Opinión

¿A cuántos jueces o juezas conoces?

Ningún presidente del Gobierno se ha atrevido a meterle mano a una estructura que seguirá dictando decisiones a favor de los bancos y de los violadores mientras sean los apellidos largos, y no el mérito ni la igualdad de oportunidades, los que dictan sentencia. 

Cuando yo era pequeño, a diario veía una excentricidad en una de las casas de mi barrio por la que pasaba a diario. En la casa de ‘José, el albañil’ se podía leer en una placa un oficio fino que no se estilaba por mi barrio. El hijo del albañil de mi calle era abogado y su padre había puesto una placa en la fachada para presumir. El primer abogado de mi barrio, el primer abogado a los que mis padres no llamaban de don y la primera referencia para los niños y niñas del barrio de que los hijos de los obreros podíamos ser algo más que albañiles, limpiadoras, jornaleros o mecánicos.

Luego, en mi barrio hubo periodistas, arquitectos, economistas, enfermeros, muchas maestras y algún médico, un matemático y una abogada, Mercedes, a la que mirábamos como si fuera un meteorito caído en el barrio una tarde de tormenta. “Esa es abogá“, me decía mi hermana por lo bajini, acompañado de un codazo, cuando la muchacha pasaba por la puerta de mi casa. A mi hermana, que era peluquera, ser abogada le parecía una extravagancia impropia de mi barrio.

Mercedes era la hija de un comercial de jamones y de una madre ama de casa en una familia de tres hermanos. En el lenguaje de Albert Rivera era de clase media, pero la familia de Mercedes era sencillita, sencillita. Su padre ganaba mucho dinero en navidades vendiendo jamones, pero se comía los mocos en otras fechas.

Cuando terminó la carrera de Derecho, que aprobó con matrícula de honor y premio extraordinario, Mercedes se animó para ser jueza. Sin becas, a pulmón, se metía cada día entre ocho y diez horas de estudios. Todos los días del año: sábados, domingos y fiestas de guardar. Estuvo tres años estudiando a tiempo completo, después de los cinco años de la licenciatura, pero suspendió la primera vez que se presentó. Algo muy normal. Muy pocos son los opositores a la carrera judicial que aprueba a la primera.

Mercedes se había metido entre pecho y espalda cerca de 320 temas de Derecho en tres años. Los manuales que se compró para estudiar, donde venían los temas de las oposiciones, valían 600 euros cada uno y eran unos cuantos. A su padre, el salario de comercial se le empezaba a quedar pequeño para poder mantener a la joven, que también iba a clases con un preparador que le cobraba unos 300 euros al mes y que pagaba gracias a la pensión de su abuela.

Un preparador que era un juez en ejercicio que por la tarde abandonaba sus tareas judiciales para cobrar un rico sobresueldo. Sea como fuere, el caso es que Mercedes tuvo que empezar a trabajar tras suspender en la primera oportunidad. Sus padres no podían seguir manteniéndola y ella, con 26 años, se sentía una carga pesada para la familia. Mercedes podría haber continuado sus oposiciones para ser jueza si existiese alguna beca, pero la realidad es que no existen becas para ser juez. Una carrera en la que lo normal es suspender varias veces y tirarse estudiando hasta los 30 años.

Mercedes empezó a trabajar de dependienta con la intención de compaginarlo con las oposiciones pero al año desistió de su vocación judicial. Una chica con matrícula de honor y premio extraordinario de fin de carrera no podía llegar tan lejos como soñaba porque no tenía recursos económicos. A los campeones de la meritocracia se les olvida que antes de tener méritos tienes que haber tenido la oportunidad de obtenerlos. Es muy fácil hablar de meritocracia cuando no sabes lo que es ir al banco a sacar dinero y que el cajero te escupa un ticket despreciativo que dice que no tienes un duro en el banco. Finalmente, Mercedes se preparó unas oposiciones para ser funcionaria de la Junta de Extremadura y aprobó: ¡Quedó la primera!

Si te paras a pensar, seguramente conocerás profesores de universidad, químicos, médicos, ingenieras, funcionarias del Estado, economistas y arquitectos, pero te costará encontrar una cara a la que ponerle nombre que sea juez o jueza. Yo no conozco a nadie de mi entorno que sea juez o jueza. A nadie. Absolutamente a nadie.

Y no conozco a nadie porque ser juez o jueza no está pensado para la gente normal. Es imposible ser juez -o milagroso, porque seguro que alguna excepción existe- en un país donde los jueces del franquismo fueron los mismos que luego juzgaron en democracia y donde éstos son a su vez quienes deciden en los tribunales de las oposiciones quiénes están capacitados para acceder a la carrera judicial.

Es imposible que conozcas a algún juez cuando aprobar la oposición no te asegura obtener plaza y donde la gente sencilla tiene que competir con una estructura plagada de togas heredadas en escuelas de prácticas jurídicas reservadas para la élite. La democracia española ha tenido la oportunidad de democratizar la carrera judicial para abrirla a la sociedad, de la misma manera que se ha abierto el periodismo, la arquitectura, la medicina o la abogacía, pero ningún presidente del Gobierno se ha atrevido a meterle mano a una estructura que seguirá dictando decisiones a favor de los bancos y de los violadores mientras sean los apellidos largos, y no el mérito ni la igualdad de oportunidades, los que dictan sentencia.

El poder judicial español, como casi todo, también tiene clase y odia profundamente a la gente sencilla. O cambian la forma de acceder a la carrera judicial o a este invento que no lo llamen democracia. Esto también es herencia del franquismo.

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