y como todas, tiene sus altos y sus bajos”

¿Se ha llegado a plantear dejarlo?

Casi siempre, casi siempre, lo que ocurre es que el teatro no me ha dejado. Me ha pasado muchísimas veces. Es que eso es lógico. El teatro es una pasión. Y como todas las pasiones tiene sus altos y sus bajos. No puedo separar mi vida del Teatro La Zaranda, eso es imposible, pero hay un momento en el que el teatro es mucho más grande que lo que uno pueda hacer. Y yo busco el teatro. Caminamos hacia el teatro, que es más importante que La Zaranda. Busco continuamente superarme a mí mismo pero no en el sentido atlético o deportivo, sino en cuanto a que buscar la esencia es dejar sin calificativos el teatro.

Usted aborrece el puro teatro.

Ah, sí, sí. Eso no me gusta. Actuar es lo peor que puede hacer un actor. Cuando veo que un personaje me viene yo me quito de en medio. La poética viene, no hay que buscarla. Y viene cuando uno está en comunión con el silencio más comunicativo. Y es difícil expresar qué es, hay que sentirlo. Por sus obras lo conocerán. No le tengo por qué decir lo que hacemos, no educo a nadie con el teatro. No se hace nunca un trabajo para entregarlo en masa a la gente sino que se intenta llegar al corazón y a la conciencia de cada espectador. Y no puedes mentir. El teatro es verdad antes que nada. Es la mentira más verdadera que hay. Y es sacar tu verdad, y ahí está el miedo de los actores, de esos actores que saben hacer de todo menos mostrar la verdad.¿Qué es un actor?

El actor es la persona que pierde más el tiempo del mundo. Pierde más tiempo que nadie. Porque es la única manera posible de estar encima de un escenario. En la medida en que pierdes el tiempo lo pierdes porque se los entregas al personaje. El personaje posee tu tiempo. Parece muy filosófico pero es muy simple: para que el personaje sea no tengo que ser, te tienes que anular y pierdes el tiempo que a mí me toca en la vida.

Cuando sale de la escena, ¿llega a no distinguir, a seguir poseído de algún modo por el personaje?

Claro que hay que distinguir, no es tan complicado. El oficio precisamente es no volverte loco. Es todo lo contrario, es tener cordura y diferenciar. Lo que ocurre es que el teatro es un juego sagrado y cuando entras sabes que estás prestando tu cuerpo y tu voz y tu saliva, estás predispuesto a que hable por ti un personaje que viene a visitarte. Hablo del teatro en un término sagrado. No lo concibo de otra manera.

“En la medida en que pierdes el tiempo lo pierdes porque se los entregas al personaje. El personaje posee tu tiempo. Para que el personaje sea no tengo que ser”

¿Recuerda cuándo el teatro le eligió?

Claro que me acuerdo. Ojalá, quizás, no hubiera sido así, pero yo soy actor de vocación, la vocación es la llamada y yo tuve esa voz interior del teatro. Es un sacerdocio de alguna manera. Yo era muy pequeñito. A los doce o trece años sentí que el teatro iba a ser mi vida. Lo sentí. He hablado poco de este tema. Cuando uno viene a darse cuenta de que está metido en esto es demasiado tarde para salirse. Ya no puedes, ya no puedes. Uno ha sentido algo imperioso que te obliga a dejarlo todo. Me fui a Madrid con 17 años a estudiar teatro, para toda mi familia era un loco. Lo que tenía era que buscar un oficio y, ¿eso del teatro qué es lo que era? Eso se repite en tantísimos actores que no es nada novedoso. Pero es que el teatro puede más que tú.

¿Qué queda en la memoria de esos comienzos?

