La petite mort

La petite mort

20-03-2017 / 12:10 h.
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No es difícil imaginar la creación artística como una vida en miniatura, con su palpitante irrupción, su lenta maduración y su estocada final. Pero, a diferencia de los seres vivos, que no encuentran inconveniente en terminar siendo un frágil remedo de sí mismos, las obras de arte exigen ser segadas antes de tiempo, en el esplendor de su lozanía, para no llegar a viejas, ocultas tras una arrugada capa de detalles innecesarios, torpezas y achaques técnicos fruto de replantearlas durante demasiado tiempo. Hay que saber ajusticiarlas en su debido momento: el punto final equivale al último suspiro, y lo que venga después (la publicación, la edición) no son sino exequias, ritos fúnebres perfectamente prescindibles en los que la sociedad se reunirá para admirarlas. Todos los premios al arte son, pues, póstumos, en tanto que celebran algo, el instante creador, que ya no está entre nosotros...  

Que el fresco cadáver así expuesto se pudra con rapidez, como hace la mayoría, o por el contrario permanezca milagrosamente inmarcesible por los siglos de los siglos, admiradas sus reliquias por las generaciones por venir, es algo que rara vez se puede adivinar de antemano. A un santo lo canonizan los otros, y sólo después de muerto, y quizás sólo si no lo deseaba. Al igual que una mujer nutre a su feto sin saber si será niño o niña, listo o tonto, guapo o feo, así debería ser en la única clase de gestación disponible para todos: las expectativas nos impiden descubrir el verdadero valor de las cosas, cuando lo tienen, porque la forma que adoptará suele escapar a nuestra previsión. Es útil recordar que en el arte y en la vida no hay perfección, hay satisfacción. Lo que llamamos perfección puede que no sea otra cosa que el cansancio de un alma satisfecha. 

 
 
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