Opinión

Abascal no es idiota. Los idiotas somos nosotros

La capacidad de Vox para marcar la agenda política hace patente la necesidad de reflexionar sobre la manera de tratar las “propuestas” lanzadas desde la formación ultraderechista

La desaparición mediática de Santiago Abascal no ha impedido a Vox dominar el terreno de juego en esta convulsa precampaña. Mediante el planteamiento de disparatadas propuestas, más propias de siglos anteriores que de nuestro tiempo, han logrado centrar la atención de la opinión pública. Si un día nos despertamos leyendo acerca de la prohibición de partidos políticos contrarios a la unidad de España, al siguiente escuchamos la defensa que todos los “españoles de bien” puedan portar armas. La fundamentación de la propuesta se torna irrelevante, al lograr atraer la atención de una sociedad, que, en esta democracia de audiencia, observa la política como espectáculo.

Como vemos, Abascal y los suyos no son idiotas. Siguen la estrategia que tan bien funcionó en los EEUU y en Brasil. Alejados de los medios de comunicación convencionales, utilizan las redes sociales para proclamar sus soflamas, empleando a sus milicias digitales para expandir sus ideas, no solo dentro de las propias redes sino utilizando la aplicación más usada por los españoles, WhatsApp. Por último, no olvidan mantener la tan necesaria cercanía con el votante, colocando esos ‘stands’ que la mayoría habremos visto en pueblos y ciudades.

Esta estrategia, para funcionar a pleno rendimiento, requiere de colaboradores indirectos. Ese papel lo ejercemos nosotros. Sí, nosotros, los idiotas. Idiotas que impactados por las barbaridades que nos llegan, compartimos en nuestras redes sociales. En el momento que compartimos sus mensajes, otorgamos difusión gratis al enemigo, dando igual el contenido diferente que aportemos al suyo. Ellos ya han ganado, porque cuando Teresa Rodríguez, Irene Montero, etc, por mencionar cuentas con cientos de miles de seguidores, deciden compartir una noticia sobre Vox, les sirven en bandeja el espacio mediático que debería corresponder a la lucha por la igualdad, el empleo o el bienestar.

En esta batalla digital, por el momento, tenemos todas las de perder. Por un lado, la pedagogía que requiere tratar fenómenos como el de Vox no se está llevando a cabo. Sigue primando el instinto de ‘respuesta’ frente al seguimiento de una estrategia que permite arrinconar a un partido político sin cuadros ni ideas. Por otro lado, en buena parte de la izquierda sigue ese desprecio de lo digital. El “fetichismo de la calle” continúa siendo un grave defecto para una izquierda que se niega a reconocer que hoy las batallas políticas se libran en las pantallas frente a las que los españoles pasan gran parte de su tiempo.

También podemos señalar con el dedo a los mayores idiotas, Pablo Casado y Albert Rivera. Ellos, competidores políticos directos de Vox, han acercado su agenda política tanto a la de la formación ultraderechista que cuesta diferenciarles en determinadas materias. De ahí que propuestas impropias de formaciones liberales ocupen un papel clave en sus discursos. Por suerte, encontraron su castigo en la figura de Victor D’Hondt.

Puede parecer que simpatizantes y militantes ajenos a cargos de peso no tenemos responsabilidad en esto. Podemos pensar que nosotros no somos idiotas. Estaríamos equivocados. Nosotros también lo somos. Porque estas cuentas tienen la responsabilidad de compartir en primera instancia, pero nosotros seremos partícipes de esos debates inocuos que trascenderán el contenido de la propuesta. Al final, no se habla nunca de que Vox no es un partido antisistema, sino una escisión radical y elitista del PP, la cual huye de la moderación del ‘Marianismo’ para poder expresar todo lo que siempre han querido. Supresión de lo público, exclusión de los pobres, vaciado de la democracia…

Los andaluces conocemos bien esta estrategia. Todos debemos recordar aquel día donde lograron que el debate mediático se centrara en la posibilidad de trasladar el Día de Andalucía al de la celebración de la Toma de Granada. La tierra del hambre y la pobreza olvidando gritar su miseria, cayendo en un debate pasado hace ya mucho tiempo. Porque si consiguieron de esta manera tan “burda” que volviéramos a dudar de nuestra autonomía, pueden alcanzar cuotas imprevisibles con los medios y estrategias que van a emplear en estas elecciones. No compartas, ignora. ¡Ladran, nosotros ignoramos!