Queda lo de los comienzos de cualquiera… Estudio Arte Dramático en Madrid, que al final acabó estudiando por libre. Encuentro a la gente del Teatro Experimental Independiente (TEI)… (hace una larga pausa) Los comienzos me quedan tan lejos que… No me sirven nunca me ha gustado hablar de mis comienzos ni de los de Zaranda. Me gusta hablar de mi presente, lo que fue ya fue. Uno no es lo que fue ni lo que va a ser sino lo que es ahora. Hasta aquí he llegado por todo lo que he ido sintiendo y por todos los laberintos en los que me ha ido metiendo el teatro. Sí te puedo decir que en su día, no sé en qué instante, sentí la llamada del teatro y me dediqué a él con todas sus consecuencias. El teatro me ha dado quien soy porque no puedo separar lo que soy del teatro. No por eso que algunos dicen de ‘es que no sabría hacer otra cosa’. Yo podría hacer de todo o de casi todo siempre que no fuese muy difícil. He sido un negado de todo. Me hubiera gustado ser un buen pintor, un buen músico, un escritor… Pero no. Nací para hacer teatro, eso está clarísimo. Cada uno tiene un destino y el mío, con todas sus consecuencias, fue ese. De ahí a que uno tenga el derecho de rebelarse contra su propio destino. Aunque me pongan grilletes, me pinche el buitre en el hígado como a Prometeo, estaré rebelado contra eso.¿Hay algo más importante que el público?

El teatro.

¿Puede haber teatro sin público?

Es que de hecho el teatro existe sin el actor, sin el público, sin el director y sin nada… El teatro existe. Para que exista Esquilo no le hace falta ahora mismo nada. El teatro está porque el hombre que hay en ti está, pero hay que encontrarlo. El público es importante pero mucho más importante es el hecho teatral, la comunión que se da. Y cuando el teatro se da, el público se ha convertido en comulgante, el actor en personaje y el director en nada. Los directores se creen muy importantes pero lo único importante es que la voz del poeta, del autor, se haga carne en la piel del actor.

¿Cómo es el público-comulgante de La Zaranda?

Afortunadamente tenemos todo tipo de público. Hay una cosa que me llena de orgullo y es saber que La Zaranda tiene un público que es intelectual y no intelectual, viejo, joven, gente más predispuesta al teatro y gente que no.

“La mayoría del arte ahora es camelo. Y en el teatro hay mucho camelo” 

Teatro del pueblo…

Claro… Claro que es del pueblo. Lo que no podemos confundir nunca es pueblo con populacho. Ni al populacho le interesa el teatro ni a mí el populacho. ¡Claro que es un teatro que va al pueblo y le llega! ¿Cuál es el problema? Que hay una serie de circunstancias que llevan a forzar al pueblo a ser idiota, convirtiéndolo en populacho y alejándolo del pensamiento. El teatro va del sentimiento a la reflexión y de la reflexión al pensamiento, y éste es el que te hace ser libre. Por eso un teatro que haga pensar siempre estará perseguido. Todo lo que pudo ser un teatro en los 70 y 80 de una supuesta vanguardia, una palabra que no entiendo muy bien, está absorbido por una clase que lo ha vuelto inofensivo.

¿La gran parte del arte que se hace hoy en día es inofensivo, acrítico?

La mayoría del arte ahora es camelo. Y en el teatro hay mucho camelo. ¿Qué es eso? Mentira, ¿no? El teatro es también un producto de consumo y entretenimiento, pero el teatro tal y como yo lo siento es ceremonia y es necesario. Calderón decía que el pueblo necesita un espejo donde mirarse. Valle decía: lo deformo. Pero lo deforme o no lo deforme, el teatro es un espejo que necesita el ser humano para mirarse. Se intenta aniquilar el pensamiento del ser humano a costa de lo que sea: se quita la literatura, la filosofía, la religión y se quita todo. Lo importante es que mi niño tengo una pelota. El pensamiento es importante y el teatro tiene esa misión. Parece que pensar y sentir es algo que es un sacrificio y es lo normal que tiene que hacer un ser humano.

“Hay una cosa que me llena de orgullo y es saber que La Zaranda tiene un público que es intelectual y no intelectual, viejo, joven, gente más predispuesta al teatro y gente que no”

¿Para qué sirve un Premio Nacional de Teatro?

