"No recuerdo las veces que me pinchó, solo que me explotó el ojo, el dolor era terrorífico"

"No recuerdo las veces que me pinchó, solo que me explotó el ojo, el dolor era terrorífico"

Desgarrador relato del ex policía local agredido en el asalto a la jefatura de Puerto Serrano en 2015 durante la primera sesión del juicio contra tres de los peligrosos hermanos 'Cachimba'.

20-02-2017 / 19:53 h.
Publicidad

Traían fama los hermanos Cachimba de ser gente peligrosa, y a fe que deben serlo visto el amplio despliegue policial en la Audiencia Provincial de Jerez. Sin embargo, una vez sentados en el banquillo de los acusados, Jorge, José y Pedro Venegas no quisieron demostrar ser tan fieros. Es más, hasta alguno hizo el papel de víctima e intentó cautivar al tribunal con algún sollozo más forzado que otra cosa para darle verosimilitud a una declaración que, por otro lado, se caía por su propio peso.

La sección octava acogía en la mañana de este lunes la primera sesión del juicio contra estos tres miembros del clan asentado en Puerto Serrano, a los que la Fiscalía pide penas de cárcel de entre 18 y 32 años por diferentes delitos, el más grave, el de homicidio en grado de tentativa contra la persona de un ex agente de la Policía Local de dicha localidad, Juan Cadenas, que perdió un ojo en el transcurso de la detención de uno de ellos la noche del 17 de enero de 2015. Desde aquel día, Juan ha pasado por un calvario. Tras 240 días curando sus heridas, ha sido declarado de baja permanente a consecuencia de su invalidez y del estrés traumático que sufre. “No me veo capacitado para trabajar ni en Puerto Serrano ni en ningún sitio”, afirmaba ante el tribunal el expolicía, que por otro lado se vio arropado por decenas de compañeros venidos de diferentes puntos de la provincia y de la península, que lo recibieron entre aplausos tanto a su llegada como a su salida del edificio judicial de la avenida Álvaro Domecq.

Los hechos que este lunes comenzaban a juzgarse se produjeron, como ya se ha dicho, poco más de dos años atrás. Juan, junto a otro compañero, patrullaba las calles de Puerto Serrano cuando un Volkswagen Golf los adelantaba aproximadamente a 100 kilómetros por hora en una calle limitada a 20. Era Jorge Venegas. Tras darle el alto, el Cachimba hizo caso omiso de las indicaciones y siguió conduciendo peligrosamente a gran velocidad por calles atestadas de veladores y de peatones que tenían que apartarse para evitar ser atropellados. La persecución acabó en un pub de la localidad cuando Jorge se bajó del coche y se introdujo en dicho local. Juan y su compañero se bajaron del vehículo policial para detenerlo por un delito contra la seguridad vial cuando éste empezó a presentar resistencia. La situación empeoró cuando aparecieron José y José Pedro, hermano y sobrino de Jorge, que también mostraron gran agresividad para evitar la detención de éste.


Manu García
Jorge Venegas, en primer término. Al fondo, su hermano Pedro.

Con Jorge esposado y ya en jefatura, donde se le iban a practicar las primeras diligencias, aparecieron de nuevo José y su hijo, con la intención de volverse a llevar a su familiar. Fue entonces cuando se le informó a José que también estaba detenido por un delito de atentado a la autoridad, algo que encrespó aún más al Cachimba, que empezó a proferir graves amenazas a los agentes. Visto el cariz que estaban tomando los acontecimientos, Juan cerró la endeble puerta de la jefatura, —antaño la estación de autobuses del pueblo— para que no escaparan. Sin embargo, la misma no impidió que Pedro, un tercer hermano de Jorge y José, la reventara de una patada, tomando éste un gran y puntiagudo trozo de cristal roto que luego emplearía no solo para autolesionarse, también para herir de gravedad a Juan en su ojo izquierdo y en su paladar.

Hasta ahí, el relato de los hechos ya más o menos conocidos. Sin embargo, y como era de esperar, los mismos cambian radicalmente según los cuentan unos u otros. En su declaración, solo a preguntas de sus respectivos abogados, los Cachimba dieron a entender que los policías se sobrepasaron con ellos, que emplearon mayor violencia de la debida y que la agresión no fue intencionada, sino que fue por culpa del forcejeo entre unos y otros. El primero en declarar, Jorge, heroinómano desde los 12 años, afirmó incluso que no conducía de manera temeraria y que fue al parar en el pub a comprar tabaco cuando uno de los policías “se echó en lo alto mía”, le roció con un “espray de pimienta” y lo introdujeron esposado en el furgón policial “que apestaba a meado y a porquería”. Ya en comisaría afirma que le siguieron pegando y que aparecieron su hermano y su sobrino, pero que después no vio nada  de lo que pasó porque seguía bajo los efectos del espray en los ojos, negando que lanzara patadas “ni nada”. “¡Que me juzguen por lo que me tienen que juzgar, no por esto!”, reclamó entre forzados sollozos.

José, por su parte, denunció como “agresiva” la detención de su hermano, al que definió de “loquito”, y negó tanto su participación en los hechos como la de su hijo —el cual ya ha sido juzgado y condenado a un año de internamiento en un centro de menores— señalando que al poco de llegar a la jefatura hizo lo propio su hermano Pedro, que un día antes de los hechos ya se había autolesionado y que tuvo que ser ingresado en un centro médico. En este punto afirma que Pedro, al querer saber qué había pasado para que hubieran detenido a Jorge, fue rociado también con espray y que después de esto comenzó un forcejeo con un agente. Fue entonces cuando, según su versión, cogió un trozo de cristal del suelo y comenzó a cortarse en los brazos. “El poli se lió a echar espray y a manotear, nadie veía nada”, explicó a su abogado para dar a entender que el corte en el rostro de Juan se debió a la mala suerte.