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Comentarios

  1. El primer requisito para poder vencer a VOX es ubicarle bien en el espectro político y entender bien el significado real de sus propuestas, cosa que el autor no consigue, lo cual no es nada extraño en un analista (¿analista?) con tantos prejuicios ideológicos. Pretender ignorar a VOX es tratar de ponerle puertas al campo, es la táctica del avestruz, y está abocado al fracaso.
    El primer error es calificar a VOX como partido de ultraderecha, porque evidentemente no lo es. VOX no reúne ninguna de los dos requisitos esenciales de la ultraderecha (Falange y su órbita; sobre todo tal y como la conocimos en los años anteriores al intento de golpe de Estado de 1981); no pretende acabar con la democracia actual ni contempla el uso de la violencia para el logro de sus fines. VOX acata el sistema democrático y pretende conseguir sus fines (algunos muy ambiciosos, que implican modificaciones constitucionales y legislativas de gran calado) dentro de los cauces legales del actual sistema democrático. Más bien al contrario, es VOX quien viene siendo víctima de acciones violentas contra sus actos públicos por parte de formaciones de la izquierda y del separatismo; craso error que refuerza a VOX, como también es un craso error que esas formaciones hayan promovido o consentido y apoyado un intento de golpe de Estado secesionista en Cataluña. VOX, como expondré, es un partido conservador; y eso hay que tenerlo siempre presente para poder afrontar con posibilidades de éxito el debate frente a esa formación emergente.
    El PP es desde siempre (aunque nunca lo haya reconocido) un partido social demócrata, como todos los partidos de gobierno en España y en Europa, que acepta y cumple sin duda alguna el régimen socialdemócrata instituido en el apartado 1 del artículo 1 de la Constitución (“España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho…”), pese a que la izquierda, interesadamente, le haya presentado siempre como derecha reaccionaria liberal; así tanto el PP como el PSOE son partidos socialdemócratas que, en el plano económico, solo se diferencian en cuestiones técnicas (el nivel de endeudamiento, el nivel de déficit público, la mayor o menor intervención en los mercados…), pero ambos defienden y practican con fruición las premisas socialdemócratas: la intervención del Estado en una economía regida por las leyes del mercado y el sistema partitocrático (en España no ha gobernado el liberalismo desde antes de la dictadura de Primo de Rivera).
    Como en el plano teórico político-económico no hay diferencias sustanciales, salvo que el PP ha venido gestionando la economía mejor que el PSOE, este ha tratado de diferenciarse del PP en cuestiones “sociales”, canibalizando movimientos sociales preexistentes, como ha sucedido con el feminismo (hoy degenerado en hembrismo misándrico), con el movimiento lgtbi (hoy reducido a la nefasta ideología de género), con el movimiento globalizador pro-inmigración (aunque sea ilegal), con el movimiento animalista, con el movimiento ecologista…; en cuestiones “pseudohistóricas”, rompiendo el consenso de la Transición sobre la no utilización del pasado en el debate político mediante la “memoria histórica”, una falacia (pues ni la memoria puede ser histórica ni la Historia se basa en la memoria de nadie, sino en la investigación documental); y en azuzar las tensiones territoriales promoviendo un nuevo e inconstitucional Estatuto catalán que nadie demandaba allí. Y el PP, que no ha sabido ni querido plantear una oposición dialéctica seria a esa deriva “social”, “pseudohistórica” y territorial del PSOE, ha terminado aceptando, en la práctica, esas premisas “sociales” y “pseudohistóricas” y también (sottovoce) gran parte de las territoriales, inclusive cuando contó con una enorme mayoría absoluta, renunciando a revertir las modificaciones legales que introdujo, sin consenso, Zapatero, incumpliendo su programa electoral y traicionando a muchos de sus votantes peperos.
    Luego está la cuestión nacional, en la que tanto el PP como el PSOE han venido pactando en sucesivas legislaturas con los partidos secesionistas (antes camuflados como nacionalistas), cediendo competencias e inversiones privilegiadas a cambio de apoyos parlamentarios a unos partidos insaciables cuyo verdadero propósito es la desintegración de la Nación española, sin la que no puede haber igualdad. Zapatero negoció un fin infame para ETA, renunciando a derrotarla sin ambages, cuando estaba prácticamente vencida, y cediéndole el gobierno de gran parte de Vascongadas, a cambio de garantizarse su apoyo político futuro y el del PNV, que nunca quiso la derrota de ETA; y Sánchez (que piensa en la falacia del federalismo tan nefasto en nuestra Historia) se apoya en esos partidos secesionistas para gobernar a cambio de contrapartidas inconfesables que aún ignoramos, aunque se vislumbran, y que se materializarán si vuelve a gobernar con ellos.
    El PP de Rajoy, ante el golpe de Estado del secesionismo catalán tardó mucho en aplicar el artículo 155 de la Constitución y lo hizo de forma timorata e ineficaz. Si lo hubiera hecho antes de la aprobación de las leyes de desconexión en el Parlamento catalán, con medidas de intervención contundentes y a largo plazo para “desnazificar” Cataluña y sin negociar esas medidas con el PSOE y con C´s (que habrían tenido que adherirse y votarlas favorablemente porque no habrían podido permitirse electoralmente lo contrario), hoy el proceso secesionista estaría finiquitado y Rajoy sería Presidente del Gobierno con mayoría absoluta.