Sirve para que mucha gente se ponga contenta y otra te envidie… El otro día revisé un currículo, vi la cantidad de premios que tenemos, y pensé que son un regalo a la gente que nos sigue. Uno agradece el reconocimiento social de lo que hace pero no sirve para mucho más. En el país en el que vivimos no sirve tener premio ni no tener premio. El esfuerzo sirve para poco, al igual que el pensamiento. En este país lo que sirve es la sinvergonzonería más que la inteligencia. Aquí sirven los listos. No es que uno vaya a contracorriente porque uno quiera ir contracorriente, uno intenta ser humano y buscar el ser que somos.

¿El arte en general y el teatro en particular requieren de cierta inestabilidad, de huir de la zona de confort?

Me he escapado tantas veces de esta pregunta… Lo de inestable lo siento de verdad porque somos inestables. El arte es un regalo de Dios y es lo único que te puede dar fe de que Dios existe. Una poesía te da la seguridad de que Dios existe. Hablamos de Dios, no de religiones. Hablamos del misterio de la vida. La inestabilidad y el sufrimiento se puede convertir en risa, pero la gente hoy en día sufre por cosas banales y que en culturas ancestrales son ridículas. Gente que sufre porque no tiene el coche o el móvil último modelo, cuando hay gente que padece unas consecuencias del mundo en el que vivimos brutales. Si el ser humano deja de preguntarse ya no tiene sentido estar aquí. Será nacer, consumir y morir.

“En el país en el que vivimos no sirve tener premio ni no tener premio. El esfuerzo sirve para poco, al igual que el pensamiento. En este país lo que sirve es la sinvergonzonería más que la inteligencia”

¿Dónde queda la esperanza?

Nuestros trabajos siempre están llenos de esperanza. Sin esperanza no podríamos volver a encerrarnos a construir un nuevo trabajo.

¿Ha tenido alguna vez miedo escénico?

No he tenido en mi vida. Nunca. Nunca me ha dado miedo el escenario. Es un lugar donde me muevo mejor que por la calle. Es mi casa. Otra cosa es sentir un gran respeto por una gran responsabilidad al presentar un trabajo en determinados lugares. Hemos sacado de esta nave un trabajo que no ha visto nadie y que se ha estrenado en Nueva York. No es que te dé miedo pero sí responsabilidad y respeto… En cualquier escenario sientes responsabilidad aunque mentiría si te digo que en todos los lugares lo sientes igual. Respeto merece, eso sí, el público del pueblecito más pequeño que el del mayor festival del mundo. Una vez que uno sale al escenario lo da todo, da igual donde. Una vez vi a un sacerdote dar misa sin nadie en la Iglesia y con el teatro ocurre igual: uno no hace teatro para el público, hace teatro con el público, que es completamente distinto. No hago teatro para que me aplaudan sino para encontrarnos con el público y preguntarnos juntos.

¿Qué tiene que ver La Zaranda con lo ‘jondo’?

Al principio aspirábamos a que nuestro teatro tuviese la fuerza de una seguiriya de Manuel Torre. Creo que con Vinagre de Jerez condensamos todo lo que de verdad, de verdad puede haber de flamenco dentro de mí. No renuncio para nada a mis raíces. El cante jondo, que es el que al principio me pudo conmover, tiene que ver con lo teatral en una cosa que hablé con El Torta una vez en Madrid. Me dijo: ¿Cómo sabes esto? Y le dije: Porque lo sé Juan, porque lo sé. Cuando un cantaor se tira a cantar, y eso lo sabe un cantaor, el que canta ya no es él. La voz sale. No se da siempre pero se da. Eso se da. Hasta ahí puedo llegar pero nada más. Porque el teatro es una fuente milenaria que viene de hacer hablar al que no está. El teatro nace delante de una fosa, está el muerto, y éste se pone de pie y habla. Es otra forma de búsqueda pero solo hay una verdad: el arte es buscar la belleza, qué importa el camino si el lugar al que vamos es el mismo. En todo caso, La Zaranda ha tenido una variedad de palos, hablando de flamenco, tremenda. Quizás construimos con un compás pero no necesariamente marcado por el flamenco. Hay una música interna. Últimamente más cercana a la música sacra.¿Con qué pone el grito en el cielo?