Manu García
José Venegas, aguardando a declarar.

Por último, Pedro, al que Fiscalía pide 32 años y cinco meses de prisión, afirmó que llegó a la jefatura tras haber estado fumando droga toda la tarde y tras conocer la detención de su hermano por boca de un vecino. “Yo estaba fatal”, dijo para dar a entender que no estaba en sus cabales cuando se produjo todo. Es más, afirma que uno de los policías le pegó con la culata de su pistola en la cara y que lo rociaron también con espray. Luego dijo que tomó el cristal y que se autolesionó cuando empezó a forcejear con Juan. “Yo nunca hago daño a nadie. No veía nada, no apuñalaba, solo forcejeaba”, dijo para reforzar la teoría de la cuchillada fortuita, al igual que insistió en que por entonces no estaba en sus mejores condiciones mentales. “Estuve en un puente para tirarme y no lo hice por miedo”, dijo momentos después de decir que se mostraba “arrepentido” de lo sucedido y de pedir “perdón” a Juan Cadenas, “al que conozco desde que tengo doce años”.

"La violencia era tan desmesurada que ni con cuatro hubiéramos podido pararlos”

Pero la declaración más esperada, que a la postre fue también la más emotiva, fue la del afectado, Juan Cadenas. Lo hizo tras una mampara de madera, para escapar de las miradas de sus agresores, al principio muy nervioso y a rato entre sollozos. El propio presidente del tribunal le preguntó si prefería hacer un descanso, algo que no quiso. “Quiero acabar con esto de una vez”.

Estremecedora y muy detallada fue la descripción de los hechos. Tras detener a Jorge, que “se rió en nuestra cara cuando le dimos el alto” después de una persecución “que me desencajó” por la extrema velocidad que usó el Cachimba en su huida —“le daba igual pasar por encima de una bolsa de pipas que de una persona”— llegaron al pub, redujeron a Venegas y enseguida vio como llegaron José y su hijo que comenzaron a darle patadas a su compañero, el primero, y a golpearlo con una silla, el segundo.

De ahí a la jefatura, un lugar con condiciones de seguridad “nefastas”, sin calabozos y con “cámaras de juguete, de los chinos”. Junto a ellos vinieron siguiéndole los pasos José y su hijo. “Se vinieron contra nosotros como auténticos animales”. Allí se le informa al mayor de ellos que está también detenido por su agresión al compañero de Juan mientras que Jorge, engrilletado, “me escupe y me dice que va a violar a mi mujer y a matar a mi hijo”. Viendo la situación, Juan llama por teléfono a un compañero que está fuera de servicio para que acuda a la jefatura a echarles una mano. “Si me hubiera dado tiempo, hubiera llamado al ejército de tierra. La violencia era tan desmesurada que ni con cuatro hubiéramos podido pararlos”. Mientras esto pasa, Pedro, el tercer hermano Cachimba, ya ha reventado la puerta y tomado el puntiagudo cristal. Juan no se da cuenta del objeto hasta que este “me señala y me dice que me va a matar”.


Manu García
La sala de vistas, abarrotada en el primer día de juicio.

Es entonces cuando reacciona desenfundando su arma reglamentaria. Sin embargo, piensa en una fracción de segundo que está en un lugar pequeño y que en caso de disparo podría haber peligro de rebote. Su compañero, durante su declaración un rato antes, llegó a afirmar que entre ellos había miedo a posibles consecuencias: “Quince días antes imputaron a un Guardia Civil del Seprona por disparar al aire después de que le amenazaran con un cuchillo”. Tras meditarlo, Juan enfunda de nuevo el arma. Ese es su error, porque entonces Pedro, tras autolesionarse y “sin mediar palabra, se viene para mí, me acorrala junto a una mesa y me dice que me va a matar”.

La situación es muy tensa. Juan cuenta que “en ese momento no podía observar a los demás. Mis cinco sentidos estaban en ser profesional y en que no me mataran”. Las patadas, los forcejeos, los insultos y las amenazas se suceden. A Juan le empieza a poder el cansancio —“es muy duro quedarte sin fuerzas cuando estás luchando por tu vida”—, así que toma de su cinturón un gel líquido de autodefensa —no espray pimienta— con la mala suerte de tropezar y usarlo sin querer contra el rostro de su compañero. Ese momento es aprovechado por José, que lo agarra de un brazo. Pedro hace lo propio con el otro brazo y le empieza a dar repetidas cuchilladas en el rostro. “No recuerdo las veces. Solo que me explotó el ojo. El dolor era terrorífico”. Sin saber cómo, y sacando fuerzas de donde no tenía, seguramente tras escuchar de José y Jorge las palabras “remátalo, remátalo”, Juan se zafa de su agresor y saca de nuevo el arma. “Sé que si no la hubiera sacado, me hubieran matado”.

Juan, sangrando “como un animal” y  pensando tan solo en “sobrevivir”, escapa “despavorido” de la jefatura en dirección al coche policial. Detrás suya van Pedro, José y su hijo. El exagente entra y echa el pestillo, lo que evita que lo saquen y lo rematen. Los Cachimba, entonces ya también con Jorge, huyen del lugar. Horas después se pertrecharían en su casa durante horas, hasta que fueron detenidos en una operación conjunta de la Policía y la Guardia Civil.

 
 
Publicidad