Volvió a darme las gracias por la bicicleta. “De nada Ibrahim..,  las cosas son para quien las trabaja”. Me sonrió, se montó en la bici y se fue lentamente.

El viejo desdentado aún no sabe que ella no regateará el valor de aquella moneda romana y menos frente a los muros de la Alhambra.

Muchas veces me pregunto qué diferencia hay entre uno de esos hombres y mujeres de Auschwitz y yo.

Tenemos que sacar conclusiones para un futuro que siempre vendrá y se arrojará sobre nosotros y la más fundamental es que no se puede sacar tajada -por uno y demás bandos- del arte.

Supe al momento, por su extraña cavilación a base de suspiros y sofocos, que jamás me daría mil quinientas pesetas por clase.

Lo recuerdo guapo. De hecho, de no haber sido por aquella desgracia invisible que parecía tener su origen en una escasa y dura infancia, hubiera sido uno de esos niños que triunfan como galanes en la E.G.B.

Pocas veces iba yo a la barriada del Rocío. Muy pocas. Alguna que otra para jugar en su extraño campo de fútbol.

El creador de la tormenta pasajera —un sencillo y ruidoso ventilador chino de tres aspas— hace aún más difícil la concentración sobre el escenario.

No era yo de tener miedo —tal vez por eso me tenían como recadero— pero sí que me gustaba llegar a casa aún con las farolas de las calles encendidas.

Sabía de sobra que ella me engañaba a su forma con aquel italiano de Erasmus tardío y nariz partida.

Pasado. Es lo único que queda en aquella estampa de cine mudo. Pasado y trescientos euros en uno de esos pequeños sobres de boda que una vez abiertos son basura.

Protegido en mi armazón de chapa y a la velocidad de la luz y de la luna no podía apartar los ojos de aquel fuego que vigoroso salpicaba las esquinas del cielo.

No habían todavía acabado de tocar los músicos cuando la plaza ya se había convertido en una improvisada laguna de un palmo de agua sin peces.

“Mi hijo es diabético, como tú”. Me soltó la confesión como si yo fuera uno más de su familia cuando solamente la había visto dos veces en mi vida.

Sé que fue la primer mujer que amé... y acaso la única con la que soñé tener toda una vida con ella por delante.

Sabe que sólo sirve para eternizar su purgatorio de manzanas venenosas y dulces monstruos que no acabará de cerrarse hasta que acabe con el viejo mundo.

"Sé que aquel día gané porque lo di todo; porque me lancé al vacío sabiendo - precisamente en aquella última vuelta- que por muy mal que quedaran las cosas no iba a perder nada de lo que ya tenía".

A Pepe Torre le aconsejaron, en un tiempo donde las cosas no le venían de cara, volver a su ciudad natal para buscarse las papas. 

Con Buenafuente lo tenemos claro: con los andaluces no da ni una.

Hace unos años ya tuvo un desafortunado encuentro con aquella pareja de cómicos sevillanos que iban de sevillanos..., pero lo de la otra noche, con José Mercé, es “pá meterlo preso” como diría un conocido mío.

Desde aquella tarde de tormenta muchos planetas han cambiado de lugar..., al menos los que rigen mi camino; tanto mudaron que he podido ir aniquilando la mayoría de mis demonios.