Opinión

¡A por ella!

Los comunes son ahora mismo la centralidad de la política catalana y, por ende, la solución para destensar la política española y romper la lógica de bloques en las que se mueven unos y otros

El independentismo de Esquerra Republicana está que echa fuego por la boca. Ellos, que no tienen escrúpulos en aceptar los votos para llegar a la Alcaldía de Barcelona de Junts per Catalunya, los posconvergentes que mandaron a los mossos a dar palos a Plaza Catalunya contra los manifestantes del 15M, los que financiaron el partido y sus sedes con el dinero procedente de las mordidas que mangonearon en la obra pública, los que dedican el 25% del gasto público sanitario de los catalanes a los conciertos con la sanidad privada, los que pactaron con PP y PSOE para agilizar el proceso judicial de los desahucios y los que tan bien pactaban con el PP, en Cataluña y Madrid, hasta que la crisis llevó a Artur Mas a ondear las banderas para construir un relato que ocultase toda la porquería que arrastraba el pujolismo.

ERC se pudo presentar a unas elecciones junto con la derecha catalana, se pudo tragar sus recortes y aprobar presupuestos que al PP lo dejan a la izquierda, pero Ada Colau no puede recibir un voto de Manuel Valls a cambio de nada. De nada. La CUP, de izquierda radical, pura y con aceites esenciales, pudo investir a Puigdemont president a cambio de lo mismo que ERC: tragarse presupuestos infumables en lo social y a los herederos de la redes clientelares del pujolismo.

ERC y la CUP, sin embargo, pactaron con la derecha catalana, que pertenece a la familia de los liberales europeos, la misma en la que se encuadra Ciudadanos, por el bien de la patria, en un acto de altura de miras y responsabilidad por el país, pero Ada Colau, a la que el independentismo no le perdona su propia existencia política, no puede recibir un voto de Manuel Valls. La ley del embudo: lo ancho para el independentismo, los estrecho para Ada Colau.

En el fondo, este discurso de odio contra Ada Colau y Barcelona en Común, a la que este sábado le tiraron una botella de agua a la cara y la llamaron “puta, guarra y zorra”, que está plagado de moralismo y de una soberbia ética que no se adecúa a los hechos, está la rabia producto del fracaso del proyecto de una independencia romántica que sabían y saben que no tendrá lugar nunca de manera unilateral y quemando todas las naves.

Si ha habido un espacio político que ha sido nítido y claro contra la represión policial, contra la judicialización y que ha permitido que haya ciudadanos en Córdoba que vean de sentido común la celebración de un referéndum para solucionar el conflicto catalán, es, sin duda, el que lidera Ada Colau.

Los comunes no sólo han conseguido poner a Barcelona en el mapamundi de los derechos sociales, sino que han tejido estrategias en el resto del Estado que hicieron posible que Pablo Iglesias fuera a prisión a visitar a Junqueras y movilizara el voto de los diputados convergentes para que saliera adelante la moción de censura que echó al PP de Moncloa y que cambió el curso político español. Los comunes son ahora mismo la centralidad de la política catalana y, por ende, la solución para destensar la política española y romper la lógica de bloques en las que se mueven los de “a por ellos” y los del “a por ella“. Por eso, tanto los independentistas hiperventilados como el españolismo, están unidos por su odio contra Ada Colau.

Los comunes no son los del 155 ni los del 135; ni son los del referéndum uniltareral ni los de las cargas policiales; ni son los de la judicialización de la política ni los del bloqueo institucional; ni son los del “a por ellos” pero tampoco los hiperventilados del independentismo que han logrado imponer su relato trucado y lleno de medias verdades y que gritan “a por ella” contra la alcaldesa de Barcelona.

A pesar de que el espacio de los comunes ha intentado jugar a la concordia, situándose siempre en la defensa de la democracia y el referéndum legal y vinculante, al independentismo no le sirve, porque los independentistas quieren que todo el mundo se convierta a su religión bajo amenaza de ser un traidor a la patria catalana.

Una de las grandes mentiras que han impuesto los ideólogos del procesismo, que han sido muchas veces compradas por la izquierda española y reproducidas por los comunes, es que el independentismo es transversal. La verdad, y lo dicen todas las citas electorales celebradas en los últimos años, es que, a mayor nivel de renta, más fuerza tiene el independentismo. La independencia también es una cuestión de clases.

No es casual que Ciudadanos, en las elecciones catalanas de 2017 donde fue la fuerza más votada, tuviera sus mejores resultados en aquellos barrios que en 2015 votaron por Barcelona en Común y que tradicionalmente han sido granero de voto socialista. Tampoco es casualidad que en las elecciones autonómicas, donde el eje izquierda-derecha desaparece por Cataluña-España, el espacio de los comunes no lograra ni llegar al 10% de los votos y obtuviera en los últimos comicios la tristeza de ocho escaños y un 7,46% de sufragios.

La “charnegada”

Sólo hace falta darse una vuelta por Cataluña y meterse en los barrios donde vive la “charnegada”, expresión peyorativa con la que sectores indepes se refieren a los barrios habitados por las clases populares procedentes de Extremadura y Andalucía, alzar la mirada hacia los balcones y comprobar que, en el momento más álgido del conflicto catalán, la única bandera que asomaba era la ropa tendida de la gente sencilla que, en su mayoría, vincula directamente el independentismo con el pujolismo y la burguesía que se refiere a ellos como “charnegada”.

Es hora de que los comunes empiecen a hablarle más a su base social y espacio natural de crecimiento que a un independentismo hiperventilado que quería acceder al Ayuntamiento de Barcelona, sabedores de que la capital catalana es una ciudad de referencia en el mundo, para convertirlo en un altavoz de su política de bloques donde cualquier urgencia social está siempre por detrás de la performance indepe. Entre los del “a por ellos” y los del “a por ella”, hay un espacio amplio en el que se juega la centralidad del espacio político catalán: ¡A por ello!

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Un comentario

  1. El autor nos miente a los lectores, cosa que no sorprende en un propagandista político podemita disfrazado de periodista, pues, entre otras, suscribe la gran falsedad antiespañola de que los reos inculpados del delito de rebelión son “presos políticos”, como si no estuviese archiacreditado que España es una democracia avanzada en la que hay una muy protegida libertad de expresión, de forma que esos reos de la muy garantista Justicia española no lo son en virtud de sus manifestaciones políticas públicas, de lo que piensan, dicen y escriben, sino por causa de sus presuntos graves delitos contra el orden constitucional español, que han pretendido alterar mediante hechos consumados, mediante un fallido golpe de Estado secesionista, de forma que esos políticos no están en prisión por sus ideas políticas, sino por sus actos delictivos antidemocráticos; se trata simplemente de unos políticos corruptos (porque utilizar recursos públicos pagados con nuestros impuestos al servicio de unos fines ilegales es una grave corrupción) en situación de prisión provisional no por su condición de políticos, sino para evitar su fuga elusiva de la acción de la Justicia, pues ya hay conocidos antecedentes de huida de otros cómplices de ellos en esos mismos delitos.
    Decir, por boca de otros, que es de sentido común que haya un referéndum para “solucionar” el “conflicto” catalán es, además de otra mentira del autor, la prueba de que lo ignora todo sobre lo que es España, sobre lo que es un Estado democrático y la Nación política que lo constituye, sobre el derecho de autodeterminación y sobre los intereses de los andaluces y de todos los españoles. ¿De verdad cree que un inviable referéndum de autodeterminación “solucionaría” el “conflicto” catalán? Hace falta ser muy ingenuo. Si, a efectos meramente dialécticos, imagináramos la hipótesis imposible de tal referéndum restringido a los residentes en Cataluña (para lo que previamente habría que reformar el artículo 1 de la Constitución, entre otros, por el procedimiento agravado; algo casi inviable), solo podría haber dos resultados; si sale “no” a la secesión, los secesionistas supremacistas catalanes reclamarían abusivos privilegios de todo tipo sobre el resto de los españoles para “encajar” Cataluña en España y, por supuesto, seguirían con su labor de zapa antiespañola para tratar de generar con el tiempo una mayoría secesionista y repetir el referéndum cuando supieran que lo ganarían; si saliera “sí” y España les otorgara la independencia (cosa jurídicamente casi inviable porque requeriría otra reforma constitucional por el procedimiento agravado), entonces habríamos convertido un problema interno español en un grave problema internacional entre España y una Cataluña independiente con asiento en la ONU que reclamaría (por la buenas y por las malas) la anexión de Valencia, Baleares y un trozo de Aragón; o sea, todos los ingredientes clásicos para una guerra muy sangrienta, nada más opuesto al “sentido común” del que presume fatuamente el autor.
    El resto del artículo (con lindezas como que Colau ocupa la centralidad en Barcelona, entre otras) es una sonrojante y rendida adulación propagandística de la antiespañola y criptosecesionista Colau, totalmente inaceptable en un sedicente periodista que hace años que perdió el rigor y la independencia informativa, si alguna vez los tuvo. Un ejercicio de vomitiva “equidistancia” (que realmente no es tal) entre los españoles y unos delincuentes golpistas a la que cínicamente llama “centralidad”.

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