Vámonos pa' la Feria sin cariño (despertares)

Vámonos pa' la Feria sin cariño (despertares)

20-05-2017 / 00:51 h.
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De repente, un rayo de luz oblicuo empezó a darle en la cara. Se giró un par de veces en la cama, remoloneando, pero ya definitivamente despierto. Se levantó, subió más la persiana y echó un vistazo afuera: más que el patio de una vivienda lo que tenía delante era un cercado. Además de la vivienda en la que estaba y sobre la que no tenía una idea exacta de su tamaño, había una especie de chamizo que bien pudiera valer incluso como taller, y al lado, junto a la entrada, una ‘pick up’ bastante vieja y polvorienta, ni rastro del viejo Corsa en el que recordó de pronto haber llegado hasta allí. Todo lo que estaba a la vista tenía un punto como de esas localidades del Medio Oeste americano de las pelis, de sheriff con las Ray-Ban, de indio tallando madera y señoras de mediana edad haciendo tartas de arándanos. La habitación en la que estaba… bueno, no tenía nada: cama de noventa, una mesilla y un armario desvencijado. Jota –a Javier le encantaba a sí mismo llamarse Jota, como el de Los Planetas, el niño bien malote ese de una exitosa película española para adolescentes o incluso futbolista casado con modelo, para variar- se sentó en la cama y empezó a hacerse una idea de la situación. Miró el reloj: preocupante, más de las diez de la mañana. Paradero: desconocido, a las afueras… ¿pero qué afueras?

Estaba vestido, descalzo, eso sí, y con el cinturón y los dos o tres primeros botones de la bragueta de los vaqueros desabrochados. Todavía sentado, encendió un cigarrillo, el primero de la mañana: el que te manda para arriba o te condena otro par de horas al infierno. Echó un vistazo al móvil y comprobó que no tenía llamadas ni mensajes. Ni siquiera nadie de ningún grupo de whatsapp se había molestado en subir algún vídeo guarrete... Su pareja tampoco le había llamado. No era la primera vez que ocurría. No sería la última. Al principio sí le llamaba cuando llegaba tan tarde a casa, luego... las procuradoras tienen muchas cosas que hacer por las mañanas, no pueden estar todo el día pensando en diletantes que se aproximan a los cuarenta y aún no se les ha pasado el punto niñato. Cualquier día ella le iba a despachar y con razón. “Con toda la razón”, pensó, mientras daba la última calada al cigarrillo y estrujó la colilla contra el suelo, a falta de cenicero. Las cosas llevaban un par de años así, en una especie de limbo, varado tierra adentro desde que se quedó sin el trabajo de publicista que tenía. Ahora va alternando cobrar el paro con encargos que dan para poco, aunque sus padres tienen dinero y de vez en cuando se dejan caer algo con cualquier excusa…

Sin venir muy a cuento, reparó en que desde que se despertó tenía una de esas semi erecciones de después de un pasote, lánguidas, tirando a eternas… Como un ‘click’, le vino a la cabeza una  pregunta definitiva, de las que no admiten medias tintas: ¿había follado anoche? Pues… Recuerda cómo empezó la fiesta, la música, el ambiente, las primeras copas, las primeras rayas –“cómo están los baños de los tíos últimamente, ni las antiguas colas del INEM”, recordó decir entre risas a sus colegas-, de cuando su chica dijo que se iba, que mañana a las nueve tenía que estar sin falta en el trabajo, eso sí, después de haber ido un par de veces al baño a ‘empolvarse’. Ir de un sitio a otro… Se acuerda de que sus amigos se quedaron pero, como por goteo, se fueron despidiendo según avanzaba la noche. Se acuerda de que en un momento dado se unió a un grupo en el que había un amigo común. Recuerda también que había con ellos una chica que le gustó mucho, un poco más joven que él, un pelín choni pero con unas piernas estupendas que dejaban ver un mini mono al ras, tan al ras que a veces se le veía el refuerzo de las medias y él no podía dejar de pensar que lo más seguro es que no llevara bragas. Los pantis directamente sobre el chichi. Qué sexy. Dónde se va el cerebro cuando se está ‘enzarpao’. La paranoia de la zarpa. La paranoia de la resaca de la zarpa.

Se acuerda de que finalmente cerraron todos los sitios, de que uno de los chicos ofreció ir a terminar a una casa de su familia, de que se subió al Corsita con la chica y otros dos de los colegas de su grupo, de ir por las calles vacías de la ciudad, de amuermarse un poco en el coche, de llegar finalmente a la casa y sentarse alrededor de una mesa camilla, de ponerse las últimas rayas y dejar a medias una botella de cava que el chaval dijo tener –qué fanfarrón- siempre a punto para estas visitas, que debían ser relativamente frecuentes… Pero ya no recuerda nada más, así que lo más seguro es que no, que no hubiera tenido nada con la chavala, cosa que ahora, casi a las diez y media de la mañana, es más motivo de alivio que otra cosa, que ya va sobrado de problemas.

De repente, la habitación empezó a oler a café y decidió salir de la habitación a husmear, justo en el momento en que oye cómo una voz femenina, que inmediatamente reconoce, dice “Jota, ¿eres tú? Estoy haciendo café”… Echa a andar en dirección a la voz, que da por hecho que tiene que estar en una cocina que no sabe dónde está. Poco antes Jota se encuentra con la puerta de la casa, abierta de par en par al sol de la mañana -las cosas del campo- se asoma al frontal y ve a lo lejos los bloques de El Bosque y Jerez 74. “Hay que ver cómo es a veces la Feria de Jerez”, piensa, mientras entra en la casa y nota cómo vuelve ese cosquilleo al pensar en la chica del mini mono que está en la cocina preparando café…

 
 
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