Aludiendo a su título, el geriátrico de nuestro último trabajo es una metáfora y refleja la telaraña en la que el ser humano está atrapado. Y la obligación que tenemos es buscar la libertad, y eso te lo da la belleza. No se trata de hacer lo que te da la gana porque lo primero para ser libre es ser obediente a tu conciencia. Se trata de buscar y preguntarte, y sentir lo que es la trascendencia del ser humano. Ese es el grito que uno puede alzar en esta época de barbarie que vivimos en todos los sentidos. Una época que lleva al hombre a ser un pelele en manos de no se sabe quién.

“Lo importante es buscar y no ser un trozo de carne que solo busca lo inmediato. Uno trabaja para lo eterno”

¿Qué le rebela?

No hay nada nuevo bajo el sol. Las sociedades han transitado a lo largo de la historia por senderos muy peligrosos. Las preguntas importantes del ser humano están desde el principio de los tiempos. El hombre toma conciencia de la muerte y aún no se ha resuelto nada. Lo importante es buscar y no ser un trozo de carne que solo busca lo inmediato. Uno trabaja para lo eterno.

Los últimos trabajos de La Zaranda han estado coproducidos y se han estrenado en Cataluña. De hecho, es una de las comunidades donde más bolos tienen. ¿No resulta esto chocante siendo una compañía andaluza con casi 40 años de existencia?

Trabajamos mucho en Cataluña, en el País Vasco… Bueno, trabajamos donde nos llaman pero donde más se nos ha ignorado es en Andalucía. Nadie es profeta en su tierra pero primero uno debe saber cuál es. Yo nací en Jerez pero no soy profesional del andalucismo ni de nada. Cumplo con mi oficio, que es pertenecer a la búsqueda del teatro.

¿El teatro te hace apátrida?

El teatro no es que te haga apátrida pero cuando ves que gente de otras latitudes y países comulga con lo que haces, esa gente es la que te alimenta. Cuando ves que en Buenos Aires la gente enloquece contigo, donde han estado todos, absolutamente todos, nuestros trabajos, y ellos te consideran de allí, pues te sientes de allí. Hay algo evidente: en Andalucía nunca hemos sido comprendidos ni apoyados. No le debo nada a Andalucía. Al contrario, hemos llevado el nombre de Andalucía por el mundo entero y ha sido a cambio de casi nada. Presentamos nuestros trabajos en muy pocos lugares de aquí y hay pequeños sectores de público ganados, pero nuestros trabajos salen de aquí para el mundo. Estaremos en Madrid en enero, otra vez en el Español, por ejemplo. La gente se interesa por lo que hacemos, y uno se siente muy, muy agradecido. A nivel de apoyos institucionales y todo eso sí te diría que Andalucía siempre fue donde peor nos trataron de toda España. Ya no me duele ni decirlo. Ni estoy pidiendo absolutamente nada.

“A nivel de apoyos institucionales, Andalucía siempre fue donde peor nos trataron de toda España. Ya no me duele ni decirlo. Ni pido absolutamente nada”

Ya es tarde…

Ya es tarde para eso. La Zaranda se escapó de las políticas culturales que pueda ofrecernos Andalucía. Ya no entramos por ahí.

¿Se sigue comunicando con su hermano Juan de la Zaranda?

Muy niño vi a Juan encima de un escenario y me gustaba lo que  hacía. Teníamos una edad ya avanzada y seguíamos jugando. En el juego teatral nos entendíamos muy bien porque teníamos 40 años y seguíamos jugando. Juan no es que siga presente, es que La Zaranda también empezó con Juan. Nunca estuvo desvinculado de nuestro corazón sentimentalmente, otra cosa fue profesionalmente. Todos aprendimos mucho de él. Ahora en este trabajo, que es el único que no ha visto, está presente. El trabajo es un homenaje a Juan aunque el público no tenga por qué saberlo.