    C´s es un partido de origen catalán que nació para oponerse al totalitarismo secesionista de aquella región y, ante la deriva nacionalista del PSC-PSOE y la inacción de Rajoy, consiguió afianzarse allí y dar el salto a la política nacional con un resultado notable; aunque su sedicente vocación centrista mal llevada le ha conducido a la indefinición y a los cambios bruscos de rumbo en cuestiones importantes, sobre todo económicas y sociales; es un partido con vocación de bisagra. Ahora es un partido estancado y, en cierta medida, desacreditado; previsiblemente aumentará sus escaños a costa del PP y, en menor medida, del PSOE, pero se estancará como tercera fuerza parlamentaria.
    PODEMOS y sus confluencias tuvieron su ocasión dorada en 2015, cuando pudieron haber gobernado si en 2014 no se hubieran congraciado con el proceso secesionista catalán. Si entonces se hubieran situado sin ambages con la Nación española y con la Constitución, habrían capitalizado el enorme descontento popular con la clase política y habrían gobernado. Hoy están integrados en la casta (palabra que ya desapareció de su discurso) y están en la lucha personalista por los sillones y en descomposición. Se van a dar un batacazo electoral.
    Y así llegamos a VOX. Un partido que surge como una escisión del PP liderada por Abascal (cuyo padre y él fueron unos acreditados luchadores frente a ETA) cuando Rajoy asumió, contra sus promesas electorales, los pactos secretos e inconfesables alcanzados por Zapatero con la banda terrorista y excarceló a Bolinaga, entre otras indignidades. El partido, VOX, languidecía hasta que Rajoy demostró su cobardía e inoperancia ante el proceso separatista catalán y hasta la moción de censura que aupó a Sánchez con el apoyo de separatistas y filoterroristas y descabezó al PP. En ese momento, miles de votantes del PP que se sintieron traicionados y abandonados giraron la cabeza hacia VOX, que tuvo la inteligencia de haberse constituido como acusación popular contra los golpistas y de presentarse como el PP auténtico, como quien iba a cumplir el incumplido programa electoral del PP y más aún. Capitalizó el descontento de la España de las banderas en los balcones (la que no acepta la desintegración de la Nación ni la disolución de nuestra cultura y nuestro estado de bienestar por una masiva inmigración ilegal), de la clase media que sufrió la brutal subida de impuestos de Montoro, de los miles de varones maltratados por la legislación en materia de divorcio con denuncias por inexistentes maltratos por medio, de la España rural, de la España sociológicamente católica que detesta la ideología de género; y de la España que no comulga con la versión maniquea de la guerra civil que quiere imponer el PSOE que tanto contribuyo a aquel desastre nacional; y ahí hay muchos millones de votos. Es decir, VOX le ha arrebatado, de forma creíble, al PP su incumplido programa conservador. Por eso el PP les teme tanto, porque le están segando la hierba debajo de los pies, y trata de acercar su discurso al de VOX, que era el suyo propio hace años. Mientras no se entienda todo eso, VOX seguirá creciendo; tratar de enfrentarse a VOX con meras descalificaciones rutinarias y huecas contra sus representantes o contra sus postulados es estéril y solo conseguirá reforzar sus apoyos sociales y proporcionarle otros más.
    El gravísimo problema histórico de la izquierda en España es que siempre ha sido antiespañola (cosa que no sucede en ningún otro país del mundo), rehúye de los símbolos de la Nación (que tacha despectivamente de “fachas”) y no tiene escrúpulos en aliarse con las formaciones antiespañolas (inclusive filoterroristas) con tal de pisar moqueta. Zapatero lo inició y Sánchez lo incrementó. Si Sánchez hubiera cumplido su promesa de investidura y hubiera convocado elecciones inmediatamente, habría obtenido una gran victoria electoral y habría gobernado solo o con C´s, pero su ambición y torpeza le hicieron aferrarse al sillón y seguir gobernando con el apoyo de los separatistas, quienes le han manejado hasta que le dejaron caer cuando ya no les era útil y le han contaminado. Ahora, visto lo visto, ni el PP (por sus flagrantes incumplimientos anteriores) ni el PSOE, que es percibido como aliado de los separatistas, ofrecen garantías al elector que busca la defensa de la Nación y la regeneración (que es la bandera que enarbola VOX); ya es tarde para que esos partidos den un giro y sean creíbles antes de las inminentes elecciones. Si fueran inteligentes cambiarían ya su discurso nacional, sobre todo el PSOE, y tras las elecciones, el PSOE (que previsiblemente será el más votado) debería ofrecerle al PP (y solo al PP) la formación de una gran coalición (a la alemana) con un proyecto ambicioso de regeneración democrática y territorial de España por consenso; eso sí acabaría con VOX… y con C´s… y con PODEMOS… y con los separatistas. Me temo que eso está muy por encima de la calidad política de Sánchez y de Casado.

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