El verdadero inventor del VAR es de Chiclana

Antonio Ibáñez, que tiene más de 300 patentes a su nombre, registró en 1995 un sistema que entiende que le han plagiado, y que se le ocurrió tras la "injusticia" del codazo de Tassotti a Luis Enrique en el Mundial de 1994

El inventor Antonio Ibáñez, con su sistema precursor del VAR.
El inventor Antonio Ibáñez, con su sistema precursor del VAR.

En el minuto 93 del partido que disputaban España y Italia en el Mundial de 1994, el jugador español Goikoetxea puso un centro que intentó rematar Luis Enrique, que no pudo porque recibió un codazo brutal del italiano Tassotti. Le rompió la nariz. La imagen no se le olvidará jamás a los futboleros españoles que vieron la tremenda injusticia, todos menos el árbitro del partido, que no pitó nada. Uno de los que, desde su sofá, lamentó la jugada fue Antonio Ibáñez de Alba (Chiclana de la Frontera, 1956), que puso a funcionar su cabeza a toda máquina. Este inventor, que tiene más de 300 patentes registradas, que ha trabajado para la NASA, y que ha diseñado un tipo de agua que evita ahogamientos, también es el inventor de la idea que dio lugar al actual VAR, o videoarbitraje, Video Assistant Referee en inglés.

“Fue una injusticia”, asegura Ibáñez cuando atiende a lavozdelsur.es, en referencia al codazo de Tassotti a Luis Enrique, “por lo que pensé que se podía desarrollar una tecnología que acabara con ese tipo de jugadas”. “Lo veía tecnológicamente fácil”, cuenta. Por aquel entonces, el inventor chiclanero trabajaba en Valores Antillanos, una empresa propiedad de Mario Conde, que registró la patente en septiembre de 1995, apenas un año después del incidente entre el español y el italiano, con una protección por patente de 20 años. 

El invento, al que llamó Sistema inteligente de asistencia para decisiones arbitrales, es el origen del actual VAR, algo que también consideró una “injusticia”, porque entendió que se apropiaron de su idea, pero “mal, es un plagio malo”. Por eso ahora ha formado un “frente común” junto a Miguel Ángel Galán, director de la escuela de entrenadores Cenafe, que ha conseguido recientemente la propiedad industrial de la marca Video-Assistant Referee, adelantándose así a Mediapro, pudiendo explotar su marca registrada durante los próximos diez años.

Antonio Ibáñez elaboró a finales de los años 90 un informe preliminar de un sistema inteligente para asistencia en decisiones arbitrales, un proyecto que se llamó El fútbol del siglo XXI, y que se inscribió en 1999 en el Registro General de la Propiedad Intelectual —fue ampliado en 2006—. Ahora, junto a Galán, pide a federaciones de fútbol como la FIFA, UEFA, RFEF y entidades como Mediapro y Hawk-Eye el “cese inmediato del uso del VAR”, del que tienen la patente del invento y la propiedad de la marca. El inventor gaditano confirma a lavozdelsur.es que se han solicitado diversas reuniones con estos organismos. “Les interesa que se solucione”, asegura. Tampoco descartan acudir a la Justicia.

Antonio ibañez miguel angel galan
Miguel Ángel Galán y Antonio Ibáñez, propietarios de la patente y de la marca del VAR, en una imagen reciente. 

El Sistema inteligente de asistencia para decisiones arbitrales que salió de la cabeza de Antonio Ibáñez en 1995 permite resolver jugadas dudosas dentro de un terreno de juego. "En aquel momento parecía ciencia ficción, pero como todo lo que he inventado, se ha terminado haciendo realidad", señala. Y explica, por primera vez en un medio de comunicación, en qué consiste. "Rodear todo el campo de cámaras no soluciona nada, es susceptible de manipulación", dice el inventor. Su invento, dice, "no se puede manipular. Cada jugador llevaría implantados chips en las botas de fútbol y distribuidos por la ropa. Las líneas del campo, señaladas con pintura conductora de corriente. Así, cuando un jugador toca una línea, "se produce un registro inmediato del futbolista que ha sido".

El sistema de Ibáñez, a través de unas coordenadas espaciales, localiza el lugar exacto en el que se encuentran el balón y los jugadores con un margen error de menos de diez milímetros. "Además, si se pisan las líneas, se enciende la pintura, que es luminiscente", explica. "Cada zona del campo tiene un color distinto, más rojo conforme más cerca esté la portería. Así, no depende del árbitro, todo el mundo va a ver dónde ha pisado cada jugador, ya que incluye un sistema de señales luminosas y acústicas". Además, el balón incluye una aleación de distintos metales, que no altera su peso, para determinar el punto exacto del que parte cada jugada. El sistema es "económico", asegura su creador. "Tal y como está ahora, sale caro", reseña. "Con este sistema no hay engaños, todo lo que ocurre está señalizado", asegura.

El chiclanero, que salió de su tierra natal con apenas dos años, se trasladó a Cataluña, donde estudió Ingeniería Industrial, antes de trabajar para la NASA en proyectos de refrigeración de satélites y de confinamiento de partículas a través de reactores magnéticos. Tras volver a España, Ibáñez cerró un importante contrato de 1.000 millones de dólares con Libia para instalar 50.000 palmeras de poliuretano en el desierto, con las que crear un microclima artificial que permitiera el cultivo de árboles frutales. Gracias a eso ganó, en 1990, la Medalla de Oro de la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual y el primer premio del Proyecto Eureka de la Unión Europea ese mismo año. Aunque el invento del que Ibáñez se siente más orgulloso —o uno de ellos— es el agua flotante, que es más densa y evita ahogamientos. 

Ibáñez trabaja ahora en un sistema que neutraliza el coronavirus. Nébula, que es como lo ha llamado, es una "farola" que emite biocida, viricida en forma líquida que se evapora, desactivando la transmisión del virus por el aire. Con su instalación en zonas transitadas, como pueden ser parques, jardines, terrazas de bares, plazas, colegios, residencias de personas mayores, hospitales o instalaciones deportivas, se puede reducir considerablemente el riesgo de contagio. "Pienso en el bien social", explica Ibáñez, que ha presentado el proyecto al Gobierno central, que de momento no lo ha adquirido. "Hay quién piensa sólo en la economía", lamenta, "aunque no es caro, unos 1.500 euros, pero en España todo se piensa mucho". 

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