¿Admitiría alguna vez algo injustificado sobre un escenario?

Nunca. No se debe. Lo que pasa es que hay muchas maneras de justificar una cosa. Y a veces la justificación es inconsciente y hay cosas que son porque son. Aunque no lo entiendas. Se trata de poner carne a la palabra y eso es un proceso que no es aprenderse un texto y decirlo más o menos bien. Es comérselo, rumiarlo. Cada trabajo es un mundo.

Aunque la crítica ha sido una constante en la obra de La Zaranda, da la impresión de que en el díptico que forman ‘El régimen del pienso’ y ‘El grito en el cielo’ hay mucha mayor carga de denuncia social y política sobre realidades cotidianas.

El teatro es un reflejo de la época en la que vivimos. Es un espejo. La época en la que vivimos exige al teatro tomar partido y reflejarla. Lo que nos toca vivir nos impregna, no puedes huir de ello. Mezclamos siempre lo poético con lo cotidiano y lo cotidiano hoy en día es como está el mundo. Si hablo mal de España, hablo mal de mí porque soy yo. Uno no puede estar fuera de lo que uno es y en lo que haces, más en el teatro, se refleja. El teatro tiene carga poética, pero también social.

“La época en la que vivimos exige al teatro tomar partido y reflejarla. El teatro tiene carga poética, pero también social”

Otra cosa es la carga partidista.

Ah, claro. Porque hay gente que utiliza el teatro como púlpito para la política. Eso no es teatro, es una mala utilización de la palabra. Nosotros trabajamos para lo eterno porque el ser humano lleva preguntándose lo mismo desde el principio. Shakespeare habla de hoy: no tiene una actualidad tremenda, tiene una eternidad tremenda. Porque las angustias del ser humano son las mismas.

Incluidas lacras como la corrupción.

Claro, la hay hoy y la hubo en Roma y en Grecia. Uno no hace teatro para la época sino que, con los matices que se quieran y los medios que se quieran, hace teatro para la eternidad. No podemos enclavarnos en lo abstracto y hacer delirios de la mente, camelos que no entiende ni siente nadie.

“A la creación le ha venido mal la crisis porque se le está valorando demasiado en función de la taquilla, y eso no es justo. El derecho más grande de un creador es el de equivocarse”

¿El IVA del 21 para los bienes culturales ha convertido la cultura en un producto de lujo?

Si la cultura la han convertido en un producto, saquemos al teatro de la cultura porque no quiero que se convierta en un producto. Puede sonar a barbaridad pero es una realidad. No puedo hacer teatro con un baremo de producción que se mida por el marketing, estructurado en un despacho. Creo en la creación. El hombre tiene todo el derecho a ser instrumento del Creador, que él que a mí me ha creado se manifieste. Si no hago eso lo que hago es marketing.

¿Ha servido la crisis para purgar ese teatro de subvenciones y despachos?

La crisis ha servido para que muchos sinvergüenzas se enriquezcan. A la creación le ha venido mal porque se le está valorando demasiado en función de la taquilla, y eso no es justo. El derecho más grande de un creador es el de equivocarse. Y si los baremos no nos permiten equivocarnos, el arte quedará relegado a lo que dicten los números que anulen los riesgos. Hablo en general. Gente que lleva 10 o 15 años con unos trabajos más que interesante, y que se tienen que ir de España porque no se los compra nadie.  

‘El grito en el cielo’, de la compañía La Zaranda, puede verse el próximo viernes 27 de noviembre, a las 20:30 horas, en el Teatro Villamarta de Jerez. El 13 de enero se estrena en la sala grande del Teatro Español de Madrid, compartiendo temporada con otras vacas sagradas de la escena como José Sacristán, José María Pou y Mario Gas.

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