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Y luego dicen que los artistas viven bien, el que vive bien, digo yo Santiago, es Julio Iglesias.

Porque cuando me levanto en Tavira hago lo que siempre hago desde que tengo uso de razón... dar las gracias por existir.

No hablan sino que gritan, es como si quisieran venteá lo malo y dar envidia de lo bueno, así nació el flamenco.

Cada vez estoy más convencido que lo mejor será educarlo en el arte de la guerra.

El viento amenazaba con arrancar de cuajo los árboles que años antes, los alumnos del colegio, habíamos plantado alrededor del campo de fútbol. 

No dejemos que vuelva a ocurrir..., por mucho que no sepamos cómo sabe la sangre de nuestros hijos.

En una calle cualquiera de ese gran París que queda en un segundo reducido a señales y semáforos en ámbar, tropecé cara a cara con una procesión.

Mi amigo Esteban se partió un brazo —tirándose de cabeza desde un pino— creyendo que era Spiderman.

Leyes que respaldan y promueven para los pobres ese “mañana no vengas” que abre las puertas de todos los infiernos.

Parece que tras el festival -y por enésima vez- sucederá lo mismo de siempre y volveremos a escuchar en abril eso de: “Ojalá el festival durase tó el año”. 

Pero hace una semana, como digo, decidí volverme a encontrar con ella y respondí que sí.., que me gustaban los libros y que quería leer algún escrito suyo.

Esa extraña sensación de apego que jamás cuestionamos, hasta que fuimos creciendo y comprendimos que aquel beso no era un beso cualquiera.

Pero aquella tarde de Julio -aquel fue mi ultimo verano- alguien levantó la cuerda que dividía la vida y la muerte y acabé siendo arrastrado por la corriente.

“Un día vendrás conmigo a Algeciras. Te lo prometo” me dijo mi padre, en otra de esas mañanas de café sonoro y leche de campo, al tiempo que arreglaba su cubo de herramientas.

Salimos del caserío sin agua, como los niños de siempre, y con la comida en la boca del estomago. Decían que era mejor así, lo más pronto posible, antes de que empezara la temida digestión.

El Cerro Lano fue el mejor campo de fútbol en el que he jugado en mi vida, a pesar de que era, en resumidas cuentas, un descampado para vacas. 

Una enorme nave, redonda y plateada, brillaba en la tarde de aquel agosto, que minutos antes parecía estar cargada de horas por delante.

Es aterrador lo del frío. La capacidad que tiene de herir y de matar. De matar a los más indefensos con su arma silenciosa. Aparece para hacer desaparecer todo rastro de vida.

Volvió a darme las gracias por la bicicleta. “De nada Ibrahim..,  las cosas son para quien las trabaja”. Me sonrió, se montó en la bici y se fue lentamente.

El viejo desdentado aún no sabe que ella no regateará el valor de aquella moneda romana y menos frente a los muros de la Alhambra.