Publicidad

Pero aquella tarde de Julio -aquel fue mi ultimo verano- alguien levantó la cuerda que dividía la vida y la muerte y acabé siendo arrastrado por la corriente.

“Un día vendrás conmigo a Algeciras. Te lo prometo” me dijo mi padre, en otra de esas mañanas de café sonoro y leche de campo, al tiempo que arreglaba su cubo de herramientas.

Salimos del caserío sin agua, como los niños de siempre, y con la comida en la boca del estomago. Decían que era mejor así, lo más pronto posible, antes de que empezara la temida digestión.

El Cerro Lano fue el mejor campo de fútbol en el que he jugado en mi vida, a pesar de que era, en resumidas cuentas, un descampado para vacas. 

Una enorme nave, redonda y plateada, brillaba en la tarde de aquel agosto, que minutos antes parecía estar cargada de horas por delante.

Es aterrador lo del frío. La capacidad que tiene de herir y de matar. De matar a los más indefensos con su arma silenciosa. Aparece para hacer desaparecer todo rastro de vida.

Volvió a darme las gracias por la bicicleta. “De nada Ibrahim..,  las cosas son para quien las trabaja”. Me sonrió, se montó en la bici y se fue lentamente.

El viejo desdentado aún no sabe que ella no regateará el valor de aquella moneda romana y menos frente a los muros de la Alhambra.

Muchas veces me pregunto qué diferencia hay entre uno de esos hombres y mujeres de Auschwitz y yo.

Tenemos que sacar conclusiones para un futuro que siempre vendrá y se arrojará sobre nosotros y la más fundamental es que no se puede sacar tajada -por uno y demás bandos- del arte.

Supe al momento, por su extraña cavilación a base de suspiros y sofocos, que jamás me daría mil quinientas pesetas por clase.

Lo recuerdo guapo. De hecho, de no haber sido por aquella desgracia invisible que parecía tener su origen en una escasa y dura infancia, hubiera sido uno de esos niños que triunfan como galanes en la E.G.B.

Pocas veces iba yo a la barriada del Rocío. Muy pocas. Alguna que otra para jugar en su extraño campo de fútbol.

El creador de la tormenta pasajera —un sencillo y ruidoso ventilador chino de tres aspas— hace aún más difícil la concentración sobre el escenario.

No era yo de tener miedo —tal vez por eso me tenían como recadero— pero sí que me gustaba llegar a casa aún con las farolas de las calles encendidas.

Sabía de sobra que ella me engañaba a su forma con aquel italiano de Erasmus tardío y nariz partida.

Pasado. Es lo único que queda en aquella estampa de cine mudo. Pasado y trescientos euros en uno de esos pequeños sobres de boda que una vez abiertos son basura.

Protegido en mi armazón de chapa y a la velocidad de la luz y de la luna no podía apartar los ojos de aquel fuego que vigoroso salpicaba las esquinas del cielo.

No habían todavía acabado de tocar los músicos cuando la plaza ya se había convertido en una improvisada laguna de un palmo de agua sin peces.

“Mi hijo es diabético, como tú”. Me soltó la confesión como si yo fuera uno más de su familia cuando solamente la había visto dos veces en mi vida.