Cultura

Arturo Querejeta: “Nuestro trabajo reside en tirarse a la piscina y que a lo mejor no haya agua”

El veterano intérprete riojano, un clásico de la escena española con más de 40 años sobre las tablas, forma parte del elenco de 'El caballero de Olmedo', tragicomedia del Siglo de Oro de plena actualidad que podrá verse este viernes en Villamarta

Tradición, comedia, tragedia, folclore, música en directo, una de las obras más líricas de Lope y una de las cumbres del Siglo de Oro… y, además, un trasfondo de rabiosa actualidad. Noviembre Compañía de Teatro presenta este viernes en el Teatro Villamarta, a partir de las ocho y media de la tarde, El caballero de Olmedo, una espectáculo dirigido por Eduardo Vasco y que, entre su elenco, cuenta con Arturo Querejeta, todo un clásico de la escena patria que lleva más de cuarenta años dando cuerpo a personajes de la mejor tradición dramática española y shakesperiana —en la pasada temporada pudo vérsele en Jerez encarnar a Ricardo III—.

Nacido en Logroño en 1956, el intérprete riojano ha participado en más de 70 montajes (entró por primera vez en la Compañía Nacional de Teatro Clásico —CNTC— en 1991), más de una veintena de series de televisión y un buen puñado de largos y cortometrajes. Ha trabajado con directores como Adolfo Marsillach, Miguel Narros, José Luis Alonso De Santos, Jean Pierre Miquel (Comedie Francaise), o Juan Carlos Pérez de la Fuente.

¿Sin qué personaje no entendería su carrera?

Realmente, hay personajes emblemáticos. Últimamente con los Shakespeare que hemos hecho, pues está ese Yago en Otelo y el Shylock de El mercader de Venecia, o la última función, Ricardo III, con la que también estuvimos en Jerez. Son personajes tan emblemáticos que siempre te dejan un buen sabor de boca. Pero también recuerdo uno especialmente, el Osorio de Don Gil de las Calzas Verdes, de la época con Marsillach, que era un criadito que decía 14 o 16 versos, no más, pero que especialmente me salió muy bien (ríe). Compuse un personaje con el que me fue muy bien, aunque hablaba muy poco, pero me dejó muy buen sabor de boca. Lo que quiero decir es que no hay personaje pequeño, sino que, de repente, cuando las cosas se hacen bien y con rigor, por muy poco relevante que sea el personaje, te puede dar muchas satisfacciones.

“Siempre me considero un privilegiado porque he podido sobrevivir cuarenta años haciendo lo que me gusta, que es subiéndome a un escenario o poniéndome delante de una cámara”

Más de 40 años sobre los escenarios. ¿Pesan las tablas?

Hombre, fundamentalmente lo que va pesando es el cuerpo. Las ganas siempre se tienen realmente. Esto es un disfrute y siempre me considero un privilegiado porque he podido sobrevivir cuarenta años haciendo lo que me gusta, que es subiéndome a un escenario o poniéndome delante de una cámara. Dados los tiempos que corren, sinceramente no me puedo quejar. Siempre se tiene la ilusión renovada del siguiente montaje, de cómo encaras un nuevo papel, aunque hayas hecho decenas y decenas de papeles, sobre todo en clásico español o Shakespeares. Lo que pesan son los años. Piensas que hiciste un Fuenteovejuna con Marsillach en el que te subías por una escalera de seis metros y luego bajabas por una trampilla, y tal, y te dices: bueno, si eso lo tengo que hacer ahora me muero; pero, en fin, se tira de otros recursos y de experiencia, y de otro tipo de papeles que no son los de un caballero de rompe y rasga de 30 años.

Sus inicios fueron en el TEI, con maestros como William Layton y, por tanto, con unas enseñanzas que parten de un profundo amor y respeto al texto. ¿Es más importante lo que el personaje no dice que lo que dice?

Una de las cosas que siempre recuerdo del señor Leyton, que son personas injustamente olvidadas porque son las que están detrás y son las que han forjado nuestro trabajo y han aumentado nuestros conocimientos y las herramientas que uno va acumulando a la hora de enfrentarse a un personaje, es hacer hincapié en lo que no se dice. Lo que trata hacer entender el personaje pero no es, que es lo realmente relevante. No solo el diálogo como tal, sino lo que esconde o lo que no dice, todas las apoyaturas que hay alrededor de una frase. Los silencios también son muy importantes, la forma en la que recibes le diálogo del otro, el escuchar en escena… eso es importantísimo.

Albaladejo y Querejeta, en un momento de ‘El Caballero de Olmedo’. FOTO: GERARDO SANZ.

Escrita alrededor de 1620, El caballero de Olmedo cuenta la historia de don Alonso (Daniel Albaladejo), quien en las fiestas de Medina se prende de Inés (Isabel Rodes), una joven de belleza y personalidad extraordinaria. A partir de ese momento, surgirán los conflictos y peripecias que le llevarán a sufrir el destino trágico de un héroe. Un fatum motivado por la envidia, los celos y por “ocupar un espacio que el lugareño considera suyo”. Una historia, en definitiva, “muy española”, como ha resumido en alguna ocasión el responsable escénico de la producción. Efectivamente, la temática de esta combinación de ingredientes tragicómicos que ofrece el montaje no solo no es ajena sino que, de repente, es como si estuviera de plena actualidad.

Injusticias, malas artes por envidia, muros para frenar al otro, supremacismo… “Sí, desgraciadamente es todo bastante actual. Cuando nos preguntan qué puede aportar un texto de hace 400 años a la realidad de ahora, siempre contesto que no hay más que desayunarse con los periódicos todos los días. Vemos que cantidad de cosas que están pasando ahora ya los clásicos las habían desarrollado”, cuenta al otro lado del teléfono Querejeta.

Si todo está en los clásicos, ¿por qué quieren que les hagamos tan poco caso?

Siempre se ha considerado que el teatro clásico era algo del pasado, obsoleto, pesado, plúmbeo, que no interesa… tenemos el inconveniente del verso o ese castellano que ya no utilizamos y que en un primer momento es difícil acostumbrase a él, pero creo que poco a poco, desde que en el 87 Garrido y Marsillach fundaron la Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC), se ha ido solventando. Gracias a eso, el teatro clásico ha ido calando y se ha ido creando un público, sobre todo joven, que ya está acostumbrado, y eso se ve en el Teatro de la Comedia, que está abarrotado siempre. También gracias a festivales que han ido surgiendo alrededor de todo esto, como el del Almagro o Niebla, que ya es un clásico dentro de los festivales de teatro del Siglo de Oro. Ya no se le tiene esa especie de miedo o ese respeto reverencial de asistir a algo casi museístico, sino que todo lo contrario: poco a poco se ve que las grandes preguntas que nos hacemos ya estaban ahí, dentro de los textos clásicos. A la gente ya no le choca tanto ver una comedia del Siglo de Oro o oír ese castellano riquísimo.

“Mantener esta infraestructura es un suicidio y a veces me pregunto cómo lo hacemos. Habría que preguntarle al productor, que siempre tiene una cara ciertamente agria”

En Noviembre Compañía de Teatro se la juegan con los libretos clásicos. Si ya de por sí es difícil mantener una compañía en estos tiempos, ¿lo vuestro es de kamikazes o de asumir ese destino trágico del héroe llevado al escenario?

(Risas) Esto es un suicidio colectivo… Dices bien porque ahora mismo, por ejemplo y ya que mencionas a Kamikaze, que creo que está haciendo una gran labor, somos la única compañía en España que vamos con nueve, diez, once o doce actores; unas 17 personas en gira; con una escenografía y unas luces…; representando ese tipo de textos… casi, casi como si fuéramos nacionales. Mantener esta infraestructura es un suicidio y a veces me pregunto cómo lo hacemos. Habría que preguntarle al productor, que siempre tiene una cara ciertamente agria (ríe).

El caballero de Olmedo, como relata el actor, “es realmente una comedia de capa y espada al uso, de dos personas que se enamoran a primera vista, la relación fluye, el amor triunfa, pese a los malentendidos del criado y la trotaconventos, y todo sucede con normalidad hasta que en un momento dado todo se tuerce y se quiebra, y la comedia pasa a ser una tragedia. Es conocido por todos el final del caballero y el resumen de esa tragedia está en esas sombras que aparecen cuando todo va bien que tienen que ver con las envidias, los celos, el miedo al diferente y al que no es de los nuestros… cosas que hoy siguen al cabo de la calle…

¿Cuál es la íntima gangrena del alma española: la envidia o la falta de meritocracia?

Fundamentalmente es ese pecado tan español de la envidia y, sobre todo, esa consideración que te he comentado de quién pertenece a nuestra esfera, y quién es uno de los nuestros y quién no. En los tiempos en los que corren, con todos los problemas que atraviesa este país, siempre he pesando que la democracia en el fondo es el reconocimiento del otro y la convivencia con el distinto, o con el que piensa absolutamente contrario a ti y quiere una sociedad totalmente distinta a la que quieres tú; en ese sentido nos tenemos que desarrollar.

Arturo Querejeta, en una imagen de archivo. FOTO: ALEJANDRO MARCOS.

¿Lo de Cataluña es una comedia de capa y espada, o acabará directamente en tragedia griega?

Esto ya se ha convertido en una ópera bufa, porque nadie entiende cómo los políticos o la política ha llegado a tal extremo, cómo se ha llegado a esta situación sin soluciones ni diálogo previo para no llegar a este constante choque de trenes abstruso y absurdo. Creo que es algo que pertenece a nuestro más acendrado acervo español que es el esperpento. Hay momentos en los que ves a los parlamentos, catalán o español, en los que salen los políticos lanzando peroratas llenas de lugares comunes y frases hechas con las que pienso cómo lo harían Saza o Mary Santpere… es una comedia asalvajada tipo Berlanga, una cosa hilarante si la cosa no fuera tan grave. No sé si acabará en tragedia griega pero pinta mal.

Dedíquele unos versos a la corrupción política o a los másters fraudulentos…

Ufff… Hay un texto que me acaba de brotar, una parte del Shylock, el judío de El Mercader de Venecia, que reivindica que le traten como a los demás: ¿Si lo pinchan, no sangra? ¿No se ríe si le hacen cosquillas? ¿Si nos envenenáis no morimos?… Es esa reivindicación en la cual uno quiere ser tratado de igual a igual.

“Ha habido cosas en televisión de las que he salido muy contento y otras que prefiero olvidar”

Lleva en televisión desde el año 88 y ha participado en multitud de series. ¿La caja tonta es tan tonta como parece desde fuera?

No, lo que ocurre es que en todos los trabajos hay trabajos buenos, malos, mediocres, que despuntan… hay funciones que piensas que no van a tener mucha relevancia y luego tienen un éxito tremendo. Todo es como se utilice. En televisión hay programas nefastos y otros buenos; para gustos, los colores. Hay cosas que no me gustan nada y luego tienen un gran nivel de audiencia. Es consustancial con la profesión y es cuestión del rigor en el trabajo que te plantees y de la capacidad de riesgo que tengas, de no utilizar fórmulas que supuestamente son las que van a agradar al público. Nuestro trabajo reside en tirarse a la piscina y que a lo mejor no haya agua. Ha habido cosas en televisión de las que he salido muy contento y otras que prefiero olvidar.

“Si es verdad que la vida es un teatro, me gustaría que el apuntador hablara más alto”, reza en su web como frase de cabecera. ¿Qué texto vital se le resiste?

Eso lo puse porque en la vida no se ensaya. Cualquier texto que te encomiendan tienes tiempo para transformarlo y alimentarlo en un periodo de ensayos e ir forjando al personaje, pero la vida viene como viene y a veces necesitarías haber ensayo determinadas situaciones. Hay que tener el bagaje suficiente para enfrentarte a cualquier situación que la vida te plantee porque no hay apuntador.

¿Es mejor amor sin honra que honra sin amor?

(Risas) Es una frase delicada… la honra es algo que se lleva consigo; ya lo decía el alcalde de Zalamea, el honor es algo que los demás te conceden de alguna manera; y la honra es esa dignidad personal que uno quiere defender por encima de todo. Si para conseguir determinadas cosas, entre ellas el amor, hay que perder la honra o la dignidad, mejor quedarse vacío.

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