La cara Hache

A favor de la eutanasia

Recuerdo como si fuera ayer el día que vi en el cine Mar Adentro. Al finalizar, el silencio y las lágrimas inundaron la sala. Yo tenía catorce años. Todavía no tenía muy claro en qué consistía la eutanasia pero recuerdo que desde ese momento pensé que yo hubiese hecho lo mismo que Ramón Sampedro y Ramona Maneiro. Sin duda ha sido una de las películas que más me ha marcado.

Hace siete años una persona de mi entorno más cercano sufrió una enfermedad degenerativa. La verdad es que nunca supe su pensamiento con respecto a este tema. Pero cada día que lo veía pensaba, ¿qué querría yo si me encontrase en esta situación? Lo tengo claro. Querría lo mismo que Ramón Sampedro. Querría lo mismo que otras tantas personas que se encuentran en situaciones similares. Este fin de semana escuché en un reportaje de Cadena Ser en el que se trataba esta cuestión una frase que resume a la perfección el tema de la eutanasia, de la muerte digna: “Si la eutanasia fuera legal no aumentarían las muertes, sino que disminuiría el sufrimiento de muchas personas”. Y estoy completamente de acuerdo. Disminuiría el sufrimiento del propio enfermo y el de las personas que están a su alrededor.

Todavía hoy veo Mar Adentro y me sobrecoge. Todavía un silencio es protagonista cuando aparecen los créditos finales. Pero lo que más me sobrecoge es que catorce años después de la película y más de veinte años después de la muerte de Ramón todavía hay que luchar por legalizar la eutanasia. Me sobrecoge que sea objeto de debate que cuando vivir ya no tiene sentido para alguien, es mejor irse con dignidad. De nuevo estamos ante un tema que no debería ser una cuestión de trapicheo político, como otros tantos. Pero esta vez por si no fuera suficiente, estamos hablando de la vida. Tristemente son los representantes políticos quienes deben decidir sobre esto. Y al final ellos lo utilizan para echarse mierda unos a otros, para hacer campaña, para ocupar portadas de medios de comunicación. Hay temas que es difícil entender que dependan de unos pocos votos, por muy representantes de la ciudadanía que sean. Se desvía el foco de atención en conveniencia de los partidos. El problema se reduce a cómo denominar el problema. Que si eutanasia, que si libertad, que si suicidio asistido, que si muerte digna, que si buena muerte… Algunos son técnicamente diferentes pero en el fondo la intención y el fin son los mismos. Vamos, que al fin y al cabo cada partido pretende hacer suyo el conflicto reduciéndolo a un conflicto de términos.

A los que directamente están en contra de la eutanasia, mejor ni mencionarlos. No cabe duda de que la eutanasia debe estar regulada, pero de ahí a estar en contra hay un gran trecho. A la hora de aprobarla no debería verse como una cuestión de religión o ideologías, como ocurre con casi todo. Debería verse como un gesto de libertad. Por eso habría que aprobarla y luego ya que cada protagonista tome su decisión y tan respetable debería ser la decisión de vivir como la de morir.

Igual que para vivir debemos ser libres, para morir también debemos serlo. Debe haber libertad ante el derecho a la eutanasia, que no es más que el derecho a una vida digna. ¿Tememos más a la muerte o al sufrimiento? Yo lo tengo claro.

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Comentarios

  1. Tienes toda la razón en lo que describes y, no obstante, puede añadirse otra que la completa. Si se trata de regular un nuevo derecho individual como por ejemplo como el derecho al divorcio, el tratamiento que debería recibir en un parlamento democrático debería ser cómo se garantiza el ejercicio de este derecho a quienes lo quieran ejercer. Es decir, omitiendo la vertiente ideológica, religiosa, de quienes no estén dispuestos a ejercerlo pero permitiendo a quienes desean acabar con su sufrimiento por su vida ha perdido todo el sentido que entraña un vida digna. Regular la eutanasia es una necesidad transversal de personas con ideologías diversas necesitadas de justicia y solidadidad.

  2. El tema de la eutanasia, cuya legalización propone entusiásticamente la autora, es enormemente complejo y la exposición razonada de cualquier posicionamiento (a favor o en contra) desborda por mucho los límites no ya de un comentario, sino los de un artículo tan breve y frívolo como el presente, en el que se acude no a argumentos éticos, morales, jurídico-políticos, sociológicos e, inclusive, económicos, sino a peliculeros sentimentalismos lloriqueantes. En todo caso, siempre es exigible a alguien que publique que, al menos, tenga rigor semántico, que llame a las cosas por su nombre para no confundir al personal; cosa que no cumple la autora, pues lo de Ramón Sampedro no fue una eutanasia (activa), sino un suicidio asistido, cosa muy diferente en el orden ético y que no vale, como “leitmotiv” en la defensa de la legalización de la eutanasia, como tampoco es dialécticamente aceptable despachar tan frívolamente la oposición a su legalización diciendo que “A los que directamente están en contra de la eutanasia, mejor ni mencionarlos”.